viernes, 31 de agosto de 2007

Cuánto tiempo durará este mar,
paisaje lejano de órbita infalible.
A veces apunta directo al corazón
y el disparo es silencioso como un duelo.
Las flores, aquí, están batallando,
cada hora muere una,
completamente absorbida por la luz.
Y el calor qué nos depara,
ahora que se está acabando.


(Foto de Patricia Hierro)

domingo, 26 de agosto de 2007

Para que no me duela el mundo
por las mañanas
abro de par en par todas las ventanas
y observo con detalle
cómo ha caído la noche,
la huracanada.
Atiendo a los sonidos
de los fuegos,
parto en trozos una manzana blanca
y pienso:
hoy
habrá
tiempo
para
todo.
Luego el café me sabe raro,
porque mi lengua,
aún en la cama,
ignora la vital importancia
de más o menos azúcar al paladar,
mientras mis ojos,
hipnotizados,
buscan el profundo sabor
que extraen las abejas,
peludas maniáticas,
de la lavanda.
Para que el mundo no me duela
por las mañanas,
coloco tus dedos
uno a uno
en los lugares invisibles
y blandos
y chupo de tus uñas
los restos anteriores del amor.
Para que no me duela el mundo
que hay en tus ojos
dejo que me adelantes en el camino,
que seas tú quien encuentre
una piedra plana al borde del río
donde podamos desnudarnos
y olvidarnos
del dolor de los amigos.
El agua caudalosa
aun en agosto
esconderá el rumor
de los miedos infinitos
y los cangrejos rojos
y las libélulas
y tanta naturaleza amante
y tú y yo apartados
de la ciudad.
Para que no me duela el mundo
por las mañanas
mordemos ciruelas en lo silvestre
y guardamos silencio,
y así
la calma.



miércoles, 22 de agosto de 2007

Sabemos que no sólo consiste en cruzar por los pasos de cebra cuando el semáforo se pone en verde, ni en la forma oblicua en que caen las pesadillas sobre tus sueños, por las noches.
Orinar en un tubo de plástico y sentir el calor de tus líquidos dispuestos a ser examinados siempre resulta un poco ridículo y también un poco tenebroso. Unas pequeñas partículas blancas, como cera fría despegada de una mesa, flotan a su aire dentro del recipiente.
¿De verdad eso es información privilegiada?
Por favor, no hablemos ahora de los litros de sangre extraídos por un minúsculo agujero de tu ancha y obediente vena.
Cuando tu vida es un hilo dental estirado al máximo, sin barniz de mentol, el porvenir no tiene importancia. Digamos que ni siquiera existe.
Pero anoche, él lo definió perfectamente: no es lo mismo navegar un estrecho río que llegar al océano.
En cualquier caso, yo intentaré con firmeza no creer en nada de lo que pienso. Porque, qué demonios, esto de alrededor no tiene ninguna pinta de océano y a mí, en el abrazo nudo de emociones inconscientes que me agarra el pecho, a intervalos entre la paz y el crispado futuro (terrorismos, cobardías), todavía no me han crecido escamas.



domingo, 19 de agosto de 2007

Saco mi brazo que está debajo de su cabeza dormida,
mi brazo dormido, lleno de agujas imaginarias.
En la punta de cada una de ellas, para su recuento,
se han sentado ángeles caídos.

Wislawa Szymborska
Traducción de Elzbieta Bortkiewicz



sábado, 18 de agosto de 2007


Voy en el tren, está anocheciendo.

Me alegro de haber cogido este tren de luces naturales que se apagan y neones que se encienden. He sangrado allá arriba, en la montaña.

He escrito. Hasta el principio del esfuerzo, del bloqueo; luego lo he dejado. Me he echado a dormir una siesta sin arrepentimiento, profunda, de las que alivian el dolor aunque los sueños sean espesos. No es como otras veces.

Ahora me siento ligera (¿ligera?), con las piernas blancas, encerrada en mí; los minutos pasan rápido y me da pereza ir a todos sitios y a la vez me da igual. Sé que no tengo fuerzas pero, en este momento, si estuviera en medio de un estadio, con un estruendo demoníaco de música en directo, me movería al compás de los graves, uno, dos, despacio, y creo que estaría ausente y feliz. Incluso preparada para fumar y beber algo fuerte y caliente, que apriete rápido pero que no haga delirar. A lo mejor también el yugo, la mano delictiva, asesíname o algo parecido.

Es milagroso cómo desaparecen los temores con la sangre (dos trenes acaban de rozarse a una velocidad imposible y yo he agradecido el temblor). No es que todo me dé igual. Es que estoy algo dormida, algo enterrada, hinchada por dentro.

Tú puedes arrastrarme hasta el infierno y obligarme a bailar (pero sé que no vas a hacer eso). También puedes venir, delicadamente, abrir mi vientre con un corte afilado y profundo, separar mi carne a los costados y rebuscar entonces, entre mis vísceras, ese objeto brillante que hace tiempo perdiste.

jueves, 9 de agosto de 2007



Yo no conocía estos veranos frescos. Sólo hace calor si te tumbas en la hierba, sobre un edredón brillante, color crema, que atrae tanto al sol como a las moscas. De pie corre una brisa que, sin ser fría, me pone la piel de gallina. En lo único que se parece este verano a aquellos otros es en que compro y leo libros con una sed de infante (Ryu y Haruki Murakami, Ishiguro, Toews, Kureishi). No sé qué pensarán los vecinos si me ven aquí extendida, con una falda de flores y sombrero de paja en la cabeza, soportando el sol agudo de las montañas, resguardada en el suelo de la brisa, completamente sola. A lo mejor piensan la verdad, que me he caído rendida, buscando una palabra sonora, volátil, estúpida, una palabra inodoro y a la vez rendición, una palabra infinita con la que conquistar este agosto amortiguado de golpes y sombras, este mes escurridizo y sin personalidad.

