martes, 8 de junio de 2010

BRASIL, número cinco


14 de mayo de 2010, centro de Río de Janeiro.

Junto al promontorio de tierra que separa Ipanema de Copacabana, las olas rompen fuertemente y se abren al cielo formando altos túneles para los surfistas más experimentados. Nos sentamos en la piedra, con los pies colgando, a verlos cabalgar. ¿Este océano nunca para? Ayer hizo un día de sol. Caminamos por la orilla de Copacabana dejando atrás los puestos de sillas de plástico donde ofrecen bebidas por 3 o 4 reales. Gente de ojos oscuros arrastra carros o bicicletas con cajas de corcho, vendiendo comida junto a la pequeña lonja de pescado que ya están limpiando para cerrar. Copacabana es una bahía ancha y popular. Deslizo mis pies descalzos por la arena brillante y la espuma me moja lo tobillos. Copacabana es una bahía larga jalonada por altos edificios blancos. Una ola me cubre a traición y empapa mis pantalones de tela hasta las ingles. Decidimos ponerlos a secar en una terraza junto a la carretera, donde nos tomamos una caipirinha para abrir el apetito. Hay poca gente, pero el murmullo es sensible al movimiento. Nos intentan vender de nuevo gafas para la presbicia, pareos con la bandera de Brasil y cucuruchos de papel llenos de maní. No puedo, soy alérgica. A todo. Pasamos el día entre las calles del barrio, más histriónico que Ipanema, más alborotado que el elitista Leblon. Subimos al Pan de Azúcar. Tengo vértigo a veces. Cuando el sol nos deja, escondiéndose tras el Corcovado, regresamos a casa.

No llamamos a nuestros nuevos amigos, no huimos en la noche hacia Lapa, a ver música en directo, ni siquiera nos emborrachamos mucho. Escogemos pasar la última noche cerca de casa, visitamos otra librería, Argumento, donde uno de los dependientes abre discos plastificados para que yo pueda oírlos antes de comprarlos. Otro, encargado de los libros, intenta recomendarme literatura brasileña pero creo que no tenemos los mismos gustos y desisto. Acabo llevándome un clásico de Machado de Assis. La cultura está muy cara en este país.

Cerca de la medianoche, nuestra cama alta y blanca nos recibe con indolencia, cansada de nuestros juegos y de mis malos sueños.

Esta mañana hemos dormido hasta las nueve y media, algo inusual, un regalo del último día. Hemos dejado todo recogido para meterlo en nuestro autobús nocturno, y hemos subido al Centro en un bus de línea, con el aire acondicionado puesto, supongo, a 12º, como viene siendo normal en la ciudad. Mi garganta empieza a resentirse.

El Centro es otra cosa, es lo que faltaba. Adoro las islas, las carreteras secundarias, los desiertos y los centros de las ciudades. De pronto ha sido como si acabásemos de aterrizar en el país. El contraste es fuerte, con ese punto de locura de las ciudades mágicas. Altos edificios acristalados, montañas de hormigón de geometría dispar se mezclan con la piedra ancianísima y lo señorial y colorido de las casas coloniales. Ejecutivos, trabajadores, paseantes, mendigos, niños de torso negro y desnudo que te acarician el brazo o te ofrecen un servicio de limpiabotas, ningún turista. A la sombra de algunos árboles y de algunas sombrillas, cuando se nubla el cielo, corre un aire de tormenta que me estremece y cuando el sol cae me hierve el cráneo. No hay término medio. Nos hemos propuesto almorzar por muy pocos reales y creo que nos acercaremos a un bar gris, de mercado, donde te ponen 100 gramos por 1,25 reales.



Miguel, ahora mismo, escribe delante de mí después de mucho tiempo. Levanta la cabeza y se queja porque tacha muchas frases. No sé ya cómo decirle que nada importa.


Estoy en la Biblioteca Nacional. He tenido que inventar un cuento acerca de que investigo la historia de la literatura de Brasil para que me dejen entrar, hoy no era día de visitas. ¿Es posible que no visite estos lugares en mi país y aquí lo haga? No sé por qué me ha dado esta inquietud en este viaje. Apenas he leído cuatro páginas de un libro de João Gilberto Noll, Rastros do verão, a cuatro ojos con Miguel (siempre más fácil), y como he conseguido entender algo (bastante más que en cualquier otro idioma que no sea el mío), decido lanzarme a las librerías y llevarme una mínima porción de literatura brasileira en portugués. En unos puestos de saldo que había junto al mercado (creemos que perdiéndonos dentro de él es lo más cerca que hemos estado de Brasil desde que llegamos hace diez días, eso y una tortuga gigante nadando junto a mi barco), he encontrado por fin el libro de Jorge Amado que buscaba, Capitães de areia. En las librerías lo vendían en bolsillo a 25, 26 reales, aquí he encontrado una edición antiquísima por 5. ¿Por qué me lo llevo, qué sé de él? Apenas nada. Que fue publicado en 1927, que es la historia de dos niños. Un Oliver Twist de Bahía. Ni siquiera de eso estoy segura.

