miércoles, 4 de febrero de 2009
sábado, 31 de enero de 2009
domingo, 25 de enero de 2009
Como una ruina levantándose, ahogado el silbido del espacio, la aleta de un escualo o un colmillo, así barrunta el huracán tras estas puertas.
No hay resquicio por el que no grite el aire ni madrugada inocente o inofensiva.
Y ni siquiera el humo de la luz que se consume, la espalda quieta en este muro contra nada.
Ya no hay chicharras, ni pasos cuando la feria, y mañana el frío hará escarcha en los cristales, y yo haré balanza: con el recuerdo fresco de la sangre en el plato tras la carne, la ciudad se me aparece entre los sueños con los pasos quemados de los amigos, y a pesar de eso, hoy, la soledad hinchada de estas paredes, la noche larga, el teléfono, la vela quieta, el vicio, antropofagia de los secretos, y tecla a tecla: el desafío.
Cuando detrás de las horas vengan tus huesos a juntarse otra vez con todos los míos, y llueva sobre mojado en esta cama, y caiga la gota gorda, piel aunque piel, poro propósito, tarde y marisco, yo haré balanza: el viernes, día de la luna, diente y ombligo, que ningún viento arranque de cuajo esta ballena donde he vivido.
lunes, 12 de enero de 2009
Suceden cosas como si nada sucediera.
Quizá sea éste el entuerto, la maravilla. Tener sexo como si nada hubiéramos tenido, sólo el cuerpo que ahora duele. Subir al monte por el sendero y pisar el paraíso y a la vuelta, esos gatos gigantes y aquellos pájaros cercándonos entre las piedras ya no existen. Hombres de pelo largo y ojos pequeños, casi ninguno sonríe mientras enciende el fuego tras los cañaverales.
Desde esta terraza, el cielo brillando por primera vez, sólo se ven palmeras y mar apagándose de azul. Yo fumo con las manos frías y tú lees un libro de Mercier que subrayas con líneas gruesas. Frío también va quedándose el café porque el sol casi toca los dátiles. A la puerta, hablan otros idiomas desconocidos, y no hemos vuelto a ver a los rastafaris que viven en los autobuses del valle.
Estamos aquí como si no estuviéramos, el viento escarcha mis uñas y el bidé está cubierto de óxido y piedras de sal. Cuando la realidad interfiere en nuestras mañanas, necesito algo más de dos horas para reponerme. El tiempo justo de acercar el coche hasta la ladera, y en un silencio de guijarros emprender el camino al otro lado, atravesar la roca inmensa. Allí sentada, ahorcada en mis bufandas, ver cómo el Mediterráneo lame el vientre entre los países, y la tierra, seria y ajada, teñida de verde por las lluvias, adelanta sus tentáculos hacia el mar, mojándose las garras.
miércoles, 17 de diciembre de 2008
Quizá escribir a lo mejor. Tirar del hilo (clavo llevado a sus últimas consecuencias), poco a poco arrancar ese extremo fino y agudo de ahí (ese hincamiento) hasta por fin reventar (los borbotones) blop y nada peor que la indecisión (y nada).
Si estás te falta algo (algo importante y tuyo), si no estás lo interrogante es la inmensidad (los brazos pesan el cuerpo va a pesarte porque nunca más), la noche tiene mal aliento y el aire experimenta el rechazo porque el pensamiento truena (esa tortura).
Una tras otra las horas, a veces es difícil desenlazarse del círculo, lo que no es llena llena llena (el estómago ya hinchado) y recorrer luego, a la pata coja, la línea discontinua (con los agujeros negros de mi cerebro que podrán verse en las resonancias como hoyitos tétricos en un campo de golf conteniendo el absurdo). Pero la oscuridad de la siesta me dijo vete. Me dijo no va a salir bien me dijo huye que estás a tiempo.
Un temblor llegaba a doler (poco), un presentimiento como cuando la enfermedad te lleva a tu casa (persona débil con heridas que busca refugio).
Quisiera a lo mejor una fiebre, un sudor, delirar.
Sudar un espanto o la duda y así saber que no había más remedio que escapar, ese regreso.
miércoles, 10 de diciembre de 2008
domingo, 7 de diciembre de 2008
Estamos sucios, a veces doloridos.
La mercromina no nos sirve más.
No soy tu muñeco de cartón
ni siquiera tu muñeco de nieve soy.
