jueves, 16 de diciembre de 2010

The General Song of Humanity

Estábamos algunos en un bar de la calle Espíritu Santo, en una especie de encuentro improvisado. Alguien estaba un poco borracho y otro alguien (yo) tenía ganas de estarlo. Casi todos fumaban constantemente y un par de ellos (nosotros) nos moríamos por encender un cigarro. Pero lo demás era perfecto, breve, efímero y espontáneo, con esa sensación de no saber de qué hablar, porque hace tiempo que, y porque pronto ya, y porque da lo mismo.
Roberto sacó algo de su bolsa, era un regalo para mí que había traído de Granada. Dos libros: una delicatessen, Apuntes sobre el arte de escribir novelas, de Juan Valera, publicado en 1934. Aún tiene los pliegos sin cortar. Y otro, la revista Litoral, concretamente el número de "Poesía norteamericana contemporánea", publicado en 1992. Qué revista fantástica. Pinturas de Andrew Wyeth, Tom Wesselman, Warhol, Jasper Johnes, Pollock, Gorky, Estes... Y una selección de textos de veinte poetas (Cummings, Lowell, Ferlinghetti, Sexton, Ginsberg, Wilbur, Plath... y más) traducidos por Ana Jordá y Charles Matz.
No es este un tiempo mío de leer mucho. Pero agarrar estos libros por el lomo, abrirlos, saltar de un sitio a otro, me recuerda que el tiempo llegará (siempre yéndose, ¡siempre!, hasta que aprenda a encarcelarlo).
Hoy subo (no sé por qué) la imagen de una mantis que vivía en mi antiguo jardín. En el parterre del porche. ¡La vi crecer! ¿Qué tiene ella de poeta norteamericano? Apenas la mirada, y es falsa. Pero un depredador nunca viene mal.
Como no sé qué texto elegir, abro al azar.

El canto general de la humanidad

Todo el mundo sabe que
en la costa de Chile donde vivía Neruda
las gaviotas roban a menudo
las cartas de los buzones
que les gustaría investigar
por varias razones
¿Enumero las razones?
Son bastante obvias
aun teniendo en cuenta el silencio de los pájaros sobre el tema
(excepto cuando lo comentan
a gritos
entre ellos)
En primer lugar
roban las cartas porque
intuyen que el Canto General
de las palabras de cada uno de nosotros
escondidas en aquellas cartas
debe sin lugar a dudas contener las llaves
del propio corazón de la humanidad
que los mismos pájaros
nunca consiguieron comprender
(teniendo en cuenta que en efecto dudan
de que exista en realidad
corazón en los humanos)
Y luego estos pájaros tienen otra sensación
que su propio canto general
puede de algún modo enriquecerse
por estos raros gritos de los humanos
(Qué extraña majadera idea
que nuestras risitas consigan iluminarlos)
Pero cuando se llevaron
las propias cartas de Neruda
de su buzón de Isla Negra
en realidad se las llevaron para recuperar
su propio Canto General
que él había reunido en un principio
de ellas
con su omnívora y estática
arrolladora visión
Pero ahora que Neruda ha muerto
no se escriben cartas parecidas
y no tienen más remedio que cantar una vez más de oído
la gran canción aguda
en el corazón de nuestra sangre y silencio

Cuernavaca, 26 octubre, 1975
Lawrence Ferlinghetti
(la composición de los versos en el papel no es exactamente así, advierto)

miércoles, 8 de diciembre de 2010

"Todo el mundo se ha ido de nuestras vidas ahora"

TU PERRO SE MUERE

lo atropella una furgoneta.
lo encuentras a la orilla de la carretera
y lo entierras.
te sientes mal.
te sientes mal por ti mismo,
pero te sientes peor por tu hija
porque era su mascota
y lo quería mucho.
solía canturrearle
y lo dejaba dormir en su cama.
escribes un poema sobre ello.
lo titulas un poema para tu hija
y trata del perro al que atropella una furgoneta,
de cómo te ocupaste de él,
lo llevaste al bosque
y lo enterraste hondo, muy hondo,
y el poema sale tan bien
que casi te alegras de que hayan atropellado
al pobre perro, si no, no habrías escrito
nunca ese poema.
entonces te sientas a escribir
un poema sobre la escritura de un poema
que trata de la muerte de ese perro,
pero mientras escribes oyes
a una mujer gritar
tu nombre, tu nombre de pila,
ambas sílabas,
y tu corazón se para.
dejas pasar un rato y vuelves a escribir.
ella grita de nuevo.
te preguntas cómo va a terminar esto.