Estoy esperando a que me traigan el libro que he pedido. Estoy sentada en una silla vieja, de plástico azul, frente a una columna inmensa. Mi mesa es un pupitre de madera de hace un siglo. Tengo una placa que dice así: «Sua mesa é a 2. Na saida, entregue este cartão e os livros no balcão. Obrigado». Por fin me traen el libro, Os modernos, de Humberto Bastos. ¿Por qué este entre miles? Porque me gustó su nombre cuando pasaba las innumerables fichas del cajetín de madera 786, LIT BRA. Es mucho menos antiguo de lo que simula. Publicado en 1967, parece del siglo XVIII, por su amarillo y por su olor, que me hace estornudar. Habla de los revolucionarios literarios de la primera mitad del siglo XX. Allá voy. Afuera, suenan sirenas intrigantes. A mi lado, una señora pájaro teñido lee El poder de la Cábala y apunta signos extraños. Ya se ha hecho de noche. Queda poco para que esto acabe.



jueves, 3 de junio de 2010

BRASIL, número cuatro

13 de mayo de 2010, playa de Ipanema

No es lo mismo la playa de Ipanema al sol que la playa de Ipanema a la nube.

Antes de salir de casa, nos avisaron de que no pasáramos por la zona del metro General Ossório porque había una redada de traficantes. Se siembra fácil el escándalo en esta ciudad. Hemos cogido un autobús desde Leblon a Ipanema y no vimos nada extraño. Quién sabe.

No es lo mismo Río de Janeiro a la nube que Río de Janeiro al sol. Ipanema es una playa urbana que yo imaginaba mucho más salvaje, mucho más de los años cincuenta, más parecida a los desolados paseos marítimos de algunas playas del sur de Portugal. Su arena, sin embargo, es de azúcar, es cierto. Hoy está salpicada de gente y cada minuto viene alguien a ofrecerte algo: un tatuaje falso, un vestido de color chillón, agua, cocacola, limonada fresca o gafas para la presbicia. De las olas estruendo, dentro de las que se podría construir un edificio, salen a veces puntos negros que cuando están cerca se convierten en esculturas humanas que nadan contracorriente.



Anoche cenamos pizza en casa de Leandro Müller, en el barrio de Leme. Mientras nosotros charlábamos con Leandro (un escritor brasileño de dos metros de alto, rubio y de ojos azules, que habla cinco idiomas), su chica y sus amigos miraban el partido del Flamengo contra la Universidad de Chile. Perdieron los Flamengos, hubo gritos y maldiciones. Estar allí con ellos era como estar rodeados de amigos en cualquier piso destartalado de Madrid. Pero Leme está en Río de Janeiro. Así que estar allí con ellos era como estar en el barrio de Leme rodeados de amigos. Leandro también conoce a Felisberto Hernández y a Juan Filloy. Y a Roberto Arlt. A él lo encontramos en la librería Travessa, uno de los paraísos de Río. Entre las estanterías repletas de libros (más biblioteca que librería) nos invitó a su casa y nos recomendó al poeta Drummond, del que he comprado una antología. Espero entender algún poema.

La arena de Ipanema, cuando se me queda pegada al torso, es realmente azúcar. Trasparente. La chuparía para deshacerla con mi saliva.

Es una injusticia irse mañana de Río en un autobús nocturno hacia São Paulo. Volver a España, con toda su cuadrícula vital que en realidad es un triángulo o un hexágono. Sopla el viento en Ipanema. Ayer cayeron tantos chaparrones (sin violencia, en horizontal, como ríos) que subió tristemente mi nivel interno de desasosiego. No es nostálgica la lluvia de Brasil pero no soportaría ahora un otoño de nuevo. Las sandalias de goma, mojadas, los pies mojados, los hombros. Una humedad infeliz. La contra-amenaza. Por muy lejos que uno se vaya no. Pero tan, tan lejos, es cierto que. Miguel me pide que le escriba una palabra en la espalda con mi pilot rojo. La tinta es rosácea sobre su piel. Si un rato más nos quedáramos aquí. Hasta que se nos desgastara el conocimiento. Me dice frases bonitas, yo las recibo cálidamente al sol. Me dice: no hay prisa; y yo sigo escribiendo.