Soy tu puente levadizo
soy tu morfina.
No miento para nada,
miento para ti.
No respiro sin sentido,
a veces no respiro.
Lobotomía, gatomanía,
crisis,
uno y otro día.
miércoles, 3 de diciembre de 2008
Éstos son los Pony Bravo.
Cuando voy en coche por carreteras secundarias, los pongo a todo volumen y soy feliz.
Vienen a Madrid:
VIERNES 5 (pasado mañana)
SALA ART BRUT, calle Alberto Aguilera, 5
(Metro San Bernardo)
21.00 h.
El vídeo está grabado en Caracas, este verano, y es de David Pareja.
Vamos a movernos, ¿no?
domingo, 30 de noviembre de 2008
De qué me sirve, acaso de qué te sirve, que el corazón se me encogiese como si doliera, o acaso me doliera como si encogiese. En la pantalla plana veo el rostro de una niña negra como el tizón labios de acero, el gallo blanco cacarea alrededor, sus plumas cuando se manchen serán de oro, y con los ojos amarillos de la selva, ella aguantará el ritual de purificación que demuestre ante sus familiares
cabra que muere por tu lanza
que sus manos descuartizaron cuerpos sin culpabilidad.
Y sin embargo, las tripas de la cabra son blancas y no siempre desvelan el horror, niña con manos de costurera, niña machete revolucionaria. De qué me sirve, de qué, mis dedos se enredan en mi cabeza cuando veo pantalla plana encuadre apaisado cómo alguien ceño fruncido lava tu pelo rizado con guantes de látex, aguja esterilizada en medio de la úlcera que asola el pie, tu oreja es tan perfecta, tu cráneo chico, te capturaron de noche los rebeldes como si tú fueras un soldado, uno descalzo y sonriente, la rebeldía hiere a la selva, y quizá vuelvan.
No tienes nariz, no tienes labios.
Dos agujeros se te abren por la cara como fosas, por los que respiras.
Yo no puedo menos que avergonzarme por mi dolor.
Corre en la noche, Kilama, fuera de tu poblado. Ve y busca tus brazos otra vez.
Los míos son demasiado largos, y para qué.
jueves, 27 de noviembre de 2008
Extracto de "Del orden de las cosas", del libro Luz de día, 1963, de Blanca Varela:
Y ya con esto hemos avanzado algo. Hemos aprendido a perder conservando una postura sólida y creemos en la eficacia de una desesperación permanente.
Recomencemos: estamos acostados bocarriba (en realidad la posición perfecta para crear es la de un ahogado semienterrado en la arena). Llamemos cielo a la nada, esa nada que ya hemos conseguido situar. Pongamos allí la primera mancha. Contemplémosla fijamente. Un pestañeo puede ser fatal. Éste es un acto intencional y directo, no cabe la duda. Si logramos hacer girar la mancha convirtiéndola en un punto móvil el contacto estará hecho. Repetimos: desesperación, asunción del fracaso y fe. Este último elemento es nuevo y definitivo.
Llaman a la puerta. No importa. No perdamos las esperanzas. Es cierto que se borró el primer grumo, se apagó la luz de arriba. Pero se debe contestar, desesperadamente, conservando la posición correcta (bocarriba, etc.) y llenos de fe: ¿quién es?
Con seguridad el intruso se habrá marchado sin esperar nuestra voz. Así es siempre. No nos queda sino volver a empezar en el orden señalado.
viernes, 21 de noviembre de 2008
en la revista literaria
LOS NOVELES.
Mi columna se llama La Menuda,
es un personaje de un cuento con el mismo nombre, al que he lanzado a la realidad virtual.
Gracias a Salvador Luis por el entusiasmo y el buen hacer,
y felicidades a él y al resto de colaboradores.
Larga vida...
viernes, 14 de noviembre de 2008
con sus cuerpos
entera la cubrieron
ya nada podía verse
un solo pétalo
carnecita lechosa
nada.
Cubrieron la magnolia por si acaso
cuando ellos estuvieran asfixiados
azules como tu jersey nuevo
por si acaso
para cuando todo terminara y no les quedara
ni migaja
de la energía, de la práctica, del consuelo
sólo la mentira
compañera ya
puta maternal
para entonces
tendrían una magnolia
excusa en flor
algo vivo y frío
que ofrecer en sacrificio por sus vidas.
viernes, 7 de noviembre de 2008
El polvo levantado en mi casa en los últimos tiempos lo han removido estos dos nuevos habitantes.