***

LAS JOVENCITAS

Olvida toda experiencia que implique ahora una mueca de dolor.
Todo lo que tenga que ver con la música de cámara.
Los museos en las tardes lluviosas de domingo, etcétera.
Los viejos maestros, todo eso.
Olvídate de las jovencitas. Trata de olvidarlas.
Las jovencitas. Y todo eso.

Raymond Carver, Todos nosotros, Bartleby Editores, 2006.
Traducción de Jaime Priede.


miércoles, 24 de noviembre de 2010

El asunto de los peces

Dice la doctora: eso es la columna vertebral.

Ajá. A los médicos jamás hay que contradecirles.

Se ponen fatal.

Y, además, ahora que lo veo (aunque no lo sienta así), quizá esos puntos blancos…

Puede que tenga razón.

Me gustaría decirle que es mucho más bonito espina dorsal.

Pero solo digo: sí, sí.

Yo cuando estoy en casa también presiono con mis dedos de esa forma en que ella lo hace pero no soy capaz de notar nada. Vísceras, en todo caso. Y los huesos de siempre, más hundidos. Ella, otra vez: la columna vertebral.

Tengo los ojos entornados: ajá.

Intento evadirme, espina dorsal, espina dorsal, espina dorsal.

Es mucho mejor todo el asunto de los peces.

Dice la doctora: todo desnatado. Todo sin grasa. Todo sin.

Yo pienso en la mesa tras la cena; vitalínea, philadelphia light untado en pan transparente, nada más que plástico, al final. Y la leche desnatada, tan fina como el agua. Delgadísima.

Dice la doctora: si te duele, tendremos que prohibirlo. Oh, ella no utiliza esas palabras, prohibir y etc, pero se nota en sus ojos que es justo lo que quiere decir. Luego sonríe como si sintiera afecto.

La conclusión es que no hay ganas de nada.

De dormir muchas horas. Sí, de soñar, como hoy, con dos personas obesas que perdían juntas su virginidad y eran felices. En el sueño, yo me hacía una amiga nueva, sentía la fascinación propia de esos casos.

En realidad, lo de la espina dorsal me gusta.

Cierra los ojos, asuntos de peces, y mira: esos puntos blancos, alineados, perfectos. Es la columna vertebral.

domingo, 21 de noviembre de 2010


La Menuda se va. El 12 es su último capítulo.
Gracias a Salvador por hacerlo posible.
Y a los que la han acompañado.



martes, 16 de noviembre de 2010

Tiempo atrás, después del tiempo de silencio

Último día de agosto de 2010, Las Negras

Con las uñas lacadas de rojo, con las piernas cruzadas en el suelo de terrazo, froto la ropa en un barreño. El agua se ensucia y la espuma del detergente Ariel para lavar a mano va desapareciendo, denso, líquido, gris, blanquecino…

Es el último día de agosto y es martes. Tercer día desde el sábado. El sábado es el primer día o el último.

El sábado es el día nunca o el día siempre. El sábado es el día desembarco de Normandía o el día Chernóbil o el día Nagasaki o, cómo no, el día juicio de Núremberg. El sábado es el día que asesinaron al príncipe austriaco o el día que EEUU bombardeó Irak por primera vez.

La gente está abandonando el verano. Hay viento de levante: palmeras enmarañadas y el mar un poquito caótico.

Esta mañana madrugamos mucho y fuimos a la cala del Carnaje. Es una playa del futuro. Fuimos los primeros en llegar y el ruido admonitorio del mar arrastrando las piedras fue solo para nosotros. Pero: viento, avispas, la soledad del adelantado. Trepamos a las dunas de cantos rodados y recogimos la basura que habían dejado allí los hombres del pasado: un bidón gigante azul, una garrafa blanca, latas de fanta de limón y papel de aluminio. Con nuestra estúpida inocencia generacional, deshicimos el camino hasta el contenedor, varios kilómetros atrás. Tuve que pararme a beber agua. Ya en el coche, ni siquiera eran las 11 de la mañana.