Dicen que esta tarde lloverá de nuevo, pero el cielo es de un celeste caribeño. Está bien, no me importa. Los coches frenan con agresividad y el viento sigue soplando desde el mar.

martes, 1 de junio de 2010

Brasil, número tres

Río de Janeiro, 12 de mayo de 2010

En realidad no es invierno, es otoño. Pero cuando regresemos a Madrid será primavera, ya gorda. Y por momentos es completamente verano (llevo bikini bajo la ropa y calzo chanclas de goma), y a veces, como es natural, quedan las avenidas de Río de Janeiro inundadas de charcos otoñales.

Solo llevamos aquí dos días y la isla ya es un pasado reciente y añorado, de esos que te pillan por sorpresa cuando los recuerdas y te llenan de asombro.


La última noche en la isla fue jolgoriosa. La última tarde en la isla fue la última tarde en la isla. La cercanía del mar y del embarcadero con nuestra terraza de madera era tanta, que la intimidad que te proporcionaba la habitación era una intimidad consciente. Tras las cortinas blancas echadas, pero con la puerta y las ventanas abiertas y sintiendo las voces de la gente en el paseo y sobre todo la constancia de las olas, eras consciente de tu desnudez, de tu ducha, de tu cama y de tu sueño. Eras consciente de las tardes en la isla mientras tú, ahí, en tu puesto de vigía, decidías pasar las horas en tiempo plácido.


Todo ocurre muy rápido o, mejor, ya se me echa encima el momento del regreso. Es mal contrato. Hay mucho por hacer aquí, mucho por limpiar (no aquí, en mí). Ha pasado volando. Está pasando volando. Pasará. Pero no aún.

La última noche en la isla fue de jolgorio y amigos. Estos amigos de 36 horas que uno hace en los viajes, cómoda compañía en general, inmediata. Éramos una gran mesa. Fue simpático.

La mañana de partida se despertó brillante y nos despidió una isla muy distinta a la que nos acogió enterrada en las nubes. El viaje hasta Río, en una Kangoo sin velocímetro, sin espejo retrovisor y sin varias cosas más, apasionante.

El barrio de Leblon es mi pequeño trocito de Alemania, de Francia, mi pequeño trocito de Río de Janeiro. La casa donde vivimos está llena de libros de Anaïs Nin, Kerouac, Rubem Fonseca, un pequeño gato amarillento y peludo y un perro enano de pelo lacio que se tumba en la puerta de entrada y no te deja pasar. En nuestra habitación, hay un cuadro de arte japonés sacado de una exposición en París. Julia, la hija de Fatima, se pasea por la mañana con una falda volandera amarilla que deja ver sus estrechos muslos torneados. Para mi gusto, tiene carita de francesa, sus ojos son enormes y oscuros y a veces parece que su sonrisa es falsa, de tan hipnótica. No es cierto. No sé dónde duermen la madre y la hija, casi todas las habitaciones de la casa están alquiladas a parejas de extranjeros: dos orientales (¿China, Taiwán, Japón?), dos australianos, ayer se fueron dos ingleses y nosotros.



La mesa del desayuno es redonda y rebosa de tazones viejos de cerámicas y cubiertos de plata. Por la mañana, si hace sol, entra una luz por las ventanas de madera blanca como un signo del pasado. Si tengo ganas de fumar, salgo a la calle atravesando varias verjas ya muy desencajadas y me siento en un banco corto bajo un árbol, en la acera de enfrente. Me gusta la intimidad de nuestro cuarto, la dulce invasión que hacemos en la casa. Quemo mis propios inciensos para ahuyentar el posible olor a pelo de gato. Frente a la cama, tras una mampara, hay un váter y un pequeñísimo lavabo esquinero. Es el lavabo más pequeño del mundo y está aquí, en mi habitación de Río de Janeiro.

martes, 25 de mayo de 2010

10 de mayo de 2010

Isla, isla, isla.

Barco.

Amanece con el sol deslizándose entre las nubes del fondo, yo despierto a las siete de la mañana. Tengo que hacer tiempo; el desayuno lo ponen a las ocho. (Creo que es la primera vez que me ocurre esto.)

Hago fotos, me siento en el suelo de la habitación, miro a los perros desperezándose desde la terraza.


