jueves, 21 de junio de 2007

Essaouira, 2 de junio de 2007

En Marrakech, comenzamos por pagar el triple de lo establecido por un petit taxi que nos llevó al hotel, milagrosamente. El hervidero empezó nada más salir de la estación de tren y despedirnos de nuestros mínimos amigos. Los ofrecimientos eran apabullantes y de varios tipos: apartamento, taxi, hotel, portear nuestras maletas…

Hacen falta muchos reflejos y una profunda calma. Yo no tuve ni lo uno ni lo otro, y esta sensación que no sé explicar me duró treinta y seis horas. Todo lo apacible se me quedó en el amplio encuadre de las ventanas del tren. El viaje en taxi era algo más que una locura controlada. El tercer hombre que había participado en el sistema organizativo de capturar turista para introducirlo en un taxi en contra de su voluntad era el que conducía. Menudo, viejo y con barba. Puso la radio muy alta y se deslizó, bruscamente, al interior del flujo marabunta que son las avenidas de Marrakech. Nuestras pertenencias iban en el maletero, pero no cabían (porque el maletero era muy pequeño, no porque fuéramos cargados de baúles como los Bowles), por lo que la puerta trasera iba abierta y las maletas se balanceaban con los baches a punto de caer a la calzada y ser aplastadas por el río desordenado de ruedas a nuestras espaldas. No parece haber reglas para conducir allí. Imagino que hacen falta varias semanas o meses para comprender las órdenes implícitas de circulación.
Nuestro hotel, el Ali, estaba al borde mismo de la plaza de Marrakech. Un riad viejo y sin ornamentos. (Mastico infinitamente las almendras antes de tragarlas.) La habitación, muy amplia, sólo adornada por un teléfono mal enganchado a la pared y un espejo donde se reflejaba alguna que otra cucaracha pequeña y con transparencias. El calor flotaba espeso en todo el habitáculo, el aparato de aire acondicionado era un adorno y la ventana encajaba en un redoble de la pared desde donde no entraba ni un soplo de aire del patio central. Nos llegaba claramente el escándalo de la plaza. Es un ruido de feria, alegre pero con tintes oscuros o macabros, interminable. Contamos el dinero, lo escondimos (¡lo escondimos!) y salimos a la calle, con una sensación de finales de julio en el cuerpo, de calor nocturno y pegajoso. Ése era el sentimiento que más codiciaba, el del sudor. La plaza se derramó, viva, delante de nosotros. De lejos no parece una plaza, sino un campamento inmenso en medio de una explanada de arena, con hogueras ardiendo en la noche y el humo perdiéndose en lo negro del cielo. Una multitud. Un jaleo. Pero no me sirve del todo esta palabra, igual que todas las palabras se me quedan incompletas en estas descripciones, en cualquier forma que intento de sustantivizar Marruecos. El jaleo implica una falta de motivación, una relajación implícita en el mero hecho de llevarse a cabo, una finalidad en sí mismo. El movimiento de hormiguero y bailes de zigzag de la plaza de Marrakech (la piel áspera de una uva blanca se me atasca entre los dientes) se ramifica hasta la extenuación en una maraña de motivos. Explícitos, quizá; para mí, muchos incomprensibles.

Miguel dice que mi interés por ahondar en el pensamiento y los instintos de las personas es porque necesito comprender a todo el mundo. A lo mejor es cierto. Aquí no puedo. Me bloqueo. Quizá por eso, también, tenga miedo. Un miedo que se queda insuficiente en su semántica y que se va difuminando más o menos rápido. Me conformaría con “creer” que los entiendo, con engañarme a mí misma. Para aflojar, para arrastrarme, dócil, por la corriente.

Con diferencia, la plaza de Marrakech ha sido la realidad más distinta en la que nunca me haya perdido, pero aun así guarda todas las connotaciones propias de mi entorno más remoto. De lado a lado: sí y no. Intimidación y sorpresa. Fuera las barreras del contacto físico. En la calle, nadie tiene parcela privada de aire. Todo pasa rozándote el cuerpo, tocándote, como cuando atravesando un bosque las ramas se pliegan en tus hombros y te acompañan durante unos pasos, inconscientemente, sin importarles salirse de su ruta. Y las miradas. A cualquier altura unos ojos en tus ojos, barriendo las distancias visuales de occidente. Todo esto, claro, así de vívido, es sólo al principio. Choque cultural, se llama, ¿no? Gran choque, en mi caso. Está bien viajar a Marruecos para airear tus prejuicios. El prejuicio te paraliza. La desconfianza. La masa que formáis tú y tus pertenencias es una masa atemorizada, celosa de sí misma y enormemente torpe, por no decir ridícula. No hay ningún hálito de literatura o atractivo en un turista acobardado, receloso. Es tan triste. Y tan inevitable para mí en las primeras treinta y seis horas: tras el sueño lánguido y profundo, reconfortante, de la cama de Marrakech, calurosa y amplia, de sábanas cálidas y grisáceas, alegremente fui a desayunarme un zumo de naranjas recién exprimidas a uno de los puestos de la plaza. Luego, de camino hacia el zoco, buscando un café, una señora a la que sólo se le veían los ojos me apresó la mano con firmeza mientras me engatusaba con lindos piropos y me dibujaba a una velocidad asombrosa una flor de henna que empezaba en muñeca y acababa en mi dedo meñique. La propina obligatoria que sus ojos de furia nos pedían, gesticulando y gritando en medio de la plaza, ascendía a uno doscientos cincuenta dirhams. Una fortuna. Se quedó en unos cien, para huir rápido del primer asalto. Una barbaridad igualmente. Nuestro aspecto, sentados en la terraza del café, junto a los nuevos colonos franceses, que se movían entre las mesas dándole órdenes al camarero y abrazándose lasciva y efusivamente entre ellos conforme iban llegando, debía de ser espeluznante, patético. Yo con el ceño fruncido y la mano recién lavada (los restos de henna están intactos; una flor pintada, parece, con un rotulador grueso y naranja), Miguel mirando al infinito de los aguadores y los encantadores de serpientes, bebiéndose el café a empujones violentos. Un cuadro.

Recibo un mensaje al móvil de mi hermana pequeña: “¿Has dejado ya de verlo todo distinto para darte cuenta de que la extraña eres tú?”.

martes, 19 de junio de 2007

31 de mayo de 2007. Casablanca.

Hemos llegado a las anchas tierras de África. Me siento intimidada, complacida y silenciosa. Otra vez no hablo los idiomas reinantes, ni el francés ni el árabe, pero aquí parece dar igual. Aún se conserva la importancia de los gestos. Estamos en Marruecos. No hay nada engañoso en las afueras del aeropuerto de Casablanca. Rebaños de vacas (Miguel se extraña: pacen un prado inexistente), de cabras y extensiones largas de tierra amarilla. Chabolas. Puntos de color, que son mujeres andando por los caminos. Tendederos entre los matojos. Algunas construcciones de color rosa. Es difícil escribir en este tren.


2 de junio de 2007. Essaouira.

Llevamos tres días en Marruecos. El principio, digamos, no ha sido fácil. O no fue fácil desde que pusimos un pie en Marrakech. Porque el viaje en tren desde Casablanca (donde almorzamos medio pollo asado con una salsa deliciosa y yo bebí por primera vez en mi vida Coca Cola durante la comida) fue un verdadero placer. Miguel compró billetes de primera clase que apenas costaban unos dirhams más que los de segunda, y casi me pareció una primera clase mucho más agradable que los impersonales asientos del Ave. El tren tenía compartimentos alineados a lo largo de un pasillo donde se puede fumar. En el nuestro, de seis asientos tapizados con un estampado universal, iban dos señoras marroquíes, dos turistas americanos e hinchados, y nosotros en medio, sentados uno enfrente del otro. El sol de la tarde entraba por mi derecha, iluminaba nuestras caras y calentaba nuestras piernas. Ésa es la primera sensación pacífica que tuve de Marruecos: un sol tremendamente cálido que se arroja con suavidad sobre tu cuerpo a través de las ventanas de un tren de lenta velocidad; cruzamos las tierras baldías y hermosas del centro del país, apenas nos encontramos con construcciones, con caminos marcados: rebaños de cabras gobernados por niñas púberes y alguna que otra casa crecida de la tierra.