Lo del mar es otra cosa, ya se sabe. El mar tiene el sentido de lo único y no importa, entonces, cuáles sean las congojas impostadas. El vértigo del mar es lo contrario del vértigo.

Si cuando juntas tu frente con la mía (y afuera el barrio arde en fiestas coloridas) yo me pongo a observar el mapa que hay colgado sobre la cama, olvido nuestras preocupaciones, las de ambos. Porque veo claramente que el estrecho de Gibraltar antes no existía (y tampoco, entonces, el del Bósforo, igual que en ningún caso el bulto saliente de Brasil tenía sentido alguno), y empieza la cadena de grandezas directamente proporcional a mi miniatura. Todo esto tiene que ser una farsa, un juego loco, los minúsculos aquí, bajo los flexos, con tanto empeño y tanta cuerda de sangrar, debatiéndonos absurdamente con la poca cordura y las muelas apretadas, mientras allá lejos, alrededor, en todos los lugares posibles que no nos caben en la mente, la vida es otra cosa más injusta y más hecha de materias planas. El alejamiento de las placas, el ozono, el bruto aire congelado.

Qué ridiculez.

Pero nos queremos a pesar de eso y no de forma inevitable, aunque quién sabe. Quién sabe si no seguiríamos amándonos por encima del calentamiento del planeta y de los exterminios de las flores y del hundimiento de nuestro continente favorito, amándonos así, a intervalos lluviosos e irregulares, con bolsas de climas fríos bajo los brazos, mientras las fronteras se separan para siempre enfrentando en la distancia nuestros bosques calcinados, nuestras reservas agotadas, y nosotros, ya ves, olvidados, perdidos, mirando el mar para pensar en otras cosas, queriéndonos sin remedio en mitad de tanta tontería y tanta catástrofe.


domingo, 29 de julio de 2007

Un cronopio encuentra una flor solitaria en medio de los campos. Primero la va a arrancar, pero piensa que es una crueldad inútil y se pone de rodillas a su lado y juega alegremente con la flor, a saber: le acaricia los pétalos, la sopla para que baile, zumba como una abeja, huele su perfume y finalmente se acuesta debajo de la flor y se duerme envuelto en una gran paz.
La flor piensa: "Es como una flor".

Julio Cortázar


Mi último día de trabajo, antes de las vacaciones, estuve revisando estos textos. Me refresqué la memoria y la sensibilidad. El último día de trabajo fue largo y arrastrado, pero tuvo esta feliz laguna.
Me voy unos días; zarpo.
Y vuelvo pronto.
Acuéstense debajo de las flores, compañeros.




domingo, 22 de julio de 2007

Ya no hablo de los animales de la noche
porque están todos hibernando en mis recuerdos
dispuestos a extender sus alas cristalinas
de textura sedosa como el falso terciopelo.

Ahora los saltamontes vuelan torpemente alrededor
chocándose con los troncos de los árboles
mis pies sudan el césped y las hormigas
soldados voluntarios irritables
cruzan mis venas anchas y redondas.

Hay algo que me pierdo en ambos sitios.

Hay algo que se esconde en la memoria
que no llega a taladrar bajo la boca
una lengua ácida y a ratos malherida
siempre a la espera de una señal de alarma.





martes, 17 de julio de 2007


Anoche tu ojo izquierdo se desveló independiente. Recuerdo que yo intentaba concentrarme en un libro japonés que acababa de empezar. Las páginas brillaban, ordenadas y limpias, con esmero, como lucen las páginas de los libros recién estrenados. Pero algo había a mi lado que me entretenía, algo en un movimiento lento, vivo pero fijo. Tu ojo izquierdo, del mismo inmenso tamaño que el derecho, estaba enterrado bajo tu flequillo oscuro y revuelto, más abajo de la frente. No sé cómo explicarte que todo tu universo estaba concentrado ahí, en una mirada unidireccional rebosante de ternura y amplitud. Yo estaba fuera, es cierto, pero pude ver la niñez del amor y los montes altos del deseo colmado. El resto del cuerpo se extendía hacia abajo, horizontalmente en el colchón y paralelo a mis huesos. Era un peso suave, un calor imperceptible: por un momento quise que no hubiera distancia, que no hubiera realidad, quise ser tu ojo izquierdo, batiendo el aire con sus largas pestañas, transmitiendo señales o incluso palabras: barco, tobogán, amuleto. Minutos antes habíamos decidido no follar y nos habíamos entregado a menesteres satisfactorios y plenos. Las manos, la boca lenta y los vértices, el colmo de la humedad. Nosotros no somos uno, somos dos, y sin embargo me has dado de comer durante estos últimos días, has adivinado varias veces mi rezongado pensamiento (alquitranado) y también me has prometido amantes para el futuro. Pero tu ojo izquierdo me saluda, me lleva a la infancia, a la parte de la infancia en la que todavía somos adultos, seres durmientes y dolientes que pueblan una casa de caricias, de persecuciones, de la larga conversación de los almuerzos, para luego amanecer a cualquier hora, sorprendidos del vértigo, de la repercusión de la piel, de las acrobáticas maniobras que adopta el mundo justo en el hueco que separa tu ojo izquierdo de mi clavícula y mi libro japonés.

sábado, 14 de julio de 2007





Fue todo un sueño

Bajamos del andamio y ya no estábamos

Pero el amor

rompía el universo

o lo descomponía

con tu llanto

y tu risa

y tu amor lleno

de todo lo que cabe en este mundo

Todos quieren tenerte

mas yo no

yo no te quiero aquí desconsolada

quiero verte en la brisa

y en la sangre

y en todo lo que quepa que sea tuyo

Paco Cumpián

(y entre los vasos y los chipirones, con el olor suave de la sal, Bárbara se hace un hueco con las manos y recita este poema de su padre, y las espinas blandas por poco se nos quedan encajadas, y Paco ríe.)