Queremos ir a Lopes Mendes y lo hacemos a pesar de que de pronto todo es gris y llueve. El barco nos lleva a las diez y nos recoge a las tres.

Llueve. No quiero ir pero subo a la embarcación. No llevo suficiente ropa de abrigo. No llevamos comida porque nos han dicho que allí venden, en la playa. Hay casi una hora de travesía. Llueve, tengo frío. Boicoteo el viaje como puedo pero no hay marcha atrás. Toda la belleza de pronto me da lo mismo si hace frío y estoy empapada y voy en un barco que me lleva a una playa donde no hay nada donde guarecerse. Pero cuando llegamos allí todo es distinto. Nos dijeron que en Lopes Mendes el tiempo era otra cosa porque la playa es más abierta y el aire se lo lleva todo rápido. Y es cierto. Hace sol. Cruzamos un trecho de Mata Atlántica y nos absorbe el suelo pegado de hojas y las cañas gigantes. Al otro lado, la playa efectivamente se abre y la espuma de las olas nos llega como brillantina hasta los ojos. Ya es verano. Ahora hay que desvestirse y caminar, buscar un hueco en la extensión de la arena (no hay nadie, ocho, diez personas) y estirar la única toalla, pequeña, recia y recién comprada.



Hacemos amigos. Muchos, en realidad. Varios bonaerenses, una holandesa, una peruana, una colombiana y un chico de Londres que es, y más aún en este espacio, igual que Sawyer.

Yo no hablo con nadie en el barco de vuelta porque me tiro en la cubierta a leer a Felisberto Hernández. Mientras más se mece la embarcación, más me concentro. A este autor me lo recomendó Juan Cárdenas en la Machado. Fue un acierto traerlo a Brasil; en São Paulo, Alicia Torres me habló tanto de él. Al morir, estaba tan gordo que tuvieron que sacar su cadáver por el balcón. En la foto de la solapa, sin embargo, está canijo, con el pelo crespo y rizado, sentado al piano, y me recuerda a Miguel Ángel.



Mientras más me calienta el sol sobre la frente, más me concentro. Luego empiezo a pensar en otras cosas. Es difícil olvidarse de todo, incluso balanceándose en medio del Atlántico, en un navío de madera blanca.

martes, 18 de mayo de 2010

BRASIL, número uno

9 de mayo de 2010

Ilha Grande, Estado de Río de Janeiro, Brasil

Así que esto es el Trópico de Capricornio.

Escucho caer la lluvia en los tejados de madera y caña, no ceja. También escucho las olas porque están aquí, moviéndose a un palmo.

Tras 14 horas de autobús hemos llegado desde São Jose do Rio Preto a Angra dos Reis, haciendo parada al amanecer en São Paulo. Llevo seis días en Brasil pero hace apenas un rato que empecé a mirar. Lo de antes: São Paulo con todos sus mega-adjetivos de infinitud. Desde un centro de congresos no puede admirarse una ciudad, aunque mi habitación estaba en el piso 16 del hotel y los amaneceres rabiaban un skyline gris y hasta lo lejos. Recordaré algo de São Paulo: a mediodía, desde el edificio de las conferencias, podíamos ir andando hasta el restaurante donde almorzábamos: ese tramo de la calle, no más de dos o tres cuadras, era Brasil, era São Paulo y era el extranjero. Todos los olores amortiguados por el aire acondicionado de las salas subían ahí hasta mi nariz: olor a frito, a caramelo, a espesura, como a algo derretido en plena urbe. Los viejos, las niñas guapas, la esquina del comercio frente al puesto con ruedas de jugos de piña y bolas de pan con queso. El corto camino entre el edificio y el restaurante tiene también otro recuerdo: las conversaciones a paso despacio con Leonor, contándonos cómo su apellido, Scliar, llegó de Besarabia a Porto Alegre, parándonos en las esquinas, esquivando a los viejos que fuman y a las niñas guapas. Ojalá ese pequeño camino de libertad hubiera durado tardes enteras, para que Leonor Scliar, nacida en 1929, nos hubiera hablado con serenidad y emoción, sonriente, de cualquiera de las dos mil quinientas cosas interesantes de las que sabe hablar.

Ahí se acaba la ciudad se São Paulo para mí. Esta mañana amanecí en una de sus estaciones de autobús, como una zombie me monté en el metro, lleno de gente joven que aún no se había acostado, y llegué a otra estación para coger otro autobús donde me pasaría montada la mayor parte del día de hoy, entre el asombro y el sueño.