Por ahora se portan bien, están calladitos.
Aquí os los presento.
Y en general, ambos, en cualquier sitio, si se les pide al librero en cuestión (se supone).
miércoles, 5 de noviembre de 2008
Es como si la habitación estuviera llena de polvo, los muebles completamente amarillos por la luz opaca de la tarde que entra y me deslumbra y así nada es posible.
¿No ocurre a veces que uno se vuelve estéril cuando tiene tantas cosas que contar?
Y dijo Onetti Dejemos hablar al viento, y el viento suena hoy.
Yo te espero detrás del portazo.
martes, 28 de octubre de 2008
martes, 14 de octubre de 2008

El viernes, a las 20:00, presentamos Aquí y ahora en la librería Arrebato
Calle La Palma, 21, metro Tribunal
Habrá un recital:
David J. Calzado, Roberto Terán, Bárbara Cumpián
Elena Medel y Carmen Moreno
¿Os venís?
domingo, 12 de octubre de 2008
Yo no sabía quién era Pablo Gallo (A Coruña, 1975) hasta que me invitó a participar en un libro.
Las condiciones eran suculentas: tenía que escribir un microrrelato inspirándome en esa imagen de ahí arriba, una de sus ilustraciones eróticas circulares.
Además, él haría un retrato a partir de una foto mía.
Las 62 ilustraciones a plumilla del libro están combinadas con los textos de 62 autores que han escrito sobre ellas, y cada uno tiene su retrato.
El resultado aún no podemos verlo: El Libro del voyeur no tiene editorial que lo publique... todavía. Yo creo que es un libro perfecto para un año de crisis: no durará mucho en tierra de nadie; al parecer ya hay editores estudiando la posibilidad.
Agradezco a Pablo el ofrecimiento y sobre todo la iniciativa. Es un proyecto muy personal que ha ido llevando a cabo de forma muy particular.
Parece que hablan de él por todas partes.
Aquí dejo un vídeo con sus ilustraciones: la música es exquisita. Requiere un buen vino.
sábado, 4 de octubre de 2008
Os juro que la mesa se inclina hacia atrás, quizá el mundo entero caiga en pendiente a esta hora que ya parece inútil.
Hoy imaginé una noche solitaria de caballerías y grilletes, y al final, torpe remedo, el cansancio llega a esta silla azul llena de cojines aplastados.
Afuera un frío de otoño que no nos merecemos no me permitirá pasear al perro en alquiler, o la pereza, a lo mejor.
Tengo un ejército de ratones de campo que levantan la tierra cada madrugada al otro lado de la casa.
E imagino allá abajo ciertos bares. El Toni2, por ejemplo, de quién se poblará ahora mismo, el cigarro quema y si yo por qué no estuviera allí, con unas botas altas y agarrada a esa barra de cuero acolchado, un vodkacontónica, un vodkacontónica, un.
Me llegan noticias de una chimenea que chisporrotea como un reloj.
De una cama con una luz azul como la silla pero sábanas blancas y estiradas, estarás durmiendo boca arriba con la pestañas como barcos atracados en tu cara.
Me llegan noticias de una chimenea que chisporrotea como un reloj.
Quizá el libro de Philip Larkin se haya deslizado de tus manos a la colcha. Seguro que hace rato ya de eso.
El Toni2 estará lleno de personas que nunca jamás querrán volver a sus casas. Si yo estuviera allí vería entrar por la puerta a ese amigo mío que se va mañana a Buenos Aires. Se perdería por los reservados del fondo sin que yo atinara a apresarle la camisa entre los dedos, el vodkacontónica no ha llegado aún, mi amigo no ha llegado aún, afuera hace un frío que no nos merecemos.
Yo antes tenía una libélula azul que llevaba colgada a la altura casi del ombligo. Era de un metal caliente y aunque ya hace años que la dejé olvidada en un probador de unos grandes almacenes, todavía recuerdo su tacto en la palma de las manos, los dedos enredados en las alas extendidas, firmes y suaves.
Hoy intenté escribir un poema que empezaba diciendo Demonizados, por los años que nos caen encima, ya no somos carne de cañón.