Dejar Málaga como intacta,
con su luz de mañana larga y fresca,
sus adoquines nuevos,
su arena negra.

Alejarse otra vez,
pero nunca trayéndome la nostalgia
de los años en los que no sabía
que también el Mediterráneo
tiene dulces bienvenidas.

Las sardinas pequeñas,
el vino tinto,
los ojos desbordados de Bárbara Zagora,
las palabras míticas de Paco Cumpián.
La anarquía cuando funciona
es deslumbrante.
Es una casa vieja
de muros encalados
con frases a graffiti y colores chillones.
Es la tranquilidad de un retrete apartado
por cuya ventana alta chillan las gaviotas.

Pasar por la puerta del Road House cuando es de día
y desayunar fruta en la plaza de la Merced.
Un baño a mediodía y todo junto:

los amigos poetas
(de noche, todos los amigos son poetas:
Patri que declama la Bohemian Rhapsody
hasta el aplauso
Laura con los ojos pintados de Picasso
y mi Inma fugándose a un hotel),

los libros encontrados,

el ruido de las chanclas por las calles del centro.


Siempre es verano en Málaga.

Y Cumpián en un vídeo
recitando poemas
lleva puesto un jersey de lana negra,
por lo que deduzco,
asombrada,
que el invierno en el Árbol de Poe
es un sofá mullido de cuerpos de mujeres
que pasan lentamente
las páginas del sol.




Menudo atardecer,
amigos míos,
menudo el equipaje que me llevo,
el tren se va alejando,
y a mi lado el amor.

jueves, 5 de julio de 2007



Voy a bajar. Pero no tanto esta vez, dejo el estrecho intacto. Y sólo unos días, que serán cortos.
Un poco de Huelva, que debe de estar cálida y con color a tinto con casera, un paseo rápido por Sevilla, para chocar unos vasos fugaces con los amigos, y el último destino, el martes día 10, será Málaga, donde voy a leer unos guardatuamor y otros más antiguos.

Vinoteca Barbechera. C/ Sánchez Pastor, 10. A partir de las 21.00 h.



Quién sabe, a lo mejor a alguien le coge cerca y entre todos hacemos fiesta de disfraces.

Quiero dejaros aquí algo que he hecho con Paco Cumpián, con Jesús Aguado y con 32 mujeres (de hecho, el origen de que yo siga yendo a Málaga a leer cuando hace calor, aunque aquella vez fue primavera y todo estaba revuelto, precioso y obstinado).

Y como no sé hacer eso que se supone que es muy fácil de insertar un vínculo y clic, magia, pues os lo anoto tradicionalmente, y quien quiera asomarse, que se asome:


Título: Mujeres que sueñan
Jesús Aguado
(Selección y prólogo)
Año Edición: 2007
Precio: 6,01 EUR
Colección: PUERTA DEL MAR


Obra de creación poética con textos de: Cristina Peri Rossi, Chantal Maillard, Olvido García Valdés, Isabel Escudero, Clara Janés, Menchu Gutiérrez, Ada Salas, Blanca Andreu, Luisa Castro, Elena Medel, Concha García, Eli Tolaretxipi, Elsa López, Lidia Bravo, Julia Otxoa, Coco Rodríguez, María Eloy-García, Isabel Bono, Charo Prados, Pilar González España, Marifé Santiago, Sunny Singh, Mónica Cavallé, Electa Arenal, Lara Moreno, Amalia Bautista, Gaia Danese, Mercè Company, Noni Benegas, Mercedes Escolano, Elica Ramos, María Navarro y María Cinta Montagut.

(Lo ha editado Paco Cumpián, en su imprenta artesanal, y lo ha publicado CEDMA.)

(Y no sé poner la foto ahora. Es muy tarde. Se me acaba la noche.)

Felicidades a todos, por el verano.



lunes, 2 de julio de 2007

Un solo de saxo largo
millones de minutos
luego el piano
he comprobado el cuchillo
en la carne
de mi antebrazo
sin llegar a sangrar
por supuesto.

Por momentos se me olvida
que nada tiene que ver
la voluntad
con los vértices.

Así, y no más,
es mi delirio adulto.
Cansino,
de piernas doloridas
y una duda traidora
que no me aprieta el pecho
sino que se limita
a revolotear
alrededor de mi cara
como un insecto sucio
y ya inútil.

Erróneo diagnóstico.
Siempre equivocarse con el dolor.
Lo que no daña verdaderamente
se acaba convirtiendo
en una ambigüedad
de edificios encendidos
y un silencio
de amanecer
en una ciudad de la que ya te has alejado.

Parece mentira.
Vuelvo a sangrar,
una vez más,
periódicamente
después de catorce años
(ya no sé si mi cuerpo
es un reloj o una letanía).
Y las ocasiones en
que me traspasaron el corazón
con los dientes apretados
y la conciencia sucia
(que es como deben estar
las conciencias),
yo me negué a la cuenta atrás,
a deshojar las sábanas,
los asientos,
las baldosas.
El calor en los riñones
me recuerda
que tengo una cintura
y unas piernas llenas
de venas apretadas
de conciencia insomne
de piedras

el solo hecho
de entregar el sexo
en una herida.




jueves, 28 de junio de 2007


Uno se alegra de
ser humano.