No fumar es tan difícil como suponía. Por las mañanas todo es un tobogán de actividad para ir adelantando horas. Pero el pensamiento, la inquietud de que te falta algo, algo pequeño que te pertenece y que aunque nunca es totalmente satisfactorio te ata al mundo y te conquista. La tarde tiene la tristeza del castigado. Tras el sexo temprano de la siesta, la saliva en la boca contiene el sabor a saliva ajena y a flujo y a residuo de pliegue e inevitablemente el orgasmo ayuda a salir de la depresión. Revolución: fumemos. En menos de diez segundos el cigarro está liado y entre mis dedos y el humo me envuelve y el espejismo de que todo sigue igual, de que nada de Nagasaki ni de desembarco de Normandía ni de Núremberg ni mucho menos Bush se atrevió a bombardear no sé qué ni Obama a retirar ninguna tropa de no sé dónde. La felicidad, en cualquier caso, dura poco.

Todo ha cambiado. Todavía no sé qué es lo que ha cambiado pero ahora los días pasan con otra lentitud. Es difícil matar los periodos solares. Hoy nos hemos escapado pronto de casa y estamos escondidos en el salón solitario de un hotel, resguardados del viento y de la vida. A la tarde no hay quien la mate ahora que la gente abandona el verano y que yo no puedo fumar y que no sé cómo sentirme. Si alguna vez tengo entre las manos una importante suma de dinero, espero reaccionar con más madurez, o al menos que la parálisis no dure tanto.

Aunque tres días no son tanto.

Encontraré el sentimiento o el equilibrio, lejos, de vuelta a casa. Quizá me dé cuenta allí de que la última semana en el Cabo de Gata del verano de 2010 fue un temblor natural, un desasosiego natural, un desierto, una contradicción, la precipitación de un deseo.

La última vez que estuvimos solos.

martes, 5 de octubre de 2010

Dinesen, sonrisa

No bien ha llegado uno a la juventud, y es feliz, cuando la
naturaleza de las cosas lo arroja al matrimonio, al martirio y a la vejez.
Y los seres humanos se aferran a esa situación. Sus vidas pugnan
por sujetar fuertemente el instante, y luchan contra una force majeure;
su arte no es sino un intento de atrapar por todos los medios un
momento concreto, un estado de ánimo, una luz, una belleza fugaz de
una mujer o de una flor, y hacerlos durar eternamente. Es un error,
pensó, imaginar el Paraíso como un estado inmutable de dicha. Al
contrario, probablemente se revelará, en el verdadero espíritu de
Dios, como un fluctuar incesante, un remolino de cambio. Sólo que,
para entonces, puede que te hayas fundido con Dios, y haya empezado
a gustarte. Pensó con profunda tristeza en todos los jóvenes que a
lo largo de los siglos habían sido perfectos en belleza y vigor —jóvenes
faraones de rostro limpio cazando, en sus carros, a lo largo del
Nilo; jóvenes sabios chinos, vestidos de seda, leyendo bajo la sombra
de los sauces—, que se habían convertido, en contra de su voluntad,
en defensores de la sociedad, en suegros, en autoridades en el terreno
de la nutrición y la moral. Todo lo cual era muy triste.

Fragmento de "El mono", de Isak Dinesen, en Siete cuentos góticos (no sé de quién es la traducción).

domingo, 26 de septiembre de 2010

viernes, 10 de septiembre de 2010

He lanzado tooodos los papeles al aire. Solo había 47 páginas, el resto estaba agazapado en una Carpeclassic azul con gomas. Menos mal. Las 47 páginas han volado (poco, confieso) por el cielo de mi habitación y luego han caído al suelo, alguna se ha escurrido por debajo de la puerta. Recógelas, me ha dicho, no dejes eso ahí ni un minuto más. Y no las amontones encima del escritorio, ordena las páginas. Con el trabajo de uno no se juega. El trabajo de uno hay que respetarlo.

¿Y con qué voy a jugar entonces?

El trabajo de uno es una condena. O a lo mejor la condena es uno mismo.

He dejado todas las páginas abandonadas por el suelo durante un rato. He recogido los folios y los he amontonado sobre el escritorio. Lo he ordenado todo: 26, 43, 35, 16, 24, 11, 31, 6… Entonces luego: 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7…

Bla bla bla.

Ya no te quiero.

sábado, 4 de septiembre de 2010

Regreso o bienvenida



La noche puede alargarse durante años.
[Ten cuidado.]

martes, 20 de julio de 2010

Escrito en las páginas de cortesía de un libro de J. G. Noll

Chirrido de columpios en el fresco verano de la montaña,

son dos niñas,

una está desnuda y la otra lleva vestido de volantes.