Nuestro viaje empezó realmente anoche, pero es extraño llevar ya una semana en el país y haber estado adormecida y expectante. Las rarezas de la existencia se suceden una tras otra, se acumulan como el café cargado. Acaban teniendo el mismo efecto, entre el narcótico y la angustia. Luego se pasa. No más café, no más hiperrealismo. Un poco de silencio y de olas.

Hoy he visto por primera vez la vegetación del trópico. El autobús ha ido dejando atrás las carreteras tipo oeste americano y se ha adentrado en el bullicio. Es mejor no explicarlo. Nunca vi nada igual, ni parecido. Es el espesor, la condena, la vitalidad. Altas montañas ceñían la calzada y dentro de ellas un más adentro y más adentro aún. A veces, en las curvas cerradas, se abría el paisaje al mar o a valles fosforescentes de humedad. Desde aquí, la Tierra es invencible. Capricornio todopoderoso. Han pasado las horas y el autobús se iba vaciando en cada parada: calles de barro, techos de latón, gente en bicicleta haciendo equilibrios con el paraguas abierto, las palmeras ahogándose con los altos pinos.

El cristal del autobús me ha impedido, supongo, tantas cosas. O quizá es esa extrañeza de la existencia, esa indefinible amortiguación de los sonidos. He caído en profundos sueños incómodos, he intentado leer, he pensado en que a los treinta nada pasó pero a los treinta y uno me he vuelto miope y tengo alguna cana. Entre otras cosas.

A la isla hemos llegado como en un sueño. Montados en un catamarán grande, rápido, mojados el pelo, la cara y el equipaje, nos hemos alejado de la costa adentrándonos en la niebla. Tras una hora de travesía, hemos llegado a Ilha Grande. Primero fue la isla de los piratas, luego de los leprosos y por último un centro penitenciario para presos políticos y asesinos en serie. Sí, su verde oscuro, su sinuosidad bajo la niebla, dan miedo. Pero el embarcadero nos ha recibido como todos los embarcaderos de los paraísos: con algarabía, cuerdas mojadas, maletas y enormes pájaros negros sobrevolándonos. No hay hipérbole: son enormes. No quiero saber de qué se alimentan, además de peces. Agachan los cuellos como los buitres cuando pasean por la orilla. Deben de ser primos hermanos.



Un poco más tarde uno se da cuenta de que estamos, también aquí, en el siglo XXI. Internet, surferos y gente que mira el fútbol en pantallas planas. Pero esa primera toma de contacto en el embarcadero, bajo una lluvia fina, parados frente a nuestro equipaje y frente a nuestro estupor, ha sido atemporal, decimonónica, de los primeros años 20. ¿Adónde hemos llegado? La isla se extiende, alta y verde, kilómetros y kilómetros atrás. El movimiento de las olas es fuerte y constante a pocos metros de mi cama. La lluvia no ceja, se vuelca del cielo sin melancolía. Ni siquiera son las once de la noche, y uno juraría que entró la madrugada.

Así que esto es el Trópico de Capricornio.

lunes, 17 de mayo de 2010

Dos nuevos amigos y Los Noveles

De nuevo hay pequeñas grandes cosas que contar:
regresé ayer de Brasil, y en la puerta de mi casa encontré dos paquetes. Eran estos dos regalos.
Estoy sorprendida, son especialmente hermosos ambos libros, especialmente bien trabajados, bien editados, rigurosos, cuidados. El primero, Siglo XXI, es casi un manual, más de 500 páginas a cuento y poética por autor, edición cuidadísima de Valls y Pellicer, lo miro y sueño con que dentro de muchos años sea un libro de culto consultado en bibliotecas de madera. El segundo, El libro del voyeur, en el que Pablo Gallo lleva trabajando mucho tiempo, contactando con minuciosidad con cada autor, buscándole salida al libro, dibujando, es una delicia. Ha quedado brillante, original, curioso. Estoy muy orgullosa de estar dentro de los dos. Anunciaré próximas presentaciones, recomiendo ambos libros, la ristra de compañeros es para no perdérsela. Gracias a todos. Y felicidades.


Por otra parte:
en este número de Los Noveles la Menuda ha descansado. Por motivos ajenos, obviamente, a su menuda voluntad, más bien por compromisos de su autora. En el próximo número estará de vuelta. Sin embargo, la revista ya está publicada, espectacular como siempre, y esta vez con un invitado, para mi gusto, de lujo: un cuento de Pablo Gutiérrez.

domingo, 2 de mayo de 2010

El robot invencible y la bailarina

A veces todo lo que tenemos dentro es una isla desierta.