Pero salí a almorzar al sol, sobre la mesa de madera, muy abrigada, y luego abandoné el bolígrafo rojo con el que garabateaba.
Que por qué la noche me parece inútil es una pregunta fácil que no pienso hacerme. Si acaso contestarme: algo menos de dolor en los codos y en los tendones de las manos, horas también menos y ningún bostezo: ingredientes no saludables de mi soledad: alguien que recuperara mi cuerpo: el libro de Philip Larkin regresando a tus manos, la cama sin deshacer, el camino hacia atrás de tus pasos por las calles de la ciudad, sin introducirte en la ranura del metropolitano, recuerda que yo puedo estar en ese bar con la rodilla flexionada, a la hora de mi vodka tus palabras, imagínate si pudiéramos emborracharnos juntos, una bofetada de personas desconocidas, cuando nada duele, el asfalto devorando nuestra plenitud: si no te hubieras ido: si no hubieras llegado.
Cuando todos los aviones aterricen en El Cairo.
Cuando el fuego de las chimeneas sirva para contar los minutos.
Cuando vuelva a escribir.
Cuando otra vez muera entre tus brazos.
Si cuando mañana regreses aún no he despertado, tápame la boca suavemente, no me dejes respirar: que cuando abra los ojos el mundo esté acabado y podamos empezarlo de nuevo.
domingo, 28 de septiembre de 2008
jueves, 25 de septiembre de 2008
otoño.
1. m. Estación del año que, astronómicamente, comienza en el equinoccio del mismo nombre y termina en el solsticio de invierno.
2. m. Época templada del año, que en el hemisferio boreal corresponde a los meses de septiembre, octubre y noviembre, y en el austral a la primavera del hemisferio boreal.
3. m. Segunda hierba o heno que producen los prados en la estación del otoño.
La invitada, Simone de Beauvoir
En la techumbre de mi mente se forman gruesas y densas sensaciones. Como el agua cae el día: el bosque, Elvedon, Susan y la paloma.
Las olas, Virginia Woolf
No es éste el lazo
ni tú eres hoy la presa pequeña.
Ese puerto existe, Blanca Varela
martes, 9 de septiembre de 2008
Me zumba el oído. Dicen que lo tengo obstruido con tanto recuerdo vano. La noche acaba porque comienza y se escucha el ruido de unos tambores de hojalata desorbitados por el viento. How Low.
Matemos los minutos uno por uno, tú agarra de un extremo y llévate a tu lado la porquería, imagínate que somos las víctimas malolientes de la peor enfermedad venérea del mundo, contraída con los ojos cerrados demolidos y abatidos y como todo es mentira reconozcámoslo: lo pasamos bien. Ah, lo pasamos tan bien. Down The Line.
En el vaso las burbujas nacen, la mosca ha despertado otra vez de su letargo, quizá acaba de nacer, quizá no muera hoy. Hay una mesa de llena de objetos de sutura frente a mí: fluorescentes, rotuladores rojos, un lápiz romo, un mechero. Y la puta mosca. El teléfono no volverá a sonar nunca más a las tres de la mañana, prométemelo, te lo prometo, y si soy yo quien te llamo, no, no serás tú, en el cenote donde nos hemos exiliado no hay teléfonos, ni telegramas, ni webcam, nadie nos ve, nadie te ve, dónde estás, todo es oscuro, no te veo, no me ves, no importa, te prometo que soy yo, no eres tú, la negrura me lo dice, es cierto, no soy yo. Da igual. Killing For Love.