Leemos nuestros libros. El neoyorquino ancho que está a mi derecha empieza a roncar con ahínco, duerme con la boca entreabierta y le asoma un chicle rosa de los labios, una pequeña masa elástica apenas masticada; se ha dormido justo con los inicios del traqueteo, y seguirá roncando durante las cuatro horas consecutivas. Hablamos español alegremente, pensando que nadie nos entiende. Pero la mujer marroquí más joven, sentada junto a Miguel, sí nos entiende y empieza a hablar con nosotros. Viaja con su madre. Nos cuenta que viven en Tánger, que está casada y tiene tres hijas, que sus padres se divorciaron hace años y su padre siguió viviendo en Marrakech. Tanto su padre como su madre se casaron de nuevo. Ahora van a visitar a la familia, su padre ha muerto hace poco. Miguel dice “lo siento” y ella responde “así es la vida, ¿no?”, con un tono entre la ironía y el contento que me extraña (aunque no tiene por qué), como si en realidad poco le importara, pero estoy casi segura de que es por lo inconveniente de los idiomas. La madre no habla español, quizá tampoco francés (cuando la conversación gira en ese idioma tampoco abre la boca), y está más seria que la hija, pero me gusta su presencia a mi lado. Advierto que su aliento tiene mal olor. La hija, en cambio, ataviada con un pañuelo verde en la cabeza, que se arregla una y otra vez a la altura de las orejas, tiene unos dientes grandes, limpios y con un corrector de metal en ellos. Su amabilidad es gratificante, nos regala una botella de agua y luego unos dulces de almendras, pequeños y jugosos. Hablamos mucho a lo largo del viaje. Hay en ella un deseo de agradar ambiguo, sincero pero algo forzado en la postura: pretende ser alguien moderno y de hecho lo es, pero se excusa y se esfuerza a la vez. Se excusa, por ejemplo, de la pobreza de las casas que aparecen a lo largo de las vías. En algunos momentos tenemos una conversación algo metafísica, de frases trascendentales: ella dice que el divorcio es lo más triste del mundo y también, más adelante, habla de lo corta y hermosa que es la vida y de lo poco que la disfrutan los marroquíes. Dice que lleva once años casada, en Tánger, y que no ha vuelto a viajar desde entonces, se queja de falta de tiempo, de que nunca se pone de acuerdo con su marido para coincidir en las vacaciones. Se nos pasan los años, dice, y sólo pensamos en las preocupaciones cotidianas, sin buscar un hueco para disfrutar.

Llegando a Marrakech, la tierra gruesa y desértica empieza a ser roja. El sol se va poniendo y enfatiza el color de los valles abultados. Miguel y yo salimos al pasillo a fumar. Observamos el paisaje, es justo lo que queremos, ese tipo de belleza árida, absoluta. La luna aparece, levantándose desde el horizonte, naranja y espléndida. Todo resulta pacífico y verdadero. Nuestra amiga de Tánger parece no sentir simpatía por los yanquis. El señor sigue roncando y su mujer se disculpa con la mirada. Tiene el pelo largo y de un rubio sucio, tirando a naranja. Lleva un sombrero de ala ancha negro, de paja pintada. Es típicamente norteamericana en lo que respecta a fealdad y colorido. Muy simpática. Miguel sale a charlar con ella al pasillo, fuman juntos. Hablan muy animosamente, con grandes risas. A nuestra amiga marroquí creo que no le gusta, hay un leve sentimiento de decepción en sus ojos. Yo me he dormido durante tres cuartos de hora y ella me ha despertado diciendo que estoy muy guapa cuando duermo, “no como los gordos”, ha dicho, en voz muy alta. Me siento en deuda con ella, de todos modos, por todos los consejos que nos ha dado, pero el tren llega a Marrakech y yo no sé ofrecerle nada. Nos despedimos, sin más. Su madre sonríe.

Afuera, la ciudad es una fiesta oscura.

miércoles, 30 de mayo de 2007


Nos vamos a Marruecos.
Al sur.
Quería dejaros algo que ocupara esta huida de varios y largos días.
Y me he decidido por lo ajeno.
Pablo Gutiérrez, el primer amigo-hombre que tuve, con todas sus consecuencias (y la infacia que se nos iba), me envió hace unas semanas un correo en el que me adjuntaba, como cualquier cosa, este texto suyo.
Aquí os lo dejo. Yo lo disfruté tanto apretándome el paladar con la lengua (de nada sirvió).
Las gracias a él por prestarme estas letras, y a vosotros por todo lo demás.


"Mi mujer dice que haga una lista. Me da un cuaderno y un lápiz, como si fuera un escolar. Pongo su nombre con redondillas y ella dice no me jodas, arranca la hoja y llora.
Llora. No como una niña, ni como una vieja que piensa en que ya no vienen a visitarla. Llora de aburrimiento. De verme feo y sin uso, incauto.
Le pido no me dejes. Ella enciende la televisión y me mira como diciendo dame tregua, no te rebajes, vete de putas, véngate, date cuenta de que hace seis meses que no te beso, un año que no te hurgo, dos que casi no hablo contigo; dice grita, bebe, da un portazo, mátate con el coche, escapa de mí, piensa que te he reventado, que te he rajado la vida, que me he cagado en tus ideas, en tu identidad, que te he rascado por dentro y he soplado dentro de ti como dentro de un cristal fundido y luego te he estrellado contra el suelo.
Mi mujer dice: haz una lista, llévate lo que quieras. Lo que quieras. Menos a mí.
Y pienso: quiero

una guerra
un sótano
ella y yo refugiados
astillas, barriles de vino, mantas de arpillera
le digo
no tengas miedo
no llores
pero ella llora en mi camisa
y su cuerpo tiembla
(sopla cálido, del sur)
como los árboles que veo desde la habitación

Quiero, firme: guerra, invasión, pogromo, un treblinka contra occidentales aburridos, la nefanda raza de los occidentales anodinos que -brama en sus micrófonos el líder- hunde nuestra nación con sus banalidades (fiebre de aplausos, las juventudes antinsustanciales
golpean el suelo con sus estandartes)
Quiero (pienso) un ombligo para los dos, el hilo de oro que nos cosa las costillas.
Quiero que no te vayas. Mejor, firme: quiero que no tengas adónde."

Pablo Gutiérrez

martes, 29 de mayo de 2007




A J.B.


Busco al diablo a veces
entre la maleza.
Yo sé que el diablo
no existe
y quizá por eso
busco.

Hurgo en la hierba
espinosa
y pienso
en las cuarenta posibilidades
del amor.
La bienvenida de una araña
no me pertenece.

Siento la tierra
pegada a mis
uñas,
hundiéndose
en lo más profundo
de las interrogaciones
de los cimientos
baldíos.

El viento llega
tenaz
como un espejismo
disparatado
de azoteas
alucinógenas
y de ojos triples.

La montaña hace
una sombra
clara
sobre mi nuca.
Estoy agachada
en mi porción de bosque,
conversando con las lombrices
rojas,
infinitas.
A todos los seres pétreos
les pregunto por ti,
por si acaso te han visto,
espectral,
atravesando la noche de mi jardín.
Con los vivos me avergüenzo.
Cuando tu nombre sale,
indómito,
en los periódicos y las conversaciones,
yo sonrío, hipócrita,
como si en verdad te conociera.

Imagino las ciudades a tus espaldas,
recuerdo algunos sueños
que no fueron tuyos.

Fuimos,
con toda probabilidad,
un par de amigos
o algo
levemente parecido.
Con independencia de la racionalidad,
muy a menudo añoro
una letra tuya
inhóspitamente hospitalizada
en el dorso de mi mano izquierda,
la que aparta
(infantil)
el trigo verde,
por si te encuentra.


Zarzalejo, 27 de mayo de 2007

jueves, 24 de mayo de 2007

Autobús 53. Madrid, 21 de mayo. 20:17 h.

No alimentemos el rencor.
Por ejemplo nunca.
Repetir.
Por ejemplo nunca.
Recopilar los colores
(los jardines han brillado
en la ciudad:
púrpura, amarillo,
verde limón).
Asumir que de alguna manera
taciturna,
de pronto se nos quiebra el sentimiento
y una simple negación
o un triste reglamento
nos agacha el alma.
Pero es sólo un minuto.
Hacer que sólo sea un minuto.
Repetir.
Hacer que sólo sea un minuto.
En mi estómago
se cuece una manzana roja
y todo el cansancio del día.
Pero el sol mantiene el cielo alto,
todavía,
y la publicidad de los autobuses
me resulta ridícula
y absurda.
Ahí me agarro.
A esa sensación de extrañeza ante el mundo
que revoluciona sus civilizaciones.
Yo quiero estar cerca de las manifestaciones
del amor
(cualesquiera sean),
cerca
de la soledad de los libros,
y de vez en cuando,
de forma distraída,
sentirme útil

precisamente

por tanta inutilidad
bien disfrutada.

