
Es cuatro de abril. Mi madre cumple cincuenta y dos. Bordeamos el río y antes de que se ponga el sol, decidimos comprar una entrada, entrar, escuchar. Somos las primeras. Al principio creemos que seremos las únicas, porque no hay un solo turista esperando para oír a Mendelssohn. Nuestro atuendo no es en absoluto apropiado para el mármol de las escaleras.
Música. Concierto de orquesta. Se va llenando poco a poco y cada vez es más fuerte el olor a perfume viejo y dulce. Las mujeres se han vestido de ropas elegantes, con brillantina o rasos negros. Entra una señora con cara de actriz alemana, el pelo recogido en laca y una falda larga y estampada. Su jersey naranja de cuello vuelto da calidez al paisaje. Todos han venido al Rudolfinium en miércoles santo, y en mitad de la pascua, unos judíos de barba recortada y pajarita saludan a sus conocidos extendiendo amablemente las manos a través de los asientos. Hablan antes del comienzo. Sus acentos, mezclados, me resultan caóticos, repetitivos y veloces, como cuando uno tiene un mal sueño y se le aceleran las palabras, incomprensibles, en la cabeza. Sin embargo, observo que las que hablan con tono histérico son las mujeres, los hombres muerden la pausa de otra forma.
Las señoras que vigilan las puertas parecen monjas católicas, austeras, cancerberas y rígidas.
Entran los músicos.
Veo quince violines, cuatro violoncellos y dos contrabajos. Luego entran trombones, una chica con flauta travesera. Mujeres hay cuatro más, aparte de ella, una viola, dos violines y un cello. Son jóvenes, más jóvenes que los hombres. El director de la orquesta se mueve graciosa y enérgicamente, como un gorrión que tuviera las patitas enterradas y sólo pudiera agitar la cabeza. Se antepone a lo que vendrá. Se convulsiona con fuerza y luego todos, acompasados, deslizan sus fibras de caballo y sacan la música de la madera.
No puede uno moverse mucho aquí. Da sopor. Las lámparas del escenario iluminan prácticamente la gran sala y no hay intimidad para el bolígrafo. Me gustan los violinistas gordos y melenudos. Me fijo en los zapatos de ellas: el riguroso negro queda roto por el color blanco de la piel. Son zapatos de tacón, algunos atados al tobillo, brillantes. Como de charol. Me pregunto si no estarán incómodas con ellos, sentadas y quietas sin mover los pies. Una de las chicas, la más joven, lleva los hombros al descubierto. El director la felicita con un mínimo gesto del mentón. Ella hace una reverencia con las pestañas.
Un xilófono.
La intensidad de la música sube, ahora parece que hay guerra dentro de un bosque de duendes encolerizados.
Las palabras de la música de cámara: anacoreta
suicidio
vespertino
obligación
telúrico
séptimo
hamelin
checoslovaquia
trueno
suspiro.
(Dejan unos segundos para la tos y los picores. Rápido siguen. Ahora interpretan a un compositor checo del siglo XVIII.)
El orden, la maestría. Todos deberían bailar a medio cuerpo, como el director. O se me ocurre, también, que podrían ir vestidos de otro color. O que uno de ellos, el más atrevido e incauto, podría ponerse de pie y seguir tocando así, mirando al cielo de Praga. A las lámparas enormes de esta bóveda dorada. Pienso que pequeñas bailarinas con trajes vaporosos y alados surgieran de pronto de algún sitio inexplicable, y saltarinas e ingrávidas se pusieran a contonearse entre ellos, o entre el público.
Crujen las rodillas de los más viejos. Me gusta estar aquí, rodeada de checos silenciosos. Tienen las narices afiladas, puntiagudas, predispuestas para las elegantes gotas del hielo cuajado del Moldava.
El director se seca la calva con un pañuelo blanco en un intermedio de toses. El órgano, presidiendo el alto del escenario, se exhibe, impávido. Los órganos son también irreales; todo vísceras y metal.
Durante el concierto, he comido alrededor de doce almendras garrapiñadas que guardo en un cucurucho de papel, dentro de la mochila. Las compré esta mañana en los puestos de la Plaza de la Ciudad Vieja. Las he comido a escondidas, dejando que la saliva las pusiera blandas en mi boca. Imagino que una de las monjas viene a mí, con sus gafas colgadas al cuello y sus ojos lacrimosos y reaccionarios, y me dice: “No está permitido escribir durante el concierto”.
Vaya. ¿No hay bis?