LA PIEL
EL CUERPO
LOS MÚSCULOS
LA SAGA



La batalla,
el agua,
el algodón.


He olvidado la palabra
que llevaba a todo esto,
la que agarraba

el cepillado
el espejo
el silencio
la noche nueva del verano
el ruido del papel
los colores de la habitación
las uñas de los pies
las agujetas reconfortantes


lo de siempre
cuando el sexo toma
el camino de la gula
y parece infinito,
luego el cuerpo es
justo lo que tiene que ser,
un cuerpo,
y además,
se compromete a llevar el alma en vilo.

martes, 26 de junio de 2007

Amerzgane, 4 de junio.

Estamos en el Atlas. Dentro del Atlas.

Desde esta terraza de sillas de madera bruscamente talladas, veo una gran montaña (ni la mitad de grande que las que atravesamos ayer con el coche) y un pueblo de tierra que se camufla en el marrón rojizo de la ladera. El pueblo se convierte en una valla verde, de huertos bajos. Desde aquí, donde el sol hiere literalmente a las ocho de la mañana, apuro el café caliente del termo y observo a los hombres (quizá también mujeres, son sólo puntos minúsculos) trabajando en la tierra. Creo que recogen el trigo con hoces pequeñas y lentos movimientos de muñeca. También hay un burro. Las palmeras y las adelfas recorren el borde de un caño seco, con apenas una base de agua oscura, de charco terroso.


Si imaginé que algún día iba a estar en un sitio como éste, no lo imaginé bien. Todo es distinto, silencioso, la figura de uno se desdobla (la carne lenta camina, conduce, duerme, poco más, mientras el alma es un puño apretado con una rara felicidad que apenas se reconoce a sí misma). Presiento que no me quedan fuerzas para la introspección, para el pequeño batir de alas de la búsqueda del placer inmediato o explosivo. Todo lo abruptamente hermoso está fuera de los límites del conocimiento. Es una paz, otra diferente, que se aviva siempre con un mínimo temblor en lo alto del pecho, irreconocible. El calor aprieta, quebrajoso. Vamos a conducir durante cuatro horas hasta llegar a las primeras dunas, más al sur (todo al sur). El trato aquí, en Irocha, es inmejorable, delicado y ceremonial, con un tremendo respeto recíproco. La comida insuperable. He dormido bajo una mosquitera que me separaba del ruido de las palomitas enormes que chocaban sus cuerpos contra el cristal, afuera, en la máxima oscuridad posible (el pueblo era, anoche, unas minúsculas luces, cinco, quizá seis, y algún camión que deslizaba sus luces abajo, por la escarpada carretera, transportando mercancías hasta Marrakech, esquivando el calor del sol). El muecín cantó ayer su llamada, por última vez, a las nueve menos cuarto, con el grito atravesando la negra noche suave.


En el coche, hacia M’Hamid. 5 de junio.

A un lado y a otro de la carretera se reparte en forma de infinito un desierto montañoso. Las grandes protuberancias pedregosas se asemejan a montes de barro, pero intuyo su dureza ardiente. Color de pizarra moteada. No hay nada. Continuas señalizaciones de curvas semipeligrosas. Estamos subiendo, otra vez. El cielo, por fin, está azul, pero se prevé que esta noche habrá nubes sobre las dunas. Durante estos días, a excepción de esta mañana, el cielo de Marruecos ha sido brumoso. Ya fuera por la calima de Marrakech, o por el levantamiento inclemente de arena en Essaouira, o por una fina película nubosa (pero sin agua) que opacaba la luz. Ahora está azul, sobre el Atlas.


Los bloques grises se alzan impasibles ante nuestros ojos. Nada parece haberse movido nunca. El principio del mundo tuvo que ser algo así. La caridad de la naturaleza, en cualquier caso, explota cada varios kilómetros en un puñado de palmeras y cañaverales. Sin hablar de las adelfas, claro, coloridas superheroínas del reino floral. Se supone que quedan trece kilómetros para llegar a Agdz, el pueblo con una sola calle y un par de cafés donde podremos parar a hacer un descanso y cambiarnos los asientos, piloto, copiloto. Pero yo no veo nada más que esta carretera medianamente firme y curvilínea, que se encarama a los bordes de los grandes montes estratificados. El calor avanza, también, entra menos aire en el pecho conforme adelantamos montañas alucinógenas en el camino.

lunes, 25 de junio de 2007

Essaouira, 2 de junio de 2007

El viaje de Marrakech a Essaouira no fue más esperanzador, aunque el traqueteo del desvencijado autobús me daba tranquilidad. Y estar sucia y espachurrada entre los asientos, con un hambre atroz y la garganta seca, también. Lo más duro para mí fue la espera en la estación, con los enjambres de niñas vendiendo agua del grifo embotellada y fría y la sofisticada y anárquica cadena de trabajo que eran los diez hombres que se dedicaban a ofrecer viajes. Uno para llevarte desde la entrada al interior, la estación con las ventanillas vacías y rotas. Otro para darte el billete. Otro para recoger el dinero (precios siempre improvisados sobre la marcha y según tu cara de inopia). Otro para acompañarte a la dársena. Otro distinto para meter tus maletas en el vientre del gran cacharro sucio. Otro para cobrarte quince dirhams por bolsa. Otro más, para asegurarte en un francés seco y violento que aquí todo el mundo paga por su equipaje, que el dinero de antes era sólo por la plaza de nuestros traseros en el autobús. Otro para tranquilizarte, para asegurarte que el autobús no va a moverse de la estación hasta que tu acompañante no vuelva del baño, hasta que no regrese de comprar agua mineral y cualquier cosa con que llenar el estómago vacío. Así hasta el infinito.