(Antitécnica poética utilizada: Robertianus Teransílabo)



domingo, 20 de mayo de 2007


Pensé que en el campo encontraría la paz
y te confieso, mi amor,
que aquí sólo hay moscas.

Rebeca Le Rumeur



Hemos hecho el amor en la habitación, a esa hora difusa que precede al almuerzo, con dos moscas dentro.
Han estado pugnando por salir del cuarto, cabeceando doloridas contra el cristal de la ventana durante todo el rato.
El sonido de sus alas invisibles, molesto e intermitente, ha sobrevolado el ritual inesperado del sexo.
Las manos andaban aquí, allí, los huesos apretujados a la carne, y el ritmo fino de los músculos, todo contrastando con el posarse inquieto de las moscas sobre nuestra piel: ahora en una nalga redonda reflejada en el espejo, luego en una rodilla flexionada, como un gran estandarte para ellas, y nunca en sitios demasiado claves, ya ocupados por la saliva.
Desde la cocina venían las voces de Elvira y de Rebeca, el ruido del agua hirviendo y los cuchillos. Yo sé que ellas estaban bebiendo mucho vino mientras hablaban de hombres y de imposibles. Junto al zumbido de la mosca más audaz, rozando el hueco de mi oído, llegaba de pronto un mismo pronombre, pronunciado una y otra vez por las chicas: “él”. Era un “él” indefinido. Un pronombre indefinido personalizado en lo más hondo de la vida abstracta.
Al cabo de un rato, la psicofonía de los insectos y el canto divertido de las cocineras se han ido diluyendo en una atmósfera de cualidades infinitas.
Tu mordisco en el mordisco
de mis dientes,
una certeza animal
de la locura que se inflama dentro de la sangre,
ahí en el medio
de una brillante cotidianeidad
de moscas
y conversaciones.

miércoles, 9 de mayo de 2007

Berlín, 17 de abril. En la taberna más antigua de la ciudad.

Siete cabezas prácticamente blancas y burguesas, reunidas en martes para beber cerveza fresca de jubilados, nos miran al entrar en la taberna con detenimiento y algo de reprobación. La comida es buena y autóctona, y a pesar de la madera oscura de las paredes, las mesas y los bancos, en el baño de señoras hay una pintada tras la puerta. Es como una nota dominante de Berlín, nada es lo que parece. O quizá sí, pero no para los recién llegados. Tras la puerta, el dibujo de una mujer obesa y descarada, sentada en un váter, con ligueros negros como única prenda que aprieta sus muslos exagerados, el vientre redondo y los pechos inmensos (de pezones caídos y grotescos), que apuntan al delirio y a un peculiar sentido del humor estético. ¿Hay normas? No lo sé. El resultado me gusta. Todas las señoras de cabezas blancas y pose histórica europea, al bajarse las enaguas con sus vejigas flojas llenas de cerveza, mirarán inevitablemente los pezones obscenos de la mujerona de la puerta, disparando desafiantes hacia los suyos, blanquecinos, casi transparentes; y quizá alguna sonría, al tiempo de la última gota de orín, melancólica y sobrecogida.



El césped. Berlín, 19 de abril.

Sopla el viento bajo el sol en el Berlín de mediodía. Estoy tumbada en un césped bien cuidado, donde todo el mundo se estira, buscando calor y horizontalidad. Ayer pasamos frío y yo he forrado mi cuerpo de lana. El movimiento y la flexibilidad son complicados. El río está enfrente de mí. Y a la espalda, una catedral oscura y rimbombante. A mi costado derecho un museo de pórtico romano. Al izquierdo, grúas, hierros, y moles de cemento.

Bajo el ruido de coches de la avenida, puede oírse el sonido de las ruedas de las bicicletas y las hojas secas moviéndose con el aire. También una fuente.
Hay gente joven y gente vieja. La edad media está trabajando por nosotros. Me gusta Berlín. Ayer fuimos a la puerta de Brandemburgo. Al Reichstag. A uno de los monumentos judíos. A un pequeño bosque. A Postdam Platz. Berlín es una ciudad nueva. Tecnología alemana a su alcance, reinventada, poderosa, y con un extraño e irónico sentimiento de humildad. Es cierto, es una ciudad clara y amplia, de pájaros grandes picoteando en los jardines con andares de pingüino.

Miguel ha ido a un museo egipcio, y yo estoy tumbada en el suelo, echando de menos la decadencia de Jane Bowles, que se ha quedado en la mesilla de noche. Podría estar horas aquí, si tuviera un libro. Guardo una manzana y un bocadillo de queso en la bolsa, por si me da hambre.

Ahora suenan las campanas de la iglesia, míticas y eternas. No sé si anuncian la hora o el momento. No van a parar.

Del césped al mercado.

Hoy me he levantado tarde y he bajado al desayuno cuando estaban a punto de retirarlo. Mi humor es bueno, aunque hay algo funesto en el fondo de mis sueños, posiblemente debido a las noticias que recibí antes de marcharme y a la conversación telefónica y surrealista que mantuve con mi padre. O quizá sea otra cosa, pero no me lo planteo. No quiero interpretar los movimientos de tierra y recuerdo. No es demoníaca la vida, pero no es, tampoco, una sábana santa y jugosa de confitura de limón. Masticar la linealidad de los elementos y abrir exageradamente la boca cuando un punto de inflexión caiga en anticiclón, rojo sobre negro. No negro sobre blanco.

El viento despeina mi flequillo recién lavado, pero esta vez, el sol no desaparece. No me asusta el viento. La gente es pacífica en esta plaza de puentes, sin murallas. Quiero que vuelva Miguel, que salga del museo, aunque estoy bien aquí sola.

Ahora sí, el sol se esconde por momentos. Me he sentido cansada y atrapada por los leotardos que llevo bajo los vaqueros y he decidido ponerme en marcha. Además, mi vejiga iba a explotar. En el museo egipcio no me han dejado entrar al baño sin pagar el ticket, así que he arrastrado mis pies hacia el mercado que hay debajo de la estación y me he sentado en una terraza con mesas de jardín. Hay bullicio en los tenderetes. Antes hemos comprado té oloroso, mostaza y mermelada de lima. Me pido un café con leche (me lo traen suave y rebosante de espuma). Miguel acaba de llamarme. Dice que le duelen los pies. Que ahora viene.

Una mujer alemana, rubia, ancha y de pantalones remangados, ha interrumpido el leve murmullo de la plaza, bajo las vías del tren. Gritaba, muy enfadada. Una lástima no entender su idioma. Al principio el ambiente era extrañado y tenso, luego la gente se ha reído de ella, creo. Muy digna, ha seguido su paseo por los puestos de plantas aromáticas con el ceño fruncidísimo. Acabo de ver a Miguel entre las sombrillas. Se está acercando con la sonrisa puesta.



viernes, 27 de abril de 2007

17 de abril. Al principio.


Al principio, Berlín es una cama blanca. El sol calienta las paredes. La piel brilla, preludiando. Es fantástico.

Luego me quedo sola, y duermo la tarde.

Al cabo de unas horas, cuando siento que ya he llegado, salimos a pasear. Los espacios son tan grandes. Edificios que me resultan gigantescos, cuadrados. Ventanas. La avenida Karl Marx. Se hace de noche tras la lluvia (es agradable, ahora, mojarse la nariz).

La ciudad nos recibió primaveral, calurosa, algo española en los acentos de la gente del Sunflower. Pero agotamos la luz con nuestra lánguida guerra y cuando llegamos a la calle, un cielo tupido de blanco y unas aceras mojadas e inmensas habían sustituido al calor amenazante del mediodía. Miramos hacia arriba y hacia los lados, apenas nos cruzamos con personas. La lluvia cae amable, y nos refugiamos en una enorme librería que está a punto de cerrar. Tocamos las cubiertas de los libros viejos con nuestros dedos húmedos. Las estanterías son de madera oscura y reluciente, hay mesas y sillas para leer. No entiendo una palabra, y a pesar de eso saco algunos libros de su lugar, los abro, los guardo en mis manos durante unos minutos. Compramos un mapa y unos cómics antiguos. Después, nos encerramos a tomar café tras unos cristales, en una cafetería desnuda y amplia. No falta un detalle geométrico a mi alrededor. Me destellan los puntos de rojo desgarrado, el azul chillón de las flores dibujadas en la pared.