Ya nos hemos hecho mayores y sabemos que existen los tsunamis.

Si el tsunami se lleva por delante la isla desierta es un problema.

Cada vez nos queda menos tiempo para la rabia.

Ahora empleamos el esfuerzo en cansarnos.

Todo esto suena muy mal.

Suena como a renuncia.

A pastillas para dormir o sucedáneos.



Así pasa el día a día en el Mundo de Los Vivos.

El Mundo de los que Creen Estar Vivos.

La Ciudad Rebosante de Pequeñas y Angustiosas Islas Desiertas.

Nos levantamos.

Algunas mañanas nos da tiempo a lavarnos.

De todas formas a lo largo del día lo que hacemos es ensuciarnos.

Luego nos acostamos.



Pueden pasar años sin que nadie se dé cuenta de que todo está iluminado.

A pesar de que haya lugares que se estén oscureciendo para siempre.

A pesar de que aumenten nuestras dioptrías por cualquier exceso.

A pesar de que las nuevas tecnologías sean lo más parecido a la demencia senil.

Pueden pasar años.

Pero siempre vendrá el Robot Invencible a avisarnos.

La Bailarina del Corsé Desabrochado.

Cualquiera de ellos.

Ambos tienen el tamaño de un jilguero.

Ambos viven en el papel maché.

Ambos saben lo que dicen:

Existe un mundo en el que Todo Está Iluminado.



Sólo es necesario no darle cuerda al reloj.

Olvidarnos.

Recordarnos.

Cada isla desierta tuvo su momento de felicidad.

Su desquiciante azul en la memoria.

Cada isla desierta es un lienzo que una vez fue blanco.

Luego llegó la Mano de la Magia y lo cubrió.

Lo hizo aún más hermoso.

La Mano de la Magia lleva pulseras tintineantes.

Lleva anillos que sirven para brillar y nunca son alianzas.

Lleva un discreto perfume a mar.

A veces no lleva nada, está desnuda como nuestro propio náufrago.

El náufrago que hoy se ha levantado.

Ha dejado todo lo que tenía.

Y ha venido a la Fiesta de los que Saben que el Mundo está Iluminado.


Este texto fue escrito para la exposición de Rebeca Le Rumeur, Del azul, el 11 de marzo del 2010

jueves, 22 de abril de 2010

A las tres y cuarenta y cinco de la mañana unos pájaros empiezan a cantar. ¿No es demasiado pronto? Europa, Europa. Bajas las persianas con un chasquido de pvc, cierras las cortinas, tarareas algo por dentro para no oírlos, echas un polvo, gritas en histrión cuando te corres, pero incluso en ese momento los escuchas, están cantando en un árbol cercano, en un nido, sobre la verja, ¿dónde se habrán posado? Aquí, sobre mi frente, los pájaros de la noche, los de color negro. La madrugada no es un murciélago. No es un mamífero. Mañana tendremos marcas sobre la piel. Calla, pájaro nocturno, déjame leer los libros del movimiento.

sábado, 17 de abril de 2010

LE VOYAGEUR

Recuerdo los poemas de Rafael R. Costa.

Recuerdo que los leía sentada en el suelo de una habitación donde las baldosas dibujaban la estrella de David.

La habitación estaba en medio de una ciudad inmensa.

y desearás morirte porque tus labios tan descoloridos solo / son hermosos ya en un momento determinado de la lluvia

Me escribe un amigo preguntándome si estoy melancólica.

Yo me hago preguntas sobre la melancolía.

y te encuentro enseguida y pasamos otra tarde decidiendo / si vamos al muelle si te parto la cara si te escribo poemas

La melancolía es un parte del cuerpo humano útil y necesaria para la memoria.

Le contesto a mi amigo diciéndole que no estoy melancólica.

Pero supongo que un manojo de mi pelo o las uñas que caen en el lavabo o el borde de la carne que queda enrojecido por algunos elásticos son melancólicos.

comimos dátiles en casa de sus padres, y después / en la azotea hablamos durante horas de los astros

No estoy melancólica pero si recuerdo los poemas de Rafael R. Costa y busco su libro y lo abro y releo algunas maravillas pequeñas igual que si hago recuento de los amores de antes o los de ahora igual que si un día fui una niña que metía los pies en el agua desde la proa de un barco igual que si las luces aquellas me cegaron mientras la felicidad se ensanchaba como pompa de chicle al salir de una discoteca en las afueras de Berlín igual que la madrugada en que bebí mi primer colacao en la cocina de la casa del verano mientras ella rompía aguas frente a mí igual que cualquier refugio o cualquier maldición o cualquier herida pasada presente futura todas esas cosas destrozadas y atesoradas significan que no estoy melancólica sino viva.