Detienen con sus pies los sillines colgantes y hablan.

No puedo oír lo que dicen.

El misterio de su conversación infantil es lo más controvertido de la tarde.

Ahora que he superado la fase de autoafirmación quizá llegue el momento de las mentiras.

Una amiga me dijo el otro día que he cambiado mucho.

Tienes los pies más en la tierra que nunca, afirmó.

En su mirada había amor y también miedo.

No sé si aquello era un piropo o la desesperanza.

domingo, 18 de julio de 2010

viernes, 2 de julio de 2010

There is a light that never goes out

Estoy harta de un cielo predominante de tormenta. Te escondes por aquí, avanza por allí, no hay escapatoria.

Piso inmune a algunas hormigas con mis sandalias rojas de goma y quedan medio muertas, intentando enderezar sus cuerpos aplastados para continuar el camino. Luego desisten, cuando les llega el fin, no antes.

En las fotos que cuelgan de mi pared hay una mujer de Godard que enseña los pechos a otra con cara de indiferencia sádica, se levanta la camiseta con ambas manos. También están los existencialistas exóticos en Tánger, una de ellos con su pierna rígida y un poco deforme. La mujer de Godard me divierte, a los existencialistas exóticos los envidio.

Como no es verano (lo repetiré, lo repetiré) continúo con mis pensamientos arcillados: el presidente del gobierno produce, entre otras cosas, lástima. Es mucho más amortiguador sentir lástima y un poco de vergüenza ajena que terror: todo lo demás me da terror y como soy una simple exterminadora de hormigas cierro los ojos y no hago nada. Ni siquiera pronuncio las palabras turbias porque es más fácil el acolchamiento: nada existe aparte de esta pantalla, este gato que me mira, estas agujetas en las ingles y los tibios planes de infuturo. En paz con Hacienda, tristemente guardadas las monedas, repartidas en cajoncitos de putrefacción colonial y adormilada, el recuento del mundo cae desbordado al final de la conciencia. No es solo hacer zapping con los ojos abultados de mentiras, es mirar cada alimento que te comes como si fuera veneno, lavar bien cada pieza bajo el agua fría y frotar la piel, limpiar la cáscara de todo lo que nos mata y luego comer con codicia porque ya estamos muertos. Hacerse el tonto y menear la cabeza hacia el lado equivocado: como chinches se tiran al suelo los desperdicios de la humanidad, estamos tan a salvo que damos asco. Pablo Gutiérrez me envía un cuento recién escrito que me abofetea: su lucidez asusta mi inconsciencia. Guillermo Saccomanno dice todo lo que soy incapaz de decir. Lo dice así, tan fácilmente, tan descuidadamente como una llaga abierta donde entra toda la suciedad. Imagino que soy apenas una niña otra vez y The Smiths hablan por mí:

Take me out tonight
Because I want to see people
And I want to see life
Driving in your car
Oh please don’t drop me home
Because it’s not my home, it’s their home
And I’m welcome no more

Pero ya ni siquiera es eso, porque yo llegué demasiado tarde a The Smiths. Ponerlo a todo volumen no me arranca las lágrimas. Demasiado tarde. Conduzco por estas carreteras cerradísimas y hermosas y me meto en el agua con el bañador negro apretado al vientre. Durante veintiocho minutos el fin está claro: es esa pared de enfrente con los azulejos brillantes. Limitarme a la densidad de mi cuerpo. Convertir lo ajeno en insatisfacción. Alejar las preocupaciones (manta kilométrica de diablos). Sobre la almohada por fin me sumerjo en Baudelaire. El ruido del lápiz sobre el libro de mi padre despierta al insomne. Es tan extraño ese pozo inmundo de belleza cuando ya no lo habitas y tu corazón se sacude las obsesiones pero las obsesiones sacuden tu corazón. Un grupo de amigos nos reunimos: unos cuantos hablan y hablan durante horas sobre la situación actual. Yo escucho intentando aprender algo, pespunte a pespunte cada barbaridad, dan soluciones imposibles y se regodean en el desastre con indolencia (¿es que es posible regodearse en otra cosa?). Al final de todo, agarrada a la inocencia como si fuera mía, pregunto: ¿y qué va a pasar? No recuerdo la respuesta. No la recuerdo bien. Sería alguna tontería de cuatro letras.


miércoles, 30 de junio de 2010

Allí.