Éramos los únicos extranjeros del autobús, que salió a su debido retraso (esta particularidad me encanta, me facilitaría gratamente la vida). Pero miento, también viajaba una tipa muy extraña, italiana. Con el pelo corto a lo Betty Boop y un sombrerito árabe encajado en la coronilla, paseaba con dificultad su cuerpo orondo y exuberante (unas grandes tetas embutidas en una blusa rosa de raso falso, con los hombros y el escote al descubierto) por el pasillo central del autobús hasta encontrar asiento. También tenía los labios pintados de rosa y los ojos saltones un poco desorbitados. Como luego supimos, llevaba bastante tiempo viajando por Marruecos (dando tumbos), sólo con una breve bolsa de plástico arrugada y al parecer (según deducciones aventuradas) no tenía pasaporte. ¿Le habrían robado o era una desertora italiana, ex combatiente en una empresa de cosméticos al por mayor altamente venenosos, dada por completo a la fuga? Parecía muy feliz, un poco ida. (Las cerezas maduras me encharcan la boca.) La perdimos de vista nada más pisar Essaouira. Se quedó atrás, hablando con un chico joven que ofrecía apartamentos. Luego, inexplicablemente, cuando llegamos a la plaza ya estaba allí (¿cómo diablos había llegado antes que nosotros?), serpenteando sus caderas gruesas y su bolsa de plástico por entre las mesas de la heladería. Creo que sabía perfectamente adónde iba. Su camisa rosa brillaba al sol.

El viaje fue extraño e incómodo, pero agradable. Los paisajes áridos e interminables; parecía que el terreno nunca iba a doblarse hacia el Atlántico.

Essaouira está azotada por el viento y la arena en una constante muchedumbre de gaviotas. El puerto está custodiado por esos enormes animales con alas y una hilera de cañones, algunos construidos hace siglos en España, que se asoman por los agujeros de la muralla. El mar es marrón en sus primeros kilómetros, y el cielo no termina nunca de ser azul; un blanco amarillento, pero muy luminoso, se funde en lo más alto con un celeste desvaído, imperceptible. Las rocas permanecen, batidas una y otra vez por el agua y el fuerte viento. Tienen pinta de ser peligrosas. Huele fuerte a sal y pescado crudo, igual que en Isla Cristina. El significado de este olor en mi vida es antiguo y profundo, así que el paisaje no me sorprende, tiene la costumbre de lo familiar. No llego a impactarme hasta que estoy en el centro de la medina, agachando la cabeza para sortear túneles, o eligiendo peces desconocidos en las entrañas del mercado, mucho más tarde, dilucidando bajo el sol el precio de una sandía, esquivando a los enfáticos vendedores de hachís (aquél de ojos traicioneros) y a los niños (con sus preciosos ojos) que intercambian monedas de euro. Nuestra casa, una vez más, es increíble. Engañosamente octogonal, tiene ventanas que dan a la plaza y otras que dan a la calle. Los techos altísimos, los balcones azules, de amplia luz, colonial. Un laberinto de camas y sillones. Preciosa. Nos gusta tanto que nada más entrar barajamos la posibilidad de quedarnos aquí toda la semana (y secretamente tranquilizados, deshacemos las maletas, revoltosos). Pero ambos sabemos que no es así. Que acabaremos yéndonos el día previsto. Porque queda el otro lado, las carreteras polvorientas, el desierto, la nada. Y es eso lo que realmente andamos buscando.

Me gusta esta ventana para escribir y desayunar (leer a la altura del segundo café, del primer cigarro del día, ya el estómago saciado de pan redondo de abundante miga, con aceite y queso blando de cabra). La ventana (un balcón, en realidad), da a la plaza. Ésta es bulliciosa, pero lineal. A excepción de los autóctonos que miran el fútbol en el café de France, en las terrazas se sientan los extranjeros en sillas de mimbre, con sus periódicos, y la gente que pasea (siempre va la gente de un lado a otro de la plaza, con cámaras de fotos los turistas y con artesanales carros de madera los marroquíes) tiene un destino fijo, no se mueve en círculos concéntricos como en Marrakech.


(El agua dulce de un melón me llega, todavía fresca, al estómago.)


Luego, en la pereza de la tarde, abrir los ojos, cuando el vientre se rompe con un grito, y ver el techo encalado de esta casa, sus altas vigas de madera marrón oscuro, la luz de turbio blanco subiendo hacia lo alto, justo antes de que cante el muecín.

jueves, 21 de junio de 2007

Essaouira, 2 de junio de 2007

En Marrakech, comenzamos por pagar el triple de lo establecido por un petit taxi que nos llevó al hotel, milagrosamente. El hervidero empezó nada más salir de la estación de tren y despedirnos de nuestros mínimos amigos. Los ofrecimientos eran apabullantes y de varios tipos: apartamento, taxi, hotel, portear nuestras maletas…