Todos hemos tenido un París de 1928 donde el dinero era algo delicioso y gratuito que nos permitía perder el tiempo exclusiva, feroz e insistentemente, aunque no existiera. Todos tuvimos una calle infinita donde nuestro cuerpo estirado en la acera encendía por completo la luz roja de las farolas. Donde aprender era morir, y equivocarse la reencarnación. Varios amigos que constituían la única honestidad posible y la mano negra de la banca mundial, disponibilidad a cero grados, dedos hirvientes removiendo el alimento, sangre de frontera y hogar. La última mesa del último bar el último mármol donde se calientan nuestras copas a la última hora del único año: última persona en el mundo con la última compañía; y la eternidad, un ultimátum. No me digan que no. Nadie lo niegue. Todos hemos tenido eso, aunque sea por un solo segundo, y de cada uno depende que dure un siglo, una amenaza, diez minutos. Que vuelva trimestralmente. Que el amor, incluso, sea así. O que nunca sea. Unas pupilas dilatadas de embriaguez y afuera, lejos, el crack del
Posiblemente sea de noche, y al fondo, antes, sonaban tambores de hojalata. He cruzado un puente sobre las vías de un tren, he enjabonado un cuerpo hasta los gritos, he planeado una turbia borrachera. Al parecer, trabajé todo el día y cené frijoles. También recolecté ciruelas subida en un muro. Nos iremos a vivir a una isla después de cabalgar por Centroeuropa, y en la antigua Tierra del Fuego quemaremos nuestros vestidos, los medicamentos de nuestros padres, el hambre que nunca pasamos: el Pacífico Sur criará a nuestros hijos y yo haré fotografías de cada arruga nueva que le salga al firmamento, tus ojos firmemente aposentados en los míos.
No te veo, parece que duermes, no me ves, no importa, ahora no.
La verdad, se está tan bien aquí.
Teardrop.
sábado, 6 de septiembre de 2008
martes, 2 de septiembre de 2008
jueves, 28 de agosto de 2008
Alga y herrumbre, tierra contaminada por el olor de un cuerpo desaparecido,
toda la ausencia que trae el aire enfebrecido, puerca materia.
Sólo el batir de una gaviota en celo, y ni siquiera.
No se oye más que la tumba antigua de las mareas,
y pica el cielo de tan ancho, y no hay remedio bajo el sol,
y sin embargo.
Correría ahora, ojos cerrados, agua cayéndome por el labio,
correría ahora, y que mis piernas, huesos mutantes y ajados,
te atravesaran,
yo que te voy necesitando.
Alga remota. Verde pellejo que acercan las olas,
promesa de limpia putrefacción.
Aquí abriría de par en par toda la sangre, musgo que hierve,
tan escondido en el corazón.
Madre medusa. Tiembla el veneno bajo el calor y me alcanza el cuerpo,
quiero tu miedo, tu lengua rota y tu rebelión.
Tierna alburraca. Roza mis manos y en este estío dame lo eléctrico, la juventud.
Allá a lo lejos, a lo imposible, vive una tribu donde estás tú.
Soy una ausencia, un rostro sólo para crear, murmullo cósmico.
Y sin embargo.
El Rompido, principios de agosto 2008
lunes, 25 de agosto de 2008
Que no baste con creerse los rumores: dicen por ahí que he regresado de Huelva (llanura de arena y pinos). Lo dice la puerta abierta de mi casa, pero no puede ser. Mis manos huelen a sardinas asadas, a la piel de mis abuelas, a la playa cuando se acaba la marea, a un volante hirviendo que me recorre la costa, llamadas desde Suiza, los amigos, las familias, la música, la nada: el verano. El limonero está inmenso, tiene flores blancas a los pies. Dama de noche.
Un paisaje mortal en mi retina: el puente que entra en Isla Cristina, a la derecha, barcos, barcos, barcos. Barcos de pesca dormidos en el muelle, agua con plata.
Verano horizontal, de nervio y de caminos.
Ahora otra vida.
Otra vez los libros.
Ciudad que emerge bajo estos montes.
Literatura.
Abran las páginas: que queden algas en las comisuras.
viernes, 1 de agosto de 2008
Las ciruelas aún están verdes y las fresas han muerto. Las reses escondidas en los montes y nadie pasta esta hierba seca del verano. Estoy leyendo cosas emocionantes, a pesar del cansancio. Me siguen pesando: la familia, las horas en el tren, el letargo de la noche donde se pierden las estrellas. Me sigue pesando el mundo adormecido (por no quebrarlo, por no acabarlo), pero tu distancia es un faro, y extraño, pero cierto, relativiza los días y las madrugadas.
Observo el movimiento de las abejas y demás maquinarias infinitas: son helicópteros perfectos, se mantienen zumbando en posición, durante segundos, hasta que salen disparadas. Blanca Varela decía que Dios es un pingüino y el hombre es un pingüino y yo ya me he olvidado de esos no mamíferos brillantes.
Anaïs y su delirio de éxtasis en perpetuo análisis. Tener eso y abandonarlo (no fue nadie, es la vida, que no aguanta la lujuria).
Pasarán años hasta constatar que no se quiere vivir aprisionado en el dolor.