Lloraba porque quería estar en otro lugar.
Fugarme a mi esquina del planeta.

lunes, 21 de junio de 2010

No tengo cámara web

soy tan informáticamente pusilánime que las cámaras web me dan miedo

cuando voy a un ciber, y ese ojo me mira agarrado al borde superior de la pantalla, lo aparto de un manotazo, por si acaso

¿por si acaso?

confío confusamente en la individualidad y en algunos de los motivos necesarios de la independencia íntima

lo aparto de un manotazo

(en realidad me da vergüenza)


Cuándo vamos a dejar de hablar del fin del mundo

yo cuando tenga tiempo dejaré de hablar del fin del mundo

empezaré a hablar del mundo sin fin

esa mentira

Cuando tenga tiempo a lo mejor me tumbo en mi jardín, lleno de mala hierba, seco (qué súbito ha sido todo), y con los brazos extendidos espero a que suban los insectos hasta que me pique todo el cuerpo

pero lo que es realmente seguro es que me sentaré en una silla, con cuidado de que las garrapatas no transiten mis tobillos, y esconderé mi cara del sol bajo un sombrero, para poder leer durante horas sin dolor en los ojos


Otra vez me esperan los libros, sobre todo uno de ellos; impacientes, olvidados


Incluso cuando el verano prometa consecuencias

yo estaré obsesionada con las causas

dicen que ha llegado ya

pero tú y yo sabemos de sobra

que está aparcado a la vuelta de la tierra

escondido de nosotros

los que aún no somos capaces de desnudarnos.

sábado, 19 de junio de 2010

Mientras espero a que regrese el verano.

jueves, 10 de junio de 2010

Viernes 11 de junio, a partir de las 19 h
en la librería La Central (Madrid)
presentación de Siglo XXI.

He intentado poner las fotos de los autores y la invitación,
pero Blogger hoy no está de mi parte (las fotos salían enormes y cortadas por la mitad),
así que para verlo bien, en el blog de Fernando Valls, por ejemplo.

¡Gracias!

martes, 8 de junio de 2010

BRASIL, número cinco


14 de mayo de 2010, centro de Río de Janeiro.

Junto al promontorio de tierra que separa Ipanema de Copacabana, las olas rompen fuertemente y se abren al cielo formando altos túneles para los surfistas más experimentados. Nos sentamos en la piedra, con los pies colgando, a verlos cabalgar. ¿Este océano nunca para? Ayer hizo un día de sol. Caminamos por la orilla de Copacabana dejando atrás los puestos de sillas de plástico donde ofrecen bebidas por 3 o 4 reales. Gente de ojos oscuros arrastra carros o bicicletas con cajas de corcho, vendiendo comida junto a la pequeña lonja de pescado que ya están limpiando para cerrar. Copacabana es una bahía ancha y popular. Deslizo mis pies descalzos por la arena brillante y la espuma me moja lo tobillos. Copacabana es una bahía larga jalonada por altos edificios blancos. Una ola me cubre a traición y empapa mis pantalones de tela hasta las ingles. Decidimos ponerlos a secar en una terraza junto a la carretera, donde nos tomamos una caipirinha para abrir el apetito. Hay poca gente, pero el murmullo es sensible al movimiento. Nos intentan vender de nuevo gafas para la presbicia, pareos con la bandera de Brasil y cucuruchos de papel llenos de maní. No puedo, soy alérgica. A todo. Pasamos el día entre las calles del barrio, más histriónico que Ipanema, más alborotado que el elitista Leblon. Subimos al Pan de Azúcar. Tengo vértigo a veces. Cuando el sol nos deja, escondiéndose tras el Corcovado, regresamos a casa.

No llamamos a nuestros nuevos amigos, no huimos en la noche hacia Lapa, a ver música en directo, ni siquiera nos emborrachamos mucho. Escogemos pasar la última noche cerca de casa, visitamos otra librería, Argumento, donde uno de los dependientes abre discos plastificados para que yo pueda oírlos antes de comprarlos. Otro, encargado de los libros, intenta recomendarme literatura brasileña pero creo que no tenemos los mismos gustos y desisto. Acabo llevándome un clásico de Machado de Assis. La cultura está muy cara en este país.

Cerca de la medianoche, nuestra cama alta y blanca nos recibe con indolencia, cansada de nuestros juegos y de mis malos sueños.