Se va yendo la luz del sol, que se pone, rosácea, tras lo lluvioso, y Alexanderplatz se abre ante nosotros, funcional y caótica, en obras, quieta de raíles. La luz es lo fluorescente. No existen las farolas en su verdadero sentido y el río parte en dos la piedra de una forma oscura y nítida, a la vez. Los museos enseñan su alumbrado interno, su funcionalismo estético. Unas proyecciones con sonido iluminan un edificio escondido en la avenida, detrás de la catedral. No hay nadie más que nosotros en la calle. Me gusta esta ciudad de historia renovada. Abrimos la boca, imagen tras imagen.




Pero tengo la sensación, eso sí, de que por este cielo preñado de lo último añil que queda en los bosques lejanos, sobre esta modernidad mil veces acabada y levantada, sonará el batir de alas de un pájaro monstruoso, enorme, de ruido prehistórico, y sobrevolará nuestras cabezas solitarias, con el pico abierto, mitológico, planeando entre los misteriosos e impertérritos cementos de Berlín. Como un terror liberado.



Ya la noche ha caído, y yo siento la ciudad achicándome el cuerpo. Me dejo hacer. La oscuridad en Berlín es valiente. La atravieso.

martes, 24 de abril de 2007

Antes de la guerra era Europa y el Cercano Oriente; durante la guerra, las Antillas y América del Sur. Y ella lo había acompañado sin reiterar demasiado sus quejas, sin demasiada amargura.

El cielo protector, Paul Bowles






Para Jane Bowles, que supo ser libre.




A veces hay que agradecer el paso de unas manos por tu vida. El camino recorrido por los ojos, las huellas de las palabras. Personas divinidad, reinantes profundidades rescatadas, entregadas. Jane Bowles me ha acompañado durante las últimas semanas, con su pierna recta y su lengua ácida. Dicen que no pudo separar la vida y la literatura, quizá por eso escribir, para ella, fue un intento tortuoso de perseguir lo que no existe más allá de los límites del cuerpo. No he leído ni un solo libro suyo, de los pocos que quiso terminar. Pero su biografía está preñada de alimento. Cuatrocientas páginas cargadas de azabache. Vino conmigo a Praga, a Berlín, a las noches solitarias de Zarzalejo. Se me acabó su vida en una mañana perezosa de Lavapiés. Pesa el fantasma ahora, como pesó Emma B., hace un par de años. La echo terriblemente de menos. No hay remedio: contaré los días que me quedan para volar al Atlas, intentaré enterrar mis pies en la blanda arena marroquí, por si me encuentro una horquilla suya aguantando el miedo de los placeres prohibidos.

Gracias a Nano, por poner este libro en mi casa.


sábado, 14 de abril de 2007

Y es que quizá
no todo termine aquí
donde yo pongo el pie para acabar la música.
Igual que quizá
no todo empiece aquí
donde yo saco punta al lápiz
afilo los cuchillos
prendo esta varilla de incienso
indio
y me pinto los labios
(para nada).





(Universo: estudio de la imaginación de dos amantes lejanos)


Creo que parecen perros
aullando el compromiso,
desgañitados de amor,
largos gemidos perrunos
que se entrecruzan en la tarde
y no persiguen victoria,
pues qué victoria tiene
la unión de sólo dos
seres humanos,
que acabarían, cualquier mañana,
desgañitados de pena,
con el pelo mojado
de los perros de la lluvia,
mirándose a los ojos
fieramente
muertos de dolor
por los huesos perdidos.



Pero yo, independientemente de estas reflexiones nocturnas de programa de jazz en la radio y fuego en la cocina y preparación de alimentos hermosos para una cena,





pido poco más en estos días que este jardín sobrecrecido, ilimitado de insectos, y este desayuno pacífico de sol intermitente,

y estas manos que se posan sobre un libro, calmas, y luego


me estrangulan la garganta.





Nos vamos a Berlín.

jueves, 12 de abril de 2007

En el centro de Madrid está lloviendo. Imagino mi jardín, solitario, allí arriba. Con la hierba empapada, no sé si agradecida por este abril oscuro.

Toda esta casa está llena de ropa limpia y amontonada. Los calcetines hacen hileras en la barra de la ducha y en lo alto de las puertas.

alcoholic
sheep
pregnant
knife

Se acumulan los folios en mi escritorio mínimo.

Un papel amarillo con pegamento en su dorso hace equilibrios en el borde de la madera, a la altura de mi frente: En la huida no hay camino, sino rastro. Ignacio Aldecoa.

Esto de aquí abajo también fue Praga.


domingo, 8 de abril de 2007


Es cuatro de abril. Mi madre cumple cincuenta y dos. Bordeamos el río y antes de que se ponga el sol, decidimos comprar una entrada, entrar, escuchar. Somos las primeras. Al principio creemos que seremos las únicas, porque no hay un solo turista esperando para oír a Mendelssohn. Nuestro atuendo no es en absoluto apropiado para el mármol de las escaleras.

Música. Concierto de orquesta. Se va llenando poco a poco y cada vez es más fuerte el olor a perfume viejo y dulce. Las mujeres se han vestido de ropas elegantes, con brillantina o rasos negros. Entra una señora con cara de actriz alemana, el pelo recogido en laca y una falda larga y estampada. Su jersey naranja de cuello vuelto da calidez al paisaje. Todos han venido al Rudolfinium en miércoles santo, y en mitad de la pascua, unos judíos de barba recortada y pajarita saludan a sus conocidos extendiendo amablemente las manos a través de los asientos. Hablan antes del comienzo. Sus acentos, mezclados, me resultan caóticos, repetitivos y veloces, como cuando uno tiene un mal sueño y se le aceleran las palabras, incomprensibles, en la cabeza. Sin embargo, observo que las que hablan con tono histérico son las mujeres, los hombres muerden la pausa de otra forma.

Las señoras que vigilan las puertas parecen monjas católicas, austeras, cancerberas y rígidas.

Entran los músicos.

Veo quince violines, cuatro violoncellos y dos contrabajos. Luego entran trombones, una chica con flauta travesera. Mujeres hay cuatro más, aparte de ella, una viola, dos violines y un cello. Son jóvenes, más jóvenes que los hombres. El director de la orquesta se mueve graciosa y enérgicamente, como un gorrión que tuviera las patitas enterradas y sólo pudiera agitar la cabeza. Se antepone a lo que vendrá. Se convulsiona con fuerza y luego todos, acompasados, deslizan sus fibras de caballo y sacan la música de la madera.

No puede uno moverse mucho aquí. Da sopor. Las lámparas del escenario iluminan prácticamente la gran sala y no hay intimidad para el bolígrafo. Me gustan los violinistas gordos y melenudos. Me fijo en los zapatos de ellas: el riguroso negro queda roto por el color blanco de la piel. Son zapatos de tacón, algunos atados al tobillo, brillantes. Como de charol. Me pregunto si no estarán incómodas con ellos, sentadas y quietas sin mover los pies. Una de las chicas, la más joven, lleva los hombros al descubierto. El director la felicita con un mínimo gesto del mentón. Ella hace una reverencia con las pestañas.

Un xilófono.




La intensidad de la música sube, ahora parece que hay guerra dentro de un bosque de duendes encolerizados.
Las palabras de la música de cámara: anacoreta
suicidio
vespertino
obligación
telúrico
séptimo
hamelin
checoslovaquia
trueno
suspiro.

(Dejan unos segundos para la tos y los picores. Rápido siguen. Ahora interpretan a un compositor checo del siglo XVIII.)

El orden, la maestría. Todos deberían bailar a medio cuerpo, como el director. O se me ocurre, también, que podrían ir vestidos de otro color. O que uno de ellos, el más atrevido e incauto, podría ponerse de pie y seguir tocando así, mirando al cielo de Praga. A las lámparas enormes de esta bóveda dorada. Pienso que pequeñas bailarinas con trajes vaporosos y alados surgieran de pronto de algún sitio inexplicable, y saltarinas e ingrávidas se pusieran a contonearse entre ellos, o entre el público.