Hacen falta muchos reflejos y una profunda calma. Yo no tuve ni lo uno ni lo otro, y esta sensación que no sé explicar me duró treinta y seis horas. Todo lo apacible se me quedó en el amplio encuadre de las ventanas del tren. El viaje en taxi era algo más que una locura controlada. El tercer hombre que había participado en el sistema organizativo de capturar turista para introducirlo en un taxi en contra de su voluntad era el que conducía. Menudo, viejo y con barba. Puso la radio muy alta y se deslizó, bruscamente, al interior del flujo marabunta que son las avenidas de Marrakech. Nuestras pertenencias iban en el maletero, pero no cabían (porque el maletero era muy pequeño, no porque fuéramos cargados de baúles como los Bowles), por lo que la puerta trasera iba abierta y las maletas se balanceaban con los baches a punto de caer a la calzada y ser aplastadas por el río desordenado de ruedas a nuestras espaldas. No parece haber reglas para conducir allí. Imagino que hacen falta varias semanas o meses para comprender las órdenes implícitas de circulación.
Nuestro hotel, el Ali, estaba al borde mismo de la plaza de Marrakech. Un riad viejo y sin ornamentos. (Mastico infinitamente las almendras antes de tragarlas.) La habitación, muy amplia, sólo adornada por un teléfono mal enganchado a la pared y un espejo donde se reflejaba alguna que otra cucaracha pequeña y con transparencias. El calor flotaba espeso en todo el habitáculo, el aparato de aire acondicionado era un adorno y la ventana encajaba en un redoble de la pared desde donde no entraba ni un soplo de aire del patio central. Nos llegaba claramente el escándalo de la plaza. Es un ruido de feria, alegre pero con tintes oscuros o macabros, interminable. Contamos el dinero, lo escondimos (¡lo escondimos!) y salimos a la calle, con una sensación de finales de julio en el cuerpo, de calor nocturno y pegajoso. Ése era el sentimiento que más codiciaba, el del sudor. La plaza se derramó, viva, delante de nosotros. De lejos no parece una plaza, sino un campamento inmenso en medio de una explanada de arena, con hogueras ardiendo en la noche y el humo perdiéndose en lo negro del cielo. Una multitud. Un jaleo. Pero no me sirve del todo esta palabra, igual que todas las palabras se me quedan incompletas en estas descripciones, en cualquier forma que intento de sustantivizar Marruecos. El jaleo implica una falta de motivación, una relajación implícita en el mero hecho de llevarse a cabo, una finalidad en sí mismo. El movimiento de hormiguero y bailes de zigzag de la plaza de Marrakech (la piel áspera de una uva blanca se me atasca entre los dientes) se ramifica hasta la extenuación en una maraña de motivos. Explícitos, quizá; para mí, muchos incomprensibles.

Miguel dice que mi interés por ahondar en el pensamiento y los instintos de las personas es porque necesito comprender a todo el mundo. A lo mejor es cierto. Aquí no puedo. Me bloqueo. Quizá por eso, también, tenga miedo. Un miedo que se queda insuficiente en su semántica y que se va difuminando más o menos rápido. Me conformaría con “creer” que los entiendo, con engañarme a mí misma. Para aflojar, para arrastrarme, dócil, por la corriente.

Con diferencia, la plaza de Marrakech ha sido la realidad más distinta en la que nunca me haya perdido, pero aun así guarda todas las connotaciones propias de mi entorno más remoto. De lado a lado: sí y no. Intimidación y sorpresa. Fuera las barreras del contacto físico. En la calle, nadie tiene parcela privada de aire. Todo pasa rozándote el cuerpo, tocándote, como cuando atravesando un bosque las ramas se pliegan en tus hombros y te acompañan durante unos pasos, inconscientemente, sin importarles salirse de su ruta. Y las miradas. A cualquier altura unos ojos en tus ojos, barriendo las distancias visuales de occidente. Todo esto, claro, así de vívido, es sólo al principio. Choque cultural, se llama, ¿no? Gran choque, en mi caso. Está bien viajar a Marruecos para airear tus prejuicios. El prejuicio te paraliza. La desconfianza. La masa que formáis tú y tus pertenencias es una masa atemorizada, celosa de sí misma y enormemente torpe, por no decir ridícula. No hay ningún hálito de literatura o atractivo en un turista acobardado, receloso. Es tan triste. Y tan inevitable para mí en las primeras treinta y seis horas: tras el sueño lánguido y profundo, reconfortante, de la cama de Marrakech, calurosa y amplia, de sábanas cálidas y grisáceas, alegremente fui a desayunarme un zumo de naranjas recién exprimidas a uno de los puestos de la plaza. Luego, de camino hacia el zoco, buscando un café, una señora a la que sólo se le veían los ojos me apresó la mano con firmeza mientras me engatusaba con lindos piropos y me dibujaba a una velocidad asombrosa una flor de henna que empezaba en muñeca y acababa en mi dedo meñique. La propina obligatoria que sus ojos de furia nos pedían, gesticulando y gritando en medio de la plaza, ascendía a uno doscientos cincuenta dirhams. Una fortuna. Se quedó en unos cien, para huir rápido del primer asalto. Una barbaridad igualmente. Nuestro aspecto, sentados en la terraza del café, junto a los nuevos colonos franceses, que se movían entre las mesas dándole órdenes al camarero y abrazándose lasciva y efusivamente entre ellos conforme iban llegando, debía de ser espeluznante, patético. Yo con el ceño fruncido y la mano recién lavada (los restos de henna están intactos; una flor pintada, parece, con un rotulador grueso y naranja), Miguel mirando al infinito de los aguadores y los encantadores de serpientes, bebiéndose el café a empujones violentos. Un cuadro.

Recibo un mensaje al móvil de mi hermana pequeña: “¿Has dejado ya de verlo todo distinto para darte cuenta de que la extraña eres tú?”.

martes, 19 de junio de 2007

31 de mayo de 2007. Casablanca.