Esta mañana hemos dormido hasta las nueve y media, algo inusual, un regalo del último día. Hemos dejado todo recogido para meterlo en nuestro autobús nocturno, y hemos subido al Centro en un bus de línea, con el aire acondicionado puesto, supongo, a 12º, como viene siendo normal en la ciudad. Mi garganta empieza a resentirse.

El Centro es otra cosa, es lo que faltaba. Adoro las islas, las carreteras secundarias, los desiertos y los centros de las ciudades. De pronto ha sido como si acabásemos de aterrizar en el país. El contraste es fuerte, con ese punto de locura de las ciudades mágicas. Altos edificios acristalados, montañas de hormigón de geometría dispar se mezclan con la piedra ancianísima y lo señorial y colorido de las casas coloniales. Ejecutivos, trabajadores, paseantes, mendigos, niños de torso negro y desnudo que te acarician el brazo o te ofrecen un servicio de limpiabotas, ningún turista. A la sombra de algunos árboles y de algunas sombrillas, cuando se nubla el cielo, corre un aire de tormenta que me estremece y cuando el sol cae me hierve el cráneo. No hay término medio. Nos hemos propuesto almorzar por muy pocos reales y creo que nos acercaremos a un bar gris, de mercado, donde te ponen 100 gramos por 1,25 reales.



Miguel, ahora mismo, escribe delante de mí después de mucho tiempo. Levanta la cabeza y se queja porque tacha muchas frases. No sé ya cómo decirle que nada importa.


Estoy en la Biblioteca Nacional. He tenido que inventar un cuento acerca de que investigo la historia de la literatura de Brasil para que me dejen entrar, hoy no era día de visitas. ¿Es posible que no visite estos lugares en mi país y aquí lo haga? No sé por qué me ha dado esta inquietud en este viaje. Apenas he leído cuatro páginas de un libro de João Gilberto Noll, Rastros do verão, a cuatro ojos con Miguel (siempre más fácil), y como he conseguido entender algo (bastante más que en cualquier otro idioma que no sea el mío), decido lanzarme a las librerías y llevarme una mínima porción de literatura brasileira en portugués. En unos puestos de saldo que había junto al mercado (creemos que perdiéndonos dentro de él es lo más cerca que hemos estado de Brasil desde que llegamos hace diez días, eso y una tortuga gigante nadando junto a mi barco), he encontrado por fin el libro de Jorge Amado que buscaba, Capitães de areia. En las librerías lo vendían en bolsillo a 25, 26 reales, aquí he encontrado una edición antiquísima por 5. ¿Por qué me lo llevo, qué sé de él? Apenas nada. Que fue publicado en 1927, que es la historia de dos niños. Un Oliver Twist de Bahía. Ni siquiera de eso estoy segura.

Estoy esperando a que me traigan el libro que he pedido. Estoy sentada en una silla vieja, de plástico azul, frente a una columna inmensa. Mi mesa es un pupitre de madera de hace un siglo. Tengo una placa que dice así: «Sua mesa é a 2. Na saida, entregue este cartão e os livros no balcão. Obrigado». Por fin me traen el libro, Os modernos, de Humberto Bastos. ¿Por qué este entre miles? Porque me gustó su nombre cuando pasaba las innumerables fichas del cajetín de madera 786, LIT BRA. Es mucho menos antiguo de lo que simula. Publicado en 1967, parece del siglo XVIII, por su amarillo y por su olor, que me hace estornudar. Habla de los revolucionarios literarios de la primera mitad del siglo XX. Allá voy. Afuera, suenan sirenas intrigantes. A mi lado, una señora pájaro teñido lee El poder de la Cábala y apunta signos extraños. Ya se ha hecho de noche. Queda poco para que esto acabe.



jueves, 3 de junio de 2010

BRASIL, número cuatro

13 de mayo de 2010, playa de Ipanema

No es lo mismo la playa de Ipanema al sol que la playa de Ipanema a la nube.

Antes de salir de casa, nos avisaron de que no pasáramos por la zona del metro General Ossório porque había una redada de traficantes. Se siembra fácil el escándalo en esta ciudad. Hemos cogido un autobús desde Leblon a Ipanema y no vimos nada extraño. Quién sabe.

No es lo mismo Río de Janeiro a la nube que Río de Janeiro al sol. Ipanema es una playa urbana que yo imaginaba mucho más salvaje, mucho más de los años cincuenta, más parecida a los desolados paseos marítimos de algunas playas del sur de Portugal. Su arena, sin embargo, es de azúcar, es cierto. Hoy está salpicada de gente y cada minuto viene alguien a ofrecerte algo: un tatuaje falso, un vestido de color chillón, agua, cocacola, limonada fresca o gafas para la presbicia. De las olas estruendo, dentro de las que se podría construir un edificio, salen a veces puntos negros que cuando están cerca se convierten en esculturas humanas que nadan contracorriente.