Crujen las rodillas de los más viejos. Me gusta estar aquí, rodeada de checos silenciosos. Tienen las narices afiladas, puntiagudas, predispuestas para las elegantes gotas del hielo cuajado del Moldava.

El director se seca la calva con un pañuelo blanco en un intermedio de toses. El órgano, presidiendo el alto del escenario, se exhibe, impávido. Los órganos son también irreales; todo vísceras y metal.

Durante el concierto, he comido alrededor de doce almendras garrapiñadas que guardo en un cucurucho de papel, dentro de la mochila. Las compré esta mañana en los puestos de la Plaza de la Ciudad Vieja. Las he comido a escondidas, dejando que la saliva las pusiera blandas en mi boca. Imagino que una de las monjas viene a mí, con sus gafas colgadas al cuello y sus ojos lacrimosos y reaccionarios, y me dice: “No está permitido escribir durante el concierto”.

Vaya. ¿No hay bis?



sábado, 31 de marzo de 2007



(28 de marzo del 2007. Mi padre cumple cincuenta y tres años.)


Cuando dos trenes en movimiento se cruzan, y yo voy en uno de ellos, tengo una sensación de calamidad, de estertores exagerados. Al mismo tiempo, me mantengo impasible, sigo haciendo lo mío, intento sostener la mirada en la página que me incumbe. Sólo me permito ese pensamiento advenedizo y un latir asustado y breve de mi corazón, que siente que, inexplicablemente y con asombro, uno puede sobrevivir a las catástrofes.


(31 de marzo del 2007)
Me voy a Praga.


¿Habéis visto? El sol se sigue poniendo allá arriba (del mundo).






martes, 27 de marzo de 2007

"Paz para Válery."


-¿Le quieres?
Los ojos de Irene se enfurruñan de repente.
-¿Por qué quieres saberlo?
-Porque estamos sentados aquí.
Irene arroja la cerilla a la nieve.

Los inquilinos, Bernard Malamud



Anoche atravesé el centro de la ciudad para volver a mi otra casa. Había estado encerrada entre sillas, mesas, vasos y personas, y no me había dado cuenta de nada, pero afuera había llovido. A un lado y a otro estaban los edificios largos, y en el centro un asfalto mojado y quieto. Junto a mí pasó una pareja muy joven; corrían de la mano, como si estrenaran algo, hacia la boca del metro. Si bajaban los escalones de seis en seis, no perderían el último.
Yo enfilé la calle. Nadie quedaba.
Al fondo de la gran avenida y de un par de barrios, la guarida.
Disfruto de esta independencia rara ante la dependencia independiente.
El suelo brillaba negro, y yo pensaba con pensamientos luminosos y vacuos de persona cansada pero alerta. Soy consciente de las esquinas cuando las doblo. Imagino que aparecerá alguien, justo en el punto de invisibilidad, y chocarán nuestros hombros sin estrépito.
Y nadie hubo.
Y cuando ya no era consciente del recorrido memoriado por los años (que ya son años), llegué a la calle de la guarida y se me volcó la cara en una sonrisa para nadie.
Los escalones, la llave hendida. El silencio de la ropa tendida, cruzando el corral, llena de agua de lluvia. Y el frescor.
Antes de cerrar la puerta por completo, de acabar la noche y el ruido de mis zancadas, fui consciente de que las plantas habían crecido una barbaridad. Agucé la vista. Parecía imposible, pero el geranio de limón estaba exageradamente alto, con todas sus ramitas saliéndose por los barrotes de la ventana de la cocina. El romero, el tomillo, las cintas heridas. Qué rápidos, en sólo unos días.
Bajo el edredón se mueve alguien. Yo me subo a la cama, con los zapatos puestos, y husmeo ese olor de los que empiezan a soñar. El que nunca duerme, por si acaso, abre los ojos enormes y me sonríe.
Luego, ya acurrucada entre las sábanas calientes, pienso con menos lucidez aún que durante el paseo.
¿Cuál es la verdadera realidad de uno ante la belleza? Porque entiendo que ante el dolor la sensación se transmuta, tan fuertemente, que aviva los límites de la forma, los hace nítidos y grotescos. Pero ¿y esta calma de pecho inflado?
¿Cuál es, entonces, la realidad de uno?
¿Lo que cuenta?
¿Lo que piensa?
¿Lo que siente?
¿Lo que ya no siente?
¿Lo extraño de la noche?
¿Qué reflejo, qué eco deja nuestra figura andante, ahora que no suenan, tronantes, los tambores de lo negro?

jueves, 22 de marzo de 2007

DE SINTRA A CARRAPATEIRA, ELUDIENDO LAS PARADAS JUNTO A LOS AVESTRUCES.

Sintra y la teoría del sexo. A más sexo, más problemas. A menos sexo, menos problemas. Cuanto más sexo, menos problemas. Cuanto menos sexo, más problemas. En Sintra recuperé las ganas de viaje. El escondite bajo el bosque de Lord Byron. Los palacios del romanticismo, el castillo del rey loco y una cena con amigos y buen postre. Pero cambié el malhumor indiscriminado por la tristeza y un llanto paranormal como la alfombra atigrada de la torre. Ahora pienso que éramos como los protagonistas de una película setentera que acuden al naufragio del guión más escéptico. No se acaba aquella calima de domingo eterno, ya imposible el amor sin mis terquedades. Tiempo desaprovechado pero la sensación de que el mundo, por fuera, es hermoso. Fuera de Sintra estaban otra vez la luz y el borde de la península con agua desbocada y oceánica.


Aquí en Carrapateira. Suena el mar tan estruendoso como todo lo que de verdad me gusta. Volvió la calma.


Hay cosas en la vida que, además de gustarme, son perfectas. La levedad del éxtasis, Carrapateira, tercer temblor consecutivo, cuando las paredes son amarillas y la casa amarilla y las sábanas limpias y amarillas y nuestras pieles que parecen amarillas por la luz, juntas y amarillas las pieles, y el mar ahí fuera, furia funcionando. Negro, por ejemplo. Me tocas las vértebras y mi espalda se ensancha, es uno y otro confín, inexistentes fronteras las de los huesos.

No me digas que todo no puede ser mejor, porque entonces lo es: este olor a sexo derramado, exagerado y lento. Los dedos cuando ya son sabios.

Tener a este hombre al lado silencioso, abrazando la noche por completo, conmigo frente al mundo, sosteniendo mis pechos, inhumano de paz.

Toda la noche oyendo gritar al mar. Toda la noche.

El ruido de la piel, inacabable.

Día tercero del año 2007.

Te chupo el alma.

Tuerce la carne. Nada ya duele. Ya terminamos con lo imperfecto.

La enormidad está ahí afuera, rugiendo, en negro luna. Yo todavía no la he visto.

Imagino el amanecer restallante con espera radiofónica, sin el terror ya de los crímenes de la humanidad. Mi cuerpo se está estirando hacia la pared. Este modo de felicidad me es tan grato como el aire blanco de Carrapateira.


Apuntes arbitrarios y escogidos de una libreta de anillas plateadas, mientras los vuelos, mientras las sustancias, mientras el océano, mientras los ojos nublados. Carrapateira, día tres del año siete.



domingo, 18 de marzo de 2007

Cuál es la palabra clave.
¿Burladero, inopia, calabaza?
Van a dar las diez.
Cuando quedaban horas para todo, el domingo no tenía esta connotación de independencia.
Por ejemplo: por la mañana, abrí la puerta y el jardín era un zoológico.
Son cuestiones primaverales que revelan parte de la felicidad contraída.
Las mariposas esponjosas del futuro se acercan, ciegas, al borde del pijama y susurran mandamientos fluorescentes que nadie es capaz de cumplir.
Hay que entender las transiciones. Cito aquí el fondo de un váter en honor de los que no entienden que la luz de las montañas ha mudado de senderos mi cabeza.
A veces, y eso lo saben los que no entienden, bajo a lo oscuro y me convierto en lo que también soy, lejana, pero soy.
Pero no hay que engañarse: es otra palabra clave la que ahora busco.
¿Amianto, liebre, zarzal?
¿Cuadrilátero de verde?
La verdad. Vivir al compás del sol es menos sórdido, pero igual de inmenso.
Sólo quiero ahora la palabra mágica, para que la fluidez de las manos tenga el sentido explícito del universo, la justa proporción de la locura y la robusta calidez de lo que amo.
Voy a seguir excavando en la carne, afilando los límites de la paciencia, y con este detector de metales recién estrenado, me dejaré guiar por la orilla de la arena, hasta que un sonido difuso y árido me traiga la llave triangular, con óxidos tremendos.
Encajarán los dientes, ya lo sé, y se abrirán nuevas incógnitas.
Así siempre empezar a seguir viviendo.
La luz ha abandonado los paisajes. Aquí arriba, incandescentes, brillan las noches, volcadas desde lo que llamamos infinito.
Sabio nombre. Así todos podemos dormir tranquilos.




martes, 13 de marzo de 2007


La ciudad.