E imagino que el dolor que tú podrías provocarme sería un ruido de tambor seco viniendo desde la lejanía, la señal de humo indígena que constata que todo es susceptible de acabarse.
Dormir sola y leer, triturar zanahorias, el cine mudo que es uno mismo cotidiano, encontrar un lugar para el lápiz que subraya ese libro viejo. Levantar la cabeza y ahí, al fondo de este cielo, un gigante de piedra que me espera, con hierba y lo futuro.
Desde aquí veo una nube que es un soplo desteñido.
Toco mis globos oculares y los noto excesivamente duros: puedo empezar a preguntarme por todo el rosario de misterios oscuros que me llevarán al sufrimiento: qué imbéciles los cuerpos con su reloj degenerativo.
Otro reloj convicto ruge mis días ahora, fuera del azote y la perversión. Faulkner Santuario, Puig Boquitas pintadas, Woolf Las olas, La invitada de Beauvoir. La casa levantada y recogida, poblándose de arañas al menor descuido.
Oh, mierda, un avión sesgó la nube soplo desvaído. La partió en dos.
Bebo agua de mi vaso, donde en la superficie han quedado atrapados unos minúsculos insectos que no saben qué hacer con tanta densidad. También los trago. A lo mejor se convierten a la noche en luciérnagas estomacales, que alumbren la salida de los nervios, de lo que está muerto.
Todavía no tengo que sacudir la cabeza para apartar el miedo o la náusea y querría estar allí sólo a la hora de lo negro para darte de dormir y acariciarte el pulso, tu cabeza chocando poco a poco con la mía y entonces un sueño profundo para abajo como antiguos como nadie.
No tuve que espantarte, recojo tu recuerdo y así sí: lo es todo la memoria.
Cuando llamaste tu voz sonaba más cruda, más estirada, y era.
Ahora es distinto.
1 de agosto viento fuerte.
Carretera hacia el mar.
Te espero abajo, reino de las medusas y madre alga.
El drama es una posibilidad para la vida pero abre tu boca, hoy intuyo que todavía existe mi verano. Y ni siquiera el invierno podrá con este océano.
miércoles, 23 de julio de 2008
Vendrá de la manera más descalza, rompiéndome una puerta, una rotura, un desgajo.
Vendrá cuando no haya más remedio.
Ayer un vodka tónica en la tarde nos dio la solución: vivir como los monjes, pasar de la tormenta a los silencios. Disimulemos entre libros. Al fuego las oraciones.
Lo demás, un ritmo intenso de porquería. Pero es verano.
Aquí, la soledad del devastado: mis abejorros peludos y fríos, zumbando la lavanda, los monstruos arácnidos a los que he asesinado, con rayas en las patas, la tierra que se moja si la mojo.
Duermo en los trenes, mi libreta marrón yace postrada al fondo de un sinfín de cacharros en la bolsa.
Ahora miro la noche (no me di cuenta) y veo las mismas letras de ese cartel, no importa lo que digan: si dicen no aparcar, por ejemplo, si dicen no te quiero, si dicen algo urgente o algo pérfido, ya me da igual.
Es verano y ausencias y una calma rara corre por los días.
Vendrá de un huracán, molida carne, todo letras y vino, y qué alegría.
domingo, 13 de julio de 2008
Yo leo sus palabras a estas horas últimas.
El domingo cae. No sé si era rápido o era pronto y así poco.
Termómetros a cero.
¿Qué son dos días cuando a veces un dolor y temblando a construir y recogiendo los tallos de las flores muertas? En dos días, esta vez, no me dio tiempo a subir a la montaña, y ni siquiera Nin o acaso qué somos ahora, sino vidas tullidas de verano.
Si sólo un poco de sol nos hace falta para huir de la templanza.
Cuando quieres que el tiempo pase y no quieres que el tiempo pase y tanto lo uno como lo otro es un punto agónico de latido.
Habrá una lejanía y yo encontraré de cerca lo que soy.
Vayamos a por otro anochecer, caigámonos del mundo.
jueves, 10 de julio de 2008
«Vivir con exceso ahoga la imaginación.
No viviremos, solamente escribiremos y hablaremos para hendir las velas.
He visto el romanticismo sobrevivir al realismo. He visto a los hombres olvidar a las mujeres hermosas que han poseído.
Hugo nunca se curará de mí.