Hemos llegado a las anchas tierras de África. Me siento intimidada, complacida y silenciosa. Otra vez no hablo los idiomas reinantes, ni el francés ni el árabe, pero aquí parece dar igual. Aún se conserva la importancia de los gestos. Estamos en Marruecos. No hay nada engañoso en las afueras del aeropuerto de Casablanca. Rebaños de vacas (Miguel se extraña: pacen un prado inexistente), de cabras y extensiones largas de tierra amarilla. Chabolas. Puntos de color, que son mujeres andando por los caminos. Tendederos entre los matojos. Algunas construcciones de color rosa. Es difícil escribir en este tren.


2 de junio de 2007. Essaouira.

Llevamos tres días en Marruecos. El principio, digamos, no ha sido fácil. O no fue fácil desde que pusimos un pie en Marrakech. Porque el viaje en tren desde Casablanca (donde almorzamos medio pollo asado con una salsa deliciosa y yo bebí por primera vez en mi vida Coca Cola durante la comida) fue un verdadero placer. Miguel compró billetes de primera clase que apenas costaban unos dirhams más que los de segunda, y casi me pareció una primera clase mucho más agradable que los impersonales asientos del Ave. El tren tenía compartimentos alineados a lo largo de un pasillo donde se puede fumar. En el nuestro, de seis asientos tapizados con un estampado universal, iban dos señoras marroquíes, dos turistas americanos e hinchados, y nosotros en medio, sentados uno enfrente del otro. El sol de la tarde entraba por mi derecha, iluminaba nuestras caras y calentaba nuestras piernas. Ésa es la primera sensación pacífica que tuve de Marruecos: un sol tremendamente cálido que se arroja con suavidad sobre tu cuerpo a través de las ventanas de un tren de lenta velocidad; cruzamos las tierras baldías y hermosas del centro del país, apenas nos encontramos con construcciones, con caminos marcados: rebaños de cabras gobernados por niñas púberes y alguna que otra casa crecida de la tierra.

Leemos nuestros libros. El neoyorquino ancho que está a mi derecha empieza a roncar con ahínco, duerme con la boca entreabierta y le asoma un chicle rosa de los labios, una pequeña masa elástica apenas masticada; se ha dormido justo con los inicios del traqueteo, y seguirá roncando durante las cuatro horas consecutivas. Hablamos español alegremente, pensando que nadie nos entiende. Pero la mujer marroquí más joven, sentada junto a Miguel, sí nos entiende y empieza a hablar con nosotros. Viaja con su madre. Nos cuenta que viven en Tánger, que está casada y tiene tres hijas, que sus padres se divorciaron hace años y su padre siguió viviendo en Marrakech. Tanto su padre como su madre se casaron de nuevo. Ahora van a visitar a la familia, su padre ha muerto hace poco. Miguel dice “lo siento” y ella responde “así es la vida, ¿no?”, con un tono entre la ironía y el contento que me extraña (aunque no tiene por qué), como si en realidad poco le importara, pero estoy casi segura de que es por lo inconveniente de los idiomas. La madre no habla español, quizá tampoco francés (cuando la conversación gira en ese idioma tampoco abre la boca), y está más seria que la hija, pero me gusta su presencia a mi lado. Advierto que su aliento tiene mal olor. La hija, en cambio, ataviada con un pañuelo verde en la cabeza, que se arregla una y otra vez a la altura de las orejas, tiene unos dientes grandes, limpios y con un corrector de metal en ellos. Su amabilidad es gratificante, nos regala una botella de agua y luego unos dulces de almendras, pequeños y jugosos. Hablamos mucho a lo largo del viaje. Hay en ella un deseo de agradar ambiguo, sincero pero algo forzado en la postura: pretende ser alguien moderno y de hecho lo es, pero se excusa y se esfuerza a la vez. Se excusa, por ejemplo, de la pobreza de las casas que aparecen a lo largo de las vías. En algunos momentos tenemos una conversación algo metafísica, de frases trascendentales: ella dice que el divorcio es lo más triste del mundo y también, más adelante, habla de lo corta y hermosa que es la vida y de lo poco que la disfrutan los marroquíes. Dice que lleva once años casada, en Tánger, y que no ha vuelto a viajar desde entonces, se queja de falta de tiempo, de que nunca se pone de acuerdo con su marido para coincidir en las vacaciones. Se nos pasan los años, dice, y sólo pensamos en las preocupaciones cotidianas, sin buscar un hueco para disfrutar.

Llegando a Marrakech, la tierra gruesa y desértica empieza a ser roja. El sol se va poniendo y enfatiza el color de los valles abultados. Miguel y yo salimos al pasillo a fumar. Observamos el paisaje, es justo lo que queremos, ese tipo de belleza árida, absoluta. La luna aparece, levantándose desde el horizonte, naranja y espléndida. Todo resulta pacífico y verdadero. Nuestra amiga de Tánger parece no sentir simpatía por los yanquis. El señor sigue roncando y su mujer se disculpa con la mirada. Tiene el pelo largo y de un rubio sucio, tirando a naranja. Lleva un sombrero de ala ancha negro, de paja pintada. Es típicamente norteamericana en lo que respecta a fealdad y colorido. Muy simpática. Miguel sale a charlar con ella al pasillo, fuman juntos. Hablan muy animosamente, con grandes risas. A nuestra amiga marroquí creo que no le gusta, hay un leve sentimiento de decepción en sus ojos. Yo me he dormido durante tres cuartos de hora y ella me ha despertado diciendo que estoy muy guapa cuando duermo, “no como los gordos”, ha dicho, en voz muy alta. Me siento en deuda con ella, de todos modos, por todos los consejos que nos ha dado, pero el tren llega a Marrakech y yo no sé ofrecerle nada. Nos despedimos, sin más. Su madre sonríe.