Rafael de Paula, Curro Romero,
Antonio Vaamonde,
un cuenco de chochitos amarillos
con la humedad justa, gallos de pelea,
suenan unos reincidentes de Jerez.

Metidos en una tinaja de cristal
esperamos las croquetas de la abuela
escribiendo al alimón.

Imagen nostálgica del
embotellado de Bodegas
Hidalgo donde se aprecian
a los trabajadores
en plena labor:
el esmero, la delicadeza
y la buena labor artesanal
distinguían a hombres
de la bodega por aquellos
pasados y recordados años.

Cigarritos de liá, vino dulce,
aceitunas, conversación inteletuá.
Antes y después de fumar,
de fumarnos la sociedad sin filtro.
Palmas sordas. La calle ancha.
Hoy toca ir cerraos por las esquinas.

Perdón, quería decir abiertos.
El reloj va a marcar
eternamente las doce
menos veinticinco. Ojo,
una buena hora ya sea
en el día o en la noche,
un día por otro y
la casa sin barrer.
Necesitamos la batería
del teléfono para
hacer negocios.
Pero las niñas lo llaman a él,
siempre inoportunas las niñas.
Eso es como el que tiene
una casa en Alcalá, dice.
Sólo habla con refranes.
Hace alusiones manidas.
Esta sevilla nuestra,
(tan lejana, apunto yo).
Dice cosas así.
No tiene ganas de hablar, deduzco.
Se la quita rápido de en medio.

Vínculos emocionales.
Hacer balance de los huesos
y colillas.
Revisar las existencias
por si faltara algo
(alcohol o drogas).
Encender otro cigarrillo.
Piérdete conmigo.

Amigo.

Que sí, revisas los balances
y sí, haces balances y la balanza
indómita nunca se equilibra,
aunque ahí vamos
pimpom
y no llegamos.

Pasar las páginas.
escribir grande para ocupar
mucho espacio.
¿Cuándo me vas a dar una
vuelta en el coche?
Viéndola de cerca.
Incapacidad social. Velada literaria.
Cuestión cultural.
Pie en pared.

El camarero elige
el vino, el nuestro,
es blanco, pero no es dulce,
no es fruta,
es vino, así que
entra hacia
dentro
fresco.
Él dice que quiere descubrir bares, yo
que quiero rehabilitarlos.
Habrá lugares para el oasis.
Recuento de aceitunas
y otra vez el vino blanco
en la saliva.

Cuestión de sintaxis
y fluidez. Un tachón en un poema impoluto.
Un cuaderno siempre en blanco.
Se recuesta, sacude las migas
y mira por la ventana.

Desorden de ciudades
y ahora la misma calle,
el sol, atreviéndose,
inundando los altos azules
de Madrid.
Planes para las horas térmicas.
Antedía. Mediodía.
Luegodía. Requiemdía.

Agua. Al menos un vaso.
La boca algo pastosa por el
alcohol lo agradece.
Dame algo, dame algo.
Pero dámelo ¡ya!

No tengo ná todavía.
Ahí detrás, una pareja
joven joven de juventud aburrida
acaba de sentarse.
Hablan con cara
de preocupación
y hastío. Ella lleva perlas blancas
en las orejas, pegaditas.
Entrelazan sus manos
de uñas comidas.
Piden agua Solán de Cabra
y cocacola,
llegará la siesta y la lujuria
y se entregarán a un
abrazo enhiesto
y consciente
de los límites del cuerpo.
Grandiosa corrida de toros.

Contraventanas de madera,
jarras de barro, tinaja de cristal,
si todo fuera tan fácil,
chupar los dedos de los extraños,
llamar a patapalo y la sonrisa
de oreja a oreja.

A los poetas del delito
cruzando la Gran Vía
a paso rápido para ser
la hora de la siesta,
el cuarto de baño del café
Madrid recuerda a los demonios.

En el trampolín no,
en el trapecio. Mi disléxica favorita
(más baileys, menos café),
te echamos de menos, nunca de más.
Café Madrid, velas blancas
camarera escotada
la primavera que revienta
y nosotros en medio.

Segundo café del día,
de Lavapiés al borde de Chueca.
no dirán que no hacemos ejercicio,
porque no hemos cogido ni un metro.
Parece mentira.
Los puntos de luz empiezan a ponernos
los ojos del revés
trapecistas canijos.
"Voy a ir al baño."
(primer intento de ficción)

No estoy asegurado
para incendios cardiovasculares.

En esa mesa
parece que hay gente.
Cuatro aristocráticos
arruinados que se miran
con arrepentimiento y desazón.
La única mujer
pellizca los genitales
del que está a su derecha.
Nadie se mueve.
La vela, llama enhiesta
no se inmuta.

Investigar los posos del café
como si supiéramos leerlos.
Sigue fumando. Podemos esperar.
Segundo intento. Voy al baño.

Él empieza a tener sueño.
Muchas horas fuera de casa
(cinco).
Si tuviéramos piruletas...
Yo he dormido alrededor
de diez horas y empiezo
a estar nerviosa.
Hora difícil.
Si tuviéramos piruletas.

Los dientes largos
como patas de caballos
(horses, horses, horses).
Nunca dos lámparas iguales
distintas luces
la misma barra.

¡Qué susto, qué susto,
quince centímetros de blancura!

Si tuviéramos piruletas
la diversión implícita y pasajera.
Participar de la nada.

Contar las monedas
sacarle brillo a los bolsillos
y chupitos a la camarera.

Retruéncanos.
¡Uy! olvidé la corbata.
¿Dónde anda el paralelo?
¿Dónde arde?

Bereberes, pistoleros,
al cabo de la gata,
aislamiento,
entre cala y cala, calada.

Veis, otra niña al teléfono.
Ésta lo insulta.
Yo le ruego que lo perdone.
A él hay que perdonarlo
de antemano.
Él se siente mal,
pero se le pasa rápido.
Ay, el pasado,
qué difícil es de lidiar.
Baja la cabeza,
agacha las orejas
y olvida.

Jueves, 1 de marzo de 2007

Roberto y Lara

domingo, 11 de marzo de 2007


Alibi.

Duración total: Cuarenta y cinco minutos y cuatro segundos.

(Life-in-Slow-Motion)

jueves, 8 de marzo de 2007





2 de enero de 2007.


Lisboa. Cuando conoces una ciudad. No es lo mismo encontrar la belleza que reencontrarla. Hay veces en la vida en que lo urbano imposibilita la corriente sanguínea. Creo que estoy en uno de esos momentos. De Lisboa he pensado todo lo que no he escrito sobre ella. La he vivido a mi manera, sin propósitos, echándola de menos desde el principio. La había nombrado tanto en mi ausencia que esta vez no la encontré amable, ni a mí amante, caminante. Dentro de este viaje, Lisboa ha sido como Madrid al amor antiguo. La calima. Los numerosos adoquines. La verticalidad de las calles. Punto de fuga. Para empezar, el hostal llevaba puesta una moqueta de olor indescriptible. Arreglar las cortinas y saber que la capital está allá atrás, y sentir pereza. Recordar el acelerador, el freno, el embrague, ay, no sé, que me perdonen los tendederos por esta vez, el Chiado, Alfama, el estuario del Tajo, el barrio de Bica, las janelas del verano del 2004. Un respiro ante la belleza construida. Necesitaba, esta vez, la libertad de los campos y los caminos, el interminable agosto de los árboles erguidos, esa otra plenitud inalcanzable que es la montaña rota por el sol. Averiguar por qué se resbaló lo cómplice cuando el año terminaba, por qué la mente traicionando (ahí, sin horizonte, enredada en su propia sustancia hemorroide), por qué la niebla del día uno de enero, y la gente perezosa y apagada por las calles, por qué los llantos y el café con espejos salvando el diálogo, por qué la habitación 303 no era suficiente para las batallas del corazón, por qué no nos atravesó un tranvía el estómago, por qué me dolían las miradas de los hombres de las esquinas y por qué quería escapar de la ciudad que contiene toda la belleza de lo sucio. Y duró más. Una cena sorpresa en el barrio Alto, la sopa que suaviza los caracteres. Pero no es suficiente. Ni madrugar fue lo mismo. Vi a una chica que viajaba sola que escribía durante el desayuno y no sentí ganas de asesinarla, pero sí de escribir. El café era, por cierto, horrible. Lisboa se fue alejando, pero entre gruñidos y promesas, con un sol intermitente y frustrado. Esta vez no Lisboa. Aunque Dinis estaba como siempre.

martes, 6 de marzo de 2007


Familiaridades domésticas que nos traen la felicidad astutamente.

