jueves, 19 de abril de 2012

Cosa Pantanosa terminada. Conviviendo con Borís Pasternak Parte II

Hace tiempo que estoy convencido de que el arte no es la denominación de una categoría o de un ámbito que comprende una cantidad ilimitada de conceptos y de fenómenos con sus ramificaciones, sino, al contrario, que es algo restringido, concentrado, la designación de un principio que integra la obra de arte, el nombre de la fuerza aplicada en ella o la verdad que se ha trabajado. El arte nunca me ha parecido un objeto o un aspecto de la forma, sino más bien la parte misteriosa y oculta del contenido. Para mí está claro como la luz del día, y lo siento con todas las fibras de mi ser, pero ¿cómo expresar y formular este pensamiento?
Las obras hablan de muy diversas formas: con los temas, las situaciones, las tramas y los personajes. Pero sobre todo hablan con la presencia de arte en ellas contenida. El arte presente en las páginas de Crimen y castigo trastorna más que el crimen de Raskólnikov. 
[...] Es una especie de pensamiento, de cierta afirmación de la vida, que por su amplitud lo abarca todo, no puede ser disgregado en palabras separadas y, cuando una pizca de esta fuerza integra cualquier compuesto más complejo, el aditivo del arte aumenta el significado de todo lo demás y se revela como la esencia, el alma y el fundamento de lo representado. 


El doctor Zhivago, Borís Pasternak, traducción de Marta Rebón.


(Y cómo sería de vivificador haberse acercado, alguna vez, mínimamente, a algo parecido a eso...)

martes, 17 de abril de 2012

Cuatro de nosotros

Guillermo Ortiz preparó un curioso reportaje hace unos meses para la revista Zona de Obras; por falta de presupuesto no ha llegado a publicarse, pero lo ha colgado en su blog, y yo querría compartirlo con vosotros. 
El reportaje se llama
Espero que lo disfrutéis. Gracias, Guille.

viernes, 13 de abril de 2012

Por qué adoro a Marta Rebón. Conviviendo con Borís Pasternak, Parte I

De repente todo cambió, el tono, el aire, no se sabe en qué pensar ni a quién escuchar. Como si durante toda la vida te hubieran llevado de la mano, como a una niña, y de improviso te soltaran: va, aprende a andar sola. Y no tienes a nadie a tu alrededor, ni a los amigos íntimos ni a las autoridades. Y entonces se desea confiar en lo esencial, en la fuerza de la vida, o en la belleza, o en la verdad, para que ellas, y no las instituciones de los hombres ahora derribadas, te dirijan, del todo y sin pesar, de modo más completo que en tiempos de paz, en esa vida a la que nos habíamos acostumbrado y ya no existe. Pero en su caso —Lara cayó en la cuenta a tiempo— ese objetivo y esa certeza sería Kátienka. 

[...]

Lo nuevo era la enfermera Antípova, que la guerra había arrojado quién sabe adónde, con una vida completamente desconocida para él, que nada reprochaba a nadie y cuya taciturnidad era casi una queja, enigmáticamente lacónica y tan intensa en su silencio. Lo nuevo era el honesto y sobrehumano esfuerzo de Yuri Andréyevich de no amarla, así como durante toda la vida se había esforzado en acercarse con amor a todos los hombres, y no solo a la familia y los allegados. 

Borís Pasternak, El doctor Zhivago, traducción de Marta Rebón, Galaxia Gutenberg, 2010.

martes, 20 de marzo de 2012

Lo único revelador de todo esto es el poema de Ashbery que hay más abajo




Una sensación de silencio y frío en el autobús. La hora de la siesta, las nubes. La gente iba lenta y callada y muchos viejos. Frente a mí se han sentado una madre y una hija. Yo estaba leyendo a Ashbery y advierto que uno no debe entretenerse con nada cuando lee a Ashbery pero la niña, con unos ojos redondísimos y enterrados en los párpados y azules, me ha mirado fijamente y ya lo he perdido todo. Hay algo inherente a toda la infancia: la manera directa de mirar, con curiosidad, alzando la barbilla y la nariz en señal de concentración o desafío. Tendría tres, cuatro años como mucho, no lo sé, todavía no soy capaz de calcularlo. Su madre le hablaba en polaco o en croata o en ucraniano y ella le contestaba en español. Llevaba un chándal rosa con las rodillas gastadas de arrastrarse y un abrigo precioso. De vez en cuando, su madre la besaba, la agarraba cuando el autobús daba violentos bandazos. Ella se ha puesto a observar las manos de su madre. ¿A ver?, le ha dicho, dándole la vuelta para mirarle el dorso, ¡tienes una pupa! Efectivamente, la madre tenía un punto rojo y minúsculo, imperceptible, en el nudillo del dedo corazón. Le ha contestado en ruso o en eslovaco o en búlgaro y ella le ha preguntado ¿te duele? y, aunque la madre lo ha negado, le ha dado un beso, varios besos en los nudillos. Las manos de la niña eran como las de la madre pero pequeñas. Iguales: las yemas de los dedos cuadradas. Los ojos de la niña eran como los ojos de la madre pero más azules. El perfil chiquito, la esbeltez de la figura. Yo he recontado para el futuro; me he hecho preguntas, muchas preguntas. ¿Cuántos son dos años, tres, cuatro? ¿Las mismas manos? La misma nariz, al menos. Quién lo imagina. Pero la genética, ahora lo sé, es mutante, también, y traicionera, y entonces he dejado de pensar, para no encontrarme con los alelos carnavalescos y el destino y el azar y todo eso. La niña llevaba una cebra de trapo, sucia, agarrada del cuello.