Anoche cenamos pizza en casa de Leandro Müller, en el barrio de Leme. Mientras nosotros charlábamos con Leandro (un escritor brasileño de dos metros de alto, rubio y de ojos azules, que habla cinco idiomas), su chica y sus amigos miraban el partido del Flamengo contra la Universidad de Chile. Perdieron los Flamengos, hubo gritos y maldiciones. Estar allí con ellos era como estar rodeados de amigos en cualquier piso destartalado de Madrid. Pero Leme está en Río de Janeiro. Así que estar allí con ellos era como estar en el barrio de Leme rodeados de amigos. Leandro también conoce a Felisberto Hernández y a Juan Filloy. Y a Roberto Arlt. A él lo encontramos en la librería Travessa, uno de los paraísos de Río. Entre las estanterías repletas de libros (más biblioteca que librería) nos invitó a su casa y nos recomendó al poeta Drummond, del que he comprado una antología. Espero entender algún poema.

La arena de Ipanema, cuando se me queda pegada al torso, es realmente azúcar. Trasparente. La chuparía para deshacerla con mi saliva.

Es una injusticia irse mañana de Río en un autobús nocturno hacia São Paulo. Volver a España, con toda su cuadrícula vital que en realidad es un triángulo o un hexágono. Sopla el viento en Ipanema. Ayer cayeron tantos chaparrones (sin violencia, en horizontal, como ríos) que subió tristemente mi nivel interno de desasosiego. No es nostálgica la lluvia de Brasil pero no soportaría ahora un otoño de nuevo. Las sandalias de goma, mojadas, los pies mojados, los hombros. Una humedad infeliz. La contra-amenaza. Por muy lejos que uno se vaya no. Pero tan, tan lejos, es cierto que. Miguel me pide que le escriba una palabra en la espalda con mi pilot rojo. La tinta es rosácea sobre su piel. Si un rato más nos quedáramos aquí. Hasta que se nos desgastara el conocimiento. Me dice frases bonitas, yo las recibo cálidamente al sol. Me dice: no hay prisa; y yo sigo escribiendo.

Dicen que esta tarde lloverá de nuevo, pero el cielo es de un celeste caribeño. Está bien, no me importa. Los coches frenan con agresividad y el viento sigue soplando desde el mar.

martes, 1 de junio de 2010

Brasil, número tres

Río de Janeiro, 12 de mayo de 2010

En realidad no es invierno, es otoño. Pero cuando regresemos a Madrid será primavera, ya gorda. Y por momentos es completamente verano (llevo bikini bajo la ropa y calzo chanclas de goma), y a veces, como es natural, quedan las avenidas de Río de Janeiro inundadas de charcos otoñales.

Solo llevamos aquí dos días y la isla ya es un pasado reciente y añorado, de esos que te pillan por sorpresa cuando los recuerdas y te llenan de asombro.


La última noche en la isla fue jolgoriosa. La última tarde en la isla fue la última tarde en la isla. La cercanía del mar y del embarcadero con nuestra terraza de madera era tanta, que la intimidad que te proporcionaba la habitación era una intimidad consciente. Tras las cortinas blancas echadas, pero con la puerta y las ventanas abiertas y sintiendo las voces de la gente en el paseo y sobre todo la constancia de las olas, eras consciente de tu desnudez, de tu ducha, de tu cama y de tu sueño. Eras consciente de las tardes en la isla mientras tú, ahí, en tu puesto de vigía, decidías pasar las horas en tiempo plácido.


Todo ocurre muy rápido o, mejor, ya se me echa encima el momento del regreso. Es mal contrato. Hay mucho por hacer aquí, mucho por limpiar (no aquí, en mí). Ha pasado volando. Está pasando volando. Pasará. Pero no aún.

La última noche en la isla fue de jolgorio y amigos. Estos amigos de 36 horas que uno hace en los viajes, cómoda compañía en general, inmediata. Éramos una gran mesa. Fue simpático.

La mañana de partida se despertó brillante y nos despidió una isla muy distinta a la que nos acogió enterrada en las nubes. El viaje hasta Río, en una Kangoo sin velocímetro, sin espejo retrovisor y sin varias cosas más, apasionante.