Esta semana he conocido una nueva buhardilla de Madrid. Tiene las paredes recién encaladas y apenas tres muebles. Sorbo mi saliva al imaginar la nostalgia que sentiré dentro de algunos años cuando recuerde los momentos libro cigarro té moruno caducado risas que aún me quedan por pasar dentro de ella.

Ni más ni menos que eso es la melancolía.

Ni más ni menos que esto:

Los vientres de los pájaros son negros

si han de contenerte.

La línea de tu pómulo cortado conduce recto al infierno

tengo sed de besarte y te beso yo quiero ser el poeta

de los condenados.

*en cursiva: Rafael R. Costa, Le voyageur

domingo, 4 de abril de 2010

Exposición parcial al sol: la piel de pera

Mientras hablo contigo por teléfono entorpezco la vida de una hormiga roja con una ramita seca. Esto es algo que he hecho mil veces. Sólo que hoy no la mato.
Me quedo callada porque no sé qué decir.
O sí sé qué decir pero el teléfono es un laberinto.
Tengo múltiples personalidades para hablar por el móvil y a ti no te ha tocado la mejor.

Ahora que empezaba a cogerle el ritmo a este columpio cotidiano el lunes llegará con su fuerza centrípeta para congelarme.
Reviso fotogramas de hace algún tiempo, de cuando los viajes.
Soy capaz de verlo todo más claro con esta luz luciérnaga, volveremos a fugarnos.
Este ha sido un fin de semana Rosebud, un fin de semana Eddie Taylor, you are a free man.
Pero él bang, bang.
Qué tonto.

Todos somos Eddie Taylor muchas veces cuando nos dicen you are a free man y nosotros bang sin hacer caso.
Qué tontos.

No seamos tontos.
Sólo dejemos caer nuestra baba pegajosa al suelo de algunas habitaciones sin cortinas y sin parqué, habitaciones desoladas con un único mueble pero perfectas. Un poco frías aunque el sol entre por las tardes desde la ventana alta. Ahí sí hagámonos los tontos. Stranger Than Paradise, o nada.

Bien. Me he levantado a la hora acordada cada día. He intentado caldear la casa en la justa medida de no derroche. Mi hermana dice, a 15º hace frío en la calle. Yo le echo una manta por encima. Ssshhh. Te acostumbrarás. Incluso así, me han faltado las horas después de recuperarme del tropiezo de las adivinanzas y las despedidas. Todavía hubiera querido que los días durasen más. Tic tac tac por las mañanas. Y Yourcenar por las tardes.

También me he acostado a la hora acordada cada día.
Me he volcado al sueño como un lagarto.
Sin porno fino. Sin edulcorantes. Apenas sin leer.
A pesar de todo he soñado cada imagen como si fuese la primera vez.
Cuando no hay nadie, no hay nadie.
Ni siquiera estoy yo.
Es magnífico.
Silencio.

jueves, 1 de abril de 2010

La piel de higo


Hoy no estoy para adivinanzas.
¡Hoy no estoy para adivinanzas!


P.D.: exclamar, declamar, despedir.

domingo, 28 de marzo de 2010

Cuando los días eran más cortos que hoy

Estoy sumida en la decadencia de unos poemas;
algunos hablan de todo lo que me duele y por eso intento apartar la lágrima o el ladrido.
La supervivencia es un asco.
No tanto como el materialismo del amor.
Alzo la vista y la ventana es ancha.
Las predicciones han anunciado temporales y yo, no sé por qué, lo he descreído todo esta vez. Pero de pronto observo que el cielo está tan bajo que el cielo ya está aquí tan cerca que no existe el horizonte.
Cuando las nubes tienen el movimiento de los bisontes cuando el fango no está sólo en tu corazón sino a un lado y a otro de la vía del tren y el único color que recuerdo es el granate sangriento de mi laca de uñas será que nuestra hora ha llegado.

lunes, 22 de marzo de 2010

Yo nunca me comí un ácido

A la madrugada sólo hay que dejarla correr para que te tome el pelo o se te suba a las barbas como se suele decir
estamos la madrugada y yo y ni siquiera un mal vecino nos espía ni siquiera las vacas del prado nos espían ni siquiera las patrullas contra incendios
nadie sabe
la madrugada me ha devuelto el saludo y si por ella fuera cómo la conozco haríamos cualquier cosa ahora mismo: yo la espiaría a ella y ella me espiaría a mí
en ella yo encontraría lo de siempre (es una pesada ya no la amo) y ella en mí no hallaría nada
quiero que sea de día
yo nunca me comí un ácido y sin embargo llevé camisetas de acid house (¡smiley, smiley!)
en aquella época en la que me gustaba vestirme de india apache y no me enteraba de nada
mis camisetas tenían flecos para ser india o caritas fluorescentes que promocionaban un delirio ajeno
me han dicho que el mundo es tan vulnerable como ese conejo al que destrocé el cerebro con las ruedas de mi coche en una carretera secundaria
por supuesto
era de madrugada.