El olor familiar
del cubo de basura
cuando te agachas a pelar una
manzana
justo en el borde del plástico,
de la bolsa
llena hasta arriba
de elementos orgánicos
a los que no les dará tiempo
a convertirse en útil abono
para mis tierras de consumo.



Es todo lo que puedo decir en un martes tardío de resaca, donde las nubes parecen vientos de lunes, mientras la carne se consume lenta en el vino, tras dos noches de soñar con arañas multifacéticas a las que he inseminado esta mañana con insecticida para elefantes.
Las mantas rojas se airean al fuego del jardín, comienza a llover. Salgo corriendo, en seis zancadas cruzo el césped, hundo las manos en la lana mojada.
He vuelto a la montaña. Espero con paciencia.
Observo los libros que he sacado de la biblioteca: Montale, Simenon, Colette. ¿Quiénes son esos tipos viejos?
En una foto a mi derecha, Edith Piaf y Georges Moustaki se sonríen a carcajadas en una orilla de arena. El sombrero de paja de ella, deshilachado, me recuerda que pronto llegarán soles feroces.
Un duende encapotado de rizos se me acerca: "pronto acabará el invierno", me dice.
Pienso en un oficinista aburrido con el flequillo sobre la frente y miles de archivos abiertos en la pantalla. Aprieto mucho el entrecejo (donde se me han acumulado dieciocho horas de música electrónica) y le mando señales caligráficas: las vías del tren se alargan hasta el infinito. Andemos, entonces.

martes, 27 de febrero de 2007

Acaricio su mano y el tacto de las venas en el dorso de la muñeca me estremece. Algo de mis propias venas se remueve hacia el centro, al sentir que estas otras están dispuestas para mí sobre la colcha, como minúsculos ríos de agua que hierve, desnudos ante el acecho de mis dientes.
Sigue en mí el tacto, el pensamiento.
Porque la calma de esta habitación viene a parar al sueño, a la tarde inmóvil de invierno, con el sol caído y unos perros rebeldes desgañitándose al fondo de la plaza.


AYAMONTE – TAVIRA - VILA DO BISPO - CABO DE SAN VICENTE –CARRAPATEIRA – LISBOA – SINTRA - CABO DE SINES - PORTO COBO -VILA NOVA DE MIL FONTES – ZAMBUJEIRA - CARRAPATEIRA




... Eu ja encontrei o meu ponto fraco.


Carrapateira. 31 de diciembre de 2006.

La luz. Los campos abiertos sin tejados. Prados que podrían ser Italia. Las manos al volante y menos tos. El desayuno en Vila do Bispo fue suculento y portugués, se arremolinaron parejas en el salón donde ya no había niñas viendo televisión en la tarde noche sino una abuela sonriente y lozana. Madrugar es tan satisfactorio a veces, cuando hay sábanas blancas en la cama y sábanas blancas tendidas en el corral, y un coche también blanco que te espera manchado de humedad, y un pan blanco con queso y una jarra de café para ti sola encima de la mesa. Irte de un sitio. Querer volver al momento.

Carrapateira sorprende con su extensión de desierto y olas largas. Allí de nuevo el sol y las pequeñas piedras, todo el viaje por delante y ni rastro de lo vivido. Cuando los árboles marcan el camino y yo piso el freno o el acelerador y la tarde hace siesta en la autopista y Miguel duerme a mi lado durante quince minutos de ciento cincuenta kilómetros por hora, entonces eso es la paz y yo lo entiendo: una ciudad al frente, un acantilado atrás, los restos del sexo de ojos vendados y algo que funciona, que camina. Creer que eres feliz y que eso es inquebrantable, saber que eres feliz y que el futuro es un barco donde caben todas tus pertenencias. Luego, a lo mejor, volver a dudar, plantearse con repetición las triples letanías de lo cotidiano, lo que no es viaje.

miércoles, 21 de febrero de 2007


Sólo unas nubes lentas y no lo suficientemente grandes. El camino estaba despejado. En el maletero, el ruido de una botella de orujo chocando con un rioja y un rueda. Piensas por favor que no se rompan, que no se encharque de alcohol el coche. En El Escorial estaba puesto el rastro, he paseado por los tenderetes observando los precios caros de esta parte de la sierra. Me he parado en el de aceitunas. Un africano de los países lejanos y un argentino me han atendido mientras se daban pellizcos en las nalgas tras el mostrador. Han sido simpáticos y cuando el sol no se escondía, les brillaban las sonrisas. He comprado altramuces, cebollas blancas aliñadas, soja, lentejas pequeñas y judías negras. No sé si nacemos con esta nostalgia de querer ser de otro tiempo, de disfrutar como en una película de tus manos revolviendo el monedero, tocando las habichuelas pintas en los sacos.

Acostumbro a volver a casa cargada de bolsas. Luego se me tensan los músculos de la espalda y hago muecas extrañas al volante. Eran las dos de la tarde, pero el camino seguía despejado. Cada vez me dan menos miedo las señales de tráfico, las flechas. Despiste, dislexia, no sé, pero siempre pienso que voy a elegir la dirección equivocada, que en el último minuto cambiaré de sentido aunque ya haya encendido el intermitente hacia la izquierda. El camino es tan bello. En verano tendré que bajar las ventanillas para que entre aire, y el sonido chirriante de la correa de ventilación me atormentará los oídos. Pero todavía es invierno, y cambio el casete de la mujer griega que canta por una cinta de blues demasiado cascada. Hago ahora una reflexión propia de mí y me doy cuenta de que no tienen sentido los tiempos verbales que estoy utilizando, pero todo cuadra con la sensación atemporal de documental o videoclip que uso cuando conduzco sola. También me pasa cuando conduzco con Miguel a mi lado y quedan muchos kilómetros para llegar no sabemos dónde.

La carretera se estrecha y se curva al dejar Peralejo atrás. La Guardia Civil no me ha hecho ni caso, estaban multando a otro automóvil más veloz. Cambio de marcha con la suavidad del asfalto que se empina. Del cenicero sale un humo que huele a Camel quemado. No presto atención, ahora viene un tramo hermoso de piedras y árboles caídos. Veo las montañas al fondo, las montañas de mi casa, pétreas y combatiendo el paisaje, absolutas. Comienzan a adelantarme los audi, los bmv y un ford infinitamente más grande que el mío. Yo me tomo mi tiempo, estoy pensando en frases que podrían ser escritas, no sé qué hora es, no tengo prisa por llegar, las montañas se me acercan y las bendigo. El sol ha vuelto a brillar sobre el salpicadero, mi mejilla izquierda está caliente y me siento viva. Juego a olvidar los badenes de Zarzalejo Estación, juego a meter segunda cuando ya las ruedas han rozado el cemento alto. Y empiezo a subir, a dejar atrás a los muchachos con mochilas que se insultan de vuelta a casa. Gente vieja pasea por el borde de la carretera sin andén que se alza hasta mi casa, con sus curvas peligrosas y su belleza sin visibilidad. Una señora con falda plisada y zapatos de deporte camina con fuerza, luego otras dos. El sol brilla también en sus cabellos blancos. Me gusta la gente vieja que pasea. Mi abuelo el marinero paseaba por la carretera de pinos que llevaba hasta la playa más alejada del pueblo. Paseaba todas las tardes, hacía kilómetros y kilómetros con su paso rápido. A veces, algún viernes, cuando nosotros llegábamos al pueblo, nos lo encontrábamos de frente, con sus piernas delgadas y su barriga hinchada y respingona, andando por la carretera. Lo saludábamos, le pitábamos, le tirábamos besos. Pero nunca subía con nosotros al coche. Llegaba hasta el final, se daba la vuelta; creo que pensaba en los años del mar. Cuando vuelvo, alguna vez, creo que voy a encontrármelo, a las cinco en punto de la tarde, paseando por el borde de las marismas. Mi otro abuelo el marinero también paseaba, pero por la orilla de la playa, con las olas rompiéndole en los tobillos. Decía un, dos, papa y arroz, y se iba alejando mientras yo intentaba seguir su espalda recta y morena, sus hombros altos. Ahora dice que no puede pasear porque se hace pis todo el rato. Yo siempre le digo que no se queje, que está hecho un toro. Aunque se haga pis.