El barrio de Leblon es mi pequeño trocito de Alemania, de Francia, mi pequeño trocito de Río de Janeiro. La casa donde vivimos está llena de libros de Anaïs Nin, Kerouac, Rubem Fonseca, un pequeño gato amarillento y peludo y un perro enano de pelo lacio que se tumba en la puerta de entrada y no te deja pasar. En nuestra habitación, hay un cuadro de arte japonés sacado de una exposición en París. Julia, la hija de Fatima, se pasea por la mañana con una falda volandera amarilla que deja ver sus estrechos muslos torneados. Para mi gusto, tiene carita de francesa, sus ojos son enormes y oscuros y a veces parece que su sonrisa es falsa, de tan hipnótica. No es cierto. No sé dónde duermen la madre y la hija, casi todas las habitaciones de la casa están alquiladas a parejas de extranjeros: dos orientales (¿China, Taiwán, Japón?), dos australianos, ayer se fueron dos ingleses y nosotros.



La mesa del desayuno es redonda y rebosa de tazones viejos de cerámicas y cubiertos de plata. Por la mañana, si hace sol, entra una luz por las ventanas de madera blanca como un signo del pasado. Si tengo ganas de fumar, salgo a la calle atravesando varias verjas ya muy desencajadas y me siento en un banco corto bajo un árbol, en la acera de enfrente. Me gusta la intimidad de nuestro cuarto, la dulce invasión que hacemos en la casa. Quemo mis propios inciensos para ahuyentar el posible olor a pelo de gato. Frente a la cama, tras una mampara, hay un váter y un pequeñísimo lavabo esquinero. Es el lavabo más pequeño del mundo y está aquí, en mi habitación de Río de Janeiro.

martes, 25 de mayo de 2010

10 de mayo de 2010

Isla, isla, isla.

Barco.

Amanece con el sol deslizándose entre las nubes del fondo, yo despierto a las siete de la mañana. Tengo que hacer tiempo; el desayuno lo ponen a las ocho. (Creo que es la primera vez que me ocurre esto.)

Hago fotos, me siento en el suelo de la habitación, miro a los perros desperezándose desde la terraza.


Queremos ir a Lopes Mendes y lo hacemos a pesar de que de pronto todo es gris y llueve. El barco nos lleva a las diez y nos recoge a las tres.

Llueve. No quiero ir pero subo a la embarcación. No llevo suficiente ropa de abrigo. No llevamos comida porque nos han dicho que allí venden, en la playa. Hay casi una hora de travesía. Llueve, tengo frío. Boicoteo el viaje como puedo pero no hay marcha atrás. Toda la belleza de pronto me da lo mismo si hace frío y estoy empapada y voy en un barco que me lleva a una playa donde no hay nada donde guarecerse. Pero cuando llegamos allí todo es distinto. Nos dijeron que en Lopes Mendes el tiempo era otra cosa porque la playa es más abierta y el aire se lo lleva todo rápido. Y es cierto. Hace sol. Cruzamos un trecho de Mata Atlántica y nos absorbe el suelo pegado de hojas y las cañas gigantes. Al otro lado, la playa efectivamente se abre y la espuma de las olas nos llega como brillantina hasta los ojos. Ya es verano. Ahora hay que desvestirse y caminar, buscar un hueco en la extensión de la arena (no hay nadie, ocho, diez personas) y estirar la única toalla, pequeña, recia y recién comprada.



Hacemos amigos. Muchos, en realidad. Varios bonaerenses, una holandesa, una peruana, una colombiana y un chico de Londres que es, y más aún en este espacio, igual que Sawyer.

Yo no hablo con nadie en el barco de vuelta porque me tiro en la cubierta a leer a Felisberto Hernández. Mientras más se mece la embarcación, más me concentro. A este autor me lo recomendó Juan Cárdenas en la Machado. Fue un acierto traerlo a Brasil; en São Paulo, Alicia Torres me habló tanto de él. Al morir, estaba tan gordo que tuvieron que sacar su cadáver por el balcón. En la foto de la solapa, sin embargo, está canijo, con el pelo crespo y rizado, sentado al piano, y me recuerda a Miguel Ángel.



Mientras más me calienta el sol sobre la frente, más me concentro. Luego empiezo a pensar en otras cosas. Es difícil olvidarse de todo, incluso balanceándose en medio del Atlántico, en un navío de madera blanca.