Afuera, la ciudad es una fiesta oscura.

miércoles, 30 de mayo de 2007


Nos vamos a Marruecos.
Al sur.
Quería dejaros algo que ocupara esta huida de varios y largos días.
Y me he decidido por lo ajeno.
Pablo Gutiérrez, el primer amigo-hombre que tuve, con todas sus consecuencias (y la infacia que se nos iba), me envió hace unas semanas un correo en el que me adjuntaba, como cualquier cosa, este texto suyo.
Aquí os lo dejo. Yo lo disfruté tanto apretándome el paladar con la lengua (de nada sirvió).
Las gracias a él por prestarme estas letras, y a vosotros por todo lo demás.


"Mi mujer dice que haga una lista. Me da un cuaderno y un lápiz, como si fuera un escolar. Pongo su nombre con redondillas y ella dice no me jodas, arranca la hoja y llora.
Llora. No como una niña, ni como una vieja que piensa en que ya no vienen a visitarla. Llora de aburrimiento. De verme feo y sin uso, incauto.
Le pido no me dejes. Ella enciende la televisión y me mira como diciendo dame tregua, no te rebajes, vete de putas, véngate, date cuenta de que hace seis meses que no te beso, un año que no te hurgo, dos que casi no hablo contigo; dice grita, bebe, da un portazo, mátate con el coche, escapa de mí, piensa que te he reventado, que te he rajado la vida, que me he cagado en tus ideas, en tu identidad, que te he rascado por dentro y he soplado dentro de ti como dentro de un cristal fundido y luego te he estrellado contra el suelo.
Mi mujer dice: haz una lista, llévate lo que quieras. Lo que quieras. Menos a mí.
Y pienso: quiero

una guerra
un sótano
ella y yo refugiados
astillas, barriles de vino, mantas de arpillera
le digo
no tengas miedo
no llores
pero ella llora en mi camisa
y su cuerpo tiembla
(sopla cálido, del sur)
como los árboles que veo desde la habitación

Quiero, firme: guerra, invasión, pogromo, un treblinka contra occidentales aburridos, la nefanda raza de los occidentales anodinos que -brama en sus micrófonos el líder- hunde nuestra nación con sus banalidades (fiebre de aplausos, las juventudes antinsustanciales
golpean el suelo con sus estandartes)
Quiero (pienso) un ombligo para los dos, el hilo de oro que nos cosa las costillas.
Quiero que no te vayas. Mejor, firme: quiero que no tengas adónde."

Pablo Gutiérrez

martes, 29 de mayo de 2007




A J.B.


Busco al diablo a veces
entre la maleza.
Yo sé que el diablo
no existe
y quizá por eso
busco.

Hurgo en la hierba
espinosa
y pienso
en las cuarenta posibilidades
del amor.
La bienvenida de una araña
no me pertenece.

Siento la tierra
pegada a mis
uñas,
hundiéndose
en lo más profundo
de las interrogaciones
de los cimientos
baldíos.

El viento llega
tenaz
como un espejismo
disparatado
de azoteas
alucinógenas
y de ojos triples.

La montaña hace
una sombra
clara
sobre mi nuca.
Estoy agachada
en mi porción de bosque,
conversando con las lombrices
rojas,
infinitas.
A todos los seres pétreos
les pregunto por ti,
por si acaso te han visto,
espectral,
atravesando la noche de mi jardín.
Con los vivos me avergüenzo.
Cuando tu nombre sale,
indómito,
en los periódicos y las conversaciones,
yo sonrío, hipócrita,
como si en verdad te conociera.

Imagino las ciudades a tus espaldas,
recuerdo algunos sueños
que no fueron tuyos.

Fuimos,
con toda probabilidad,
un par de amigos
o algo
levemente parecido.
Con independencia de la racionalidad,
muy a menudo añoro
una letra tuya
inhóspitamente hospitalizada
en el dorso de mi mano izquierda,
la que aparta
(infantil)
el trigo verde,
por si te encuentra.


Zarzalejo, 27 de mayo de 2007

jueves, 24 de mayo de 2007

Autobús 53. Madrid, 21 de mayo. 20:17 h.

No alimentemos el rencor.
Por ejemplo nunca.
Repetir.
Por ejemplo nunca.
Recopilar los colores
(los jardines han brillado
en la ciudad:
púrpura, amarillo,
verde limón).
Asumir que de alguna manera
taciturna,
de pronto se nos quiebra el sentimiento
y una simple negación
o un triste reglamento
nos agacha el alma.
Pero es sólo un minuto.
Hacer que sólo sea un minuto.
Repetir.
Hacer que sólo sea un minuto.
En mi estómago
se cuece una manzana roja
y todo el cansancio del día.
Pero el sol mantiene el cielo alto,
todavía,
y la publicidad de los autobuses
me resulta ridícula
y absurda.
Ahí me agarro.
A esa sensación de extrañeza ante el mundo
que revoluciona sus civilizaciones.
Yo quiero estar cerca de las manifestaciones
del amor
(cualesquiera sean),
cerca
de la soledad de los libros,
y de vez en cuando,
de forma distraída,
sentirme útil

precisamente

por tanta inutilidad
bien disfrutada.

(Antitécnica poética utilizada: Robertianus Teransílabo)