En la última curva, la más estrecha, donde mi pueblo montañoso de ahora me da la bienvenida, me hago un lío con la palanca de cambios. El autobús que viene del instituto se ha parado justo a la entrada, y mi coche se queda torpemente quieto a sus espaldas. Veo una mano diminuta que me dice pasa, inútil, pasa, y por fin lo adelanto. Elijo otro camino para llegar a casa, el que bordea la iglesia. No hay nadie por la calle, sólo un perro canela y espigado, que merodea siempre mi jardín, me saluda cuando llego a la pequeña verja. He aparcado perfectamente, hoy. Saco las cosas del maletero, el sol me toca la espalda. Las llaves funcionan con delicadeza, la casa por dentro está luminosa y quieta, con el desorden de la mañana como intacto. De pronto no sé qué hacer. Ya estoy aquí. Mi cabeza fluye a otra velocidad, más incompleta, con los pies en las baldosas. Miro alrededor, evito los espejos. Me sirvo un poco de vino blanco frío. No sé qué hacer. Son hermosos los caminos, la línea intermitente de las carreteras, el suave peso de la mente cuando uno viaja, cuando uno atraviesa las tierras y los montes. Una luz criminal entra en mi habitación, y yo la cubro con mis manos.

martes, 20 de febrero de 2007

viernes, 16 de febrero de 2007


VÍSPERA DE VIERNES

La luz de una vela y un gemido antes de la mañana.

Un gemido para cada grieta del aire cuando la luz traspasa firmamentos delgados como músculos del pie.

El pie sube, se agarra a la pared de piedra.

Hay señales.

Contrapuertas secretas para este mundo nuevo que habitamos.

Dijimos una vez: basta.

El pie tiembla; es la luz de las farolas de la niebla que preguntan por el día siguiente.

Siente la piel el fuego de la llama y no se retuerce al pensarlo.

Lo dijimos una vez: no importa el dolor.

Quiero que vengas antes que la noche, puedes aparecer desvencijado, hecho un cúmulo de malas intenciones.

Recogeré tus huesos uno a uno, caricias para un náufrago.

El pie tropieza, es carne fresca lo que ha encontrado.

Tiene un sentido doble tu presencia: la hora del amor y del ahorcado.

La cuerda un epicentro en la batalla, toque de queda y gritos, sabes que guardo el sexo en la garganta.

Tiempo de vivos.

Esas palabras tuyas, las de la isla, miramos tanto al mar que nos volvimos mudos de hacer calor, tiernos de espanto.

Yo sé que allí nos vimos, nos encontramos.

Ahora es otra cosa.

Todo en tu mano.

domingo, 11 de febrero de 2007


Se acaba el té nocturno y empiezan las reconstrucciones.
A veces me gustaría ver en blanco y negro, olvidarme de los matices.
No está de deseos la noche, y las protuberancias del mundo me asaltan por la espalda y por los ojos (tengo los auriculares puestos y no las oigo llegar, son invencibles; para escribir he de dejar los párpados subidos, son insistentes).
Hoy no nieva en mi parte de la cama, y dicen que al otro lado piensan los escalofríos por sí solos, pero yo no sé, Granada queda lejos a esta hora y será largo el nocturno, será obligado.
Olvidarme de los matices, de la proliferación de insustanciales sustancias.
He olvidado el nombre de ese local subterráneo donde ponían música en desorden y proyectaban en las paredes películas porno de los años sesenta.
He olvidado el sitio donde colocaba mi mejilla para oír los temblores de las ruedas que les salían a los caballos en las piernas, los caballos que se estrellaban contra mi ventana cerrada y atravesaban el tiempo descuidado de mi cuerpo.
He olvidado el humor repentino de las olas del Guadalquivir, tan mortecino.
He olvidado las palabras que dijiste antes de que la lanza te cruzara el pecho.
He olvidado las palabras que dijiste mientras sacabas la lanza de tu tórax.
He olvidado las palabras que dijiste cuando me clavaste esa punta afilada y roja a la altura de donde pensabas que yo llevaba puesto el corazón.
He olvidado que prometí abastecerte de dulzura.
He olvidado que hay un lugar para hacer conjuros: saltos de altura miniaturas rozaduras de la piel.
No he olvidado cosas pesadas como plomos de pesca, no he olvidado que en el entrecejo tengo un baúl lleno de nervios negros, no he olvidado los misterios.
Olvidar los matices.
Alquilarse un planeta y destruirlo.
Golpes de efecto de los sueños, verdaderas fronteras entre mi inútil mano izquierda y la derecha tan usada.
Silba un viento afilado como la lanza, recuerdo que tengo un hueco con tu nombre y suenan las espadas, me bato en duelo, te traigo dentro.

miércoles, 7 de febrero de 2007


Es difícil explicar

algunas cosas que uno

no se explica.

Estaría bien

darle al interruptor de apagar los interrogantes

clic

sentir el agua en la frente

lejos de todo bautizo

y las hojas secas de la estación pasada

pegadas a tu cuerpo

como una mano tibia

mojada

mano

que tibia.

("Recordati di me, che son la Pia."

La Divina Commedia)

(En Florencia estaba lloviendo, el puente, en verano, lleno de paraguas negros; escribí una postal sin preguntas, ahora recibo un invierno sin respuestas, es Madrid y el cielo se descompone en tiras de plástico dormido, yo acepto la palabra y el desafío.)



viernes, 2 de febrero de 2007





Durante unos días, alguien que sabe cosas que resultan exactas e infinitas, ha estado preparándonos té con canela y azúcar negro. Llamaba a la puerta de las habitaciones y traía unos pequeños vasos con un té espumoso y caliente. Esperaba a que lo bebieras, leía lo que Rebeca escribe en las paredes (todo lo que Rebeca escribe con una letra fugaz), posaba unas manos grandes en la mesa y te agradecía la hospitalidad como un regalo de los cielos oscuros.


Cenábamos despacio. Arroz, vino picado y pan de centeno untado en crema de hierbas aromáticas (preferíamos untar a fumar). Dexter Gordon una y otra vez en estos días. La bienvenida se convirtió en ritual. Luego estaban las conversaciones: los partos caseros, Lispector, lo que irradian los cuerpos concebidos, el espíritu pobre de algunos viajeros, el segundo de neón después de la luz del vientre, Saramago, lo irreal de la civilización cementérica y la música de la tierra. No hay preguntas. Es suficiente mirar, dicen. Hay presencias que, de tan reales, te hacen sentir fuera del mundo. Un roble ancho, una pantera que se desangra, las piedras grises que guardan el silencio de los montes. Y mi raza, tan imperfecta y ansiosa, con el desequilibrio informativo en cuerpo y alma, apenas rozando los pies en la arena, casi transparente, débil.


He aprendido algo. En Guinea-Bissau, en lo que de verdad es Guinea-Bissau, los caminos sólo están hechos para que pase una persona. La vegetación ha corrompido el hueco que dejaron los coloniales para sus vehículos. Hinchado de verde, el camino se alarga hasta el horizonte y sólo dos pies lo recorren. Si hay alguien más que viene de frente, entonces uno se aparta, espera y deja pasar, antes de volver a pisar la tierra.


Las casas han crecido, levantándose curiosas y fértiles desde sus raíces.


La horizontalidad.


Oli Da Silva se marchó ayer cuando el sol calentaba en el jardín. Bajó las piedras y cogió el tren de cercanías. La casa se quedó quieta durante la tarde, y nosotras nos escapamos por el surco de las montañas. A la vuelta, una luna terriblemente llena había invadido el puerco reinado de la era de la luz eléctrica.