Henry no podrá volver a amar después de amar a June.»
Marzo de 1932.
Diario de Anaïs Nin.
Henry y June
Las páginas están ajadas, ocres.
Crecimiento cero, dijo la radio esta mañana.
Niños arrojados por la borda, dijo también.
Vivir con exceso ahoga la imaginación, leí, y tuve una duda.
Se escucha el aceite en el fuego y un canto árabe que viene desde lo que ya es oscuro.
He visto el romanticismo sobrevivir al realismo, leí, y tuve una duda.
Menos mal que Henry Miller no fue, finalmente, el último hombre sobre
Ni Anaïs, la última mujer sentada en un sillón vencido, mirándote de frente.
domingo, 6 de julio de 2008
Dice Saša Stanišić: porque saberse algo de memoria es a menudo la cosa más triste del mundo.
En deshonor a los soldados de su libro, ayer monté en un vagón de tren que iba a Vitoria junto a dos legionarios.
En honor a su río Drina, ahora mismo observo un pantano gigante donde una pequeña figurita vestida con camiseta blanca, en la orilla, con el agua a media pierna, extiende el cuerpo en un quiebro y lanza el anzuelo lejos, casi a la altura de los postes de la luz hundidos.
Aunque voy en un autobús por la carretera y tengo los auriculares puestos oyendo a Alela Diane, puedo escuchar perfectamente el taca taca taca del carrete de la caña de pescar. ¿Dónde estarán todas aquellas cañas que había en el cuarto del patio, con su olor a aceite? Yo tenía una roja y moderna. Recuerdo el tacto del sedal.
Uno de los legionarios de ayer estaba hablando por teléfono con su sargento, informándole de los cambios del día. Utilizaba un tono amable, reposado, de fuerza y honestidad, raro. Como cuando te obligan a respetar a alguien a quien admiras. En un momento de la conversación, dijo: “Con usted tengo más feeling, por eso quería comentarle lo de los billetes de tren”. Un legionario pronunciando feeling me hizo suponer que nada permanece en este mundo.
Al despedirse, de forma aprendida e ineludible, cuando la cobertura del móvil no daba para más, el legionario dijo, alto y claro: “¿Se ordena algo, mi sargento?”, lo que me hizo suponer que nada tiembla en este mundo de arraigos.
Dice Alfred Polgar que “el corazón tiene forma de corazón”. También dice que, contrariamente a lo que pueda parecer, alcanza su sublimidad cuando sólo sirve para el latido siguiente, cuando ya no puede ser utilizado para ninguna metáfora o complejidad sentimental. Yo creo que tiene razón y lo he visto con mis propios ojos: cuando ya sólo hay un corazón que late, cuando sólo hay corazón, cuando alcanzas, como por una magia, a recoger ese último pulso en la muñeca, el último recorrido, arrebatador e inmenso.
Cuando el soldado terminó de hablar (el sargento no se ordenaba nada en particular), cogió de la rejilla su mochila del ejército y rebuscó con determinación: sacó un desodorante en spray y, levantándose su blanca e impoluta camiseta de cuello de pico, roció con él toda su musculatura, muy serio.
Mi abuelo siempre olía bien, a hombre caballero y de espalda recta expendedor de piropos y maldiciones. La distancia que va de proa a popa es la misma que va desde “querida, s’entraña mía” a “me cago en la hostia puta que te parió”, por ejemplo (con ese intermedio tan saludable: mirarse y remirarse con dieciséis años, antes de salir, en el espejo de la entrada de su casa de Isla Cristina, observar que el vestido nuevo se ajusta a la curva lo suficiente, con todas las dudas, y él, desde su mesa, pelando unos melocotones enormes, te dice: “estás de puta madre p’arriba”. Para salir a la calle pisando fuerte).
Pero tan buen olor, a perfume, a pasta de dientes, al sudor limpio de las horas de playa y luz, a ese narcótico de la infancia que era el olor a peces todavía vivos, boqueantes, al aceite dorado de los utensilios de pesca, al gasóleo marinado de los motores, a la sal hinchada.
Te recuerdo cada día, con intensidad variable en la marejada alta de llorar, a golpe de foreño, y siempre con fondo de felicidad, viento de levante favorable, esa quietud caliente de los pies enterrados en la arena, el mar chupando conchas, viendo llegar tu barco.
Capitán.