A lo mejor por eso nadie vino a bailar con nosotras Get Ur Freak On.

miércoles, 17 de marzo de 2010

La Niña Demente habla con Buffalo Bill

En los márgenes de un libro de Roberto Bolaño escribes cosas a lápiz.
Escribo a lápiz en los márgenes, a veces la línea que mal dibuja las letras es la misma que rodea el título de algunos poemas o subraya versos, por ejemplo Oh fuga de palabras, o la gente es feliz, o Toda la tristeza de estos años
se perderá contigo
y así, directamente, el trazo del lápiz se va hacia la otra página, donde hay más espacio en blanco, y se lee Si dices que ya no aguantas más es que el mundo se está resquebrajando para hacerte un hueco, luego pasas las páginas porque lees los poemas uno a uno y el libro es gordo, y entonces se te olvida, a mí se me olvida que he escrito cosas en los márgenes, me pregunto, como supongo que se pregunta todo el mundo que escribe en los márgenes, para qué lo hago, y supongo que hay muchas pedantes razones escondidas pero sólo una de ellas me planta cara ahora, el placer de garabatear un libro perfecto, sólo uno que estés disfrutando, si no no tiene sentido, y la sorpresa después de encontrar la incoherencia de tu pensamiento entre la maravilla de las palabras de otro, diciendo cosas como Estrena tu Nueva Vida, como Yo tenía dos años recién cumplidos (y también debía de ser hermosa) no sé si alguien palmoteaba a mi alrededor con este éxtasis, en fin, incluso preguntas en la página 257, ¿quién es el Jorobadito de Roberto Bolaño? Roberto Bolaño, Roberto Bolaño, Roberto Bolaño. Sí, me gusta Roberto Bolaño pero a veces creo que lo entiendo demasiado y no me gusta, a veces lo veo tan cerca y no me gusta, pero cómo ha conseguido descifrarse y eso no es fácil. Pero me gusta más e. e. cummings, al que no siempre entiendo o quizá casi nunca. Al que pueden perdonársele todas las excentricidades de su ortotipografía. Nunca he visto la cara de cummings. Ni tampoco he escrito frases absurdas en los márgenes de sus poemas. Pero en verano hacía tanto calor por las noches que uno podía intentar no dormir jamás mientras recitaba en voz alta, sobre la cama, algunas veces a solas, poemas de cummings en inglés con un acento pétreo, irrisorio, incomestible, repetir una y otra vez hasta que tenía la vaga ilusión calorífica de que había llegado a comprenderlo todo y soltaba el libro a un lado, en el colchón, y miraba al techo, y sí, me levantaba, me liaba un cigarro, y ya estaba todo hecho después del búfalo.

lunes, 15 de marzo de 2010

lunes, 8 de marzo de 2010

FIESTA EXPOSICIÓN REBECA LE RUMEUR

Este cuadro se llama Los antiguos amantes y pertenece a la nueva exposición de Rebeca Le Rumeur, Del Azul (en este link podéis ver todos los cuadros).

El jueves día 11, a partir de las 21:00, tendrá lugar la fiesta inauguración, donde habrá un pequeño espectáculo de lectura y música en el que haremos homenaje a la pintura de Rebeca.

Cristina López tocará la guitarra clásica mientras algunos amigos leeremos:
Nano, Aroa Moreno, Elvira Navarro, Kika Miriam de Castro, David Casas, Fernando González-Ariza, Recaredo Veredas, Virginia Barbancho (y yo).
El final corre a cargo de la guitarra acústica de Creaturing.

Los cuadros merecen muchísimo la pena. Es una nueva etapa de una delicadeza especial que sólo puede observarse al natural, frente a ellos, y además tienen un precio muy muy asequible.

Habrá vino (y seguro que rosas).

El local se llama Nanai, es una especie de bar-asociación cultural donde además se come muy bien. La dirección es c/ Barco, 26, en pleno Malasaña.

Estáis todos invitados.