Ya estábamos llegando a mi parada y me he levantado bruscamente antes de tiempo. Al otro lado del autobús, unas viejas muy pintarraqueadas daban el parte: la cosa se está poniendo muy mal, y en esa calle están atracando mucho, dice una, la del abrigo de visón o de lo que fuera y la cara llena de arrugas. Sí, sí, el otro día le arrancaron el bolso a Mengana, añade con satisfacción. Pero luego se lo devolvieron, dice la otra, que yo estaba con ella. Bueno, que está la cosa fatal. Y cambian de tercio, quejándose de que cada día hay que esperar diez minutos al autobús; al parecer, salen de casa a una hora diferente para probar pero siempre les toca esperar diez minutos. Se abren las puertas. Me bajo de un salto.

Lo único importante de todo esto es que uno no debe entretenerse si está leyendo a Ashbery. Me he dado cuenta de que leer a Ashbery en lugares públicos tiene algo redentor (en el sentido laico de redimir). El libro no es mío e intento cuidarlo al máximo, las páginas están limpias y lisas. Pero he de leer algunos poemas varias veces, para que hagan efecto, para que de verdad se me congelen en el conocimiento y por el tiempo que dure esa lectura mi existencia (la de todos nosotros) sea liberada (purificada en el sentido laico de limpieza) de recortes, contaminación, hundimiento económico, células mutantes, privatización, terroristas, impagos, la desazón, lo mismo de siempre, ya lo sé. Ashbery dice lo que piensas, lo que no fuiste capaz de pensar, dice lo mismo, lo que no entiendes, lo que está oscuro, aquello a lo que nunca terminamos de poner palabras. Esperando una cola en cualquier sitio público, carraspeo para leer de nuevo, como si fuese a alzar la voz, como si me atreviera a mirar alrededor y decirle a la gente algo así. No me atrevería nunca. Repito en silencio. Por ejemplo este:

pero ¿qué va a hacer el lector con esto?

¿Un lago de dolor, una ausencia
que lleva a un mar en floración? Dale una vuelta de tuerca
y observa cómo los siglos comienzan a desmoronarse
uno encima del otro, como pisos de un edificio en llamas,
hasta que llegamos a esta tarde:

esas pocas palabras deliciosas extendidas por la superficie como mermelada

no importan, ni tampoco la sombra.
Hemos estado viviendo de una forma blasfema en la historia
y nada nos ha dañado o puede llegar a hacerlo.
Pero cuidado con la monstruosa ternura, ya que fuera de ella
los mismo archivos romos nos acechan. Los hechos toman el control de la red

y la dejan hecha ceniza. De todas formas, es la vida interior
de la persona lo que nos da algo en lo que pensar.
El resto es tan solo drama.

Entretanto, las combinaciones de cada circunstancia prolongable
de nuestras vidas continúan soplando contra ella como hojas nuevas
al borde un bosque una encarnizada batalla acontece brutalmente
durante todo el día. No es el entorno, nosotros somos el entorno,
mirando afuera desde el exterior. Las sorpresas que la historia
nos tiene preparadas no son nada comparadas con el golpe que nos damos
cada uno de nosotros mismos, aunque el tiempo todavía lleva puestos
los colores de la mezquindad y de la melancolía, y la vida en general
nos sigue yendo demasiadas tallas grande, pero
mantiene su estilo, hilado de cosas que nunca acontecieron
junto con aquellas que sí lo hicieron, provocando que sobreviva un estado de ánimo
donde la vida y la muerte nunca podrán hacerlo. ¡Hazlo dulce de nuevo!

John Ashbery, Una ola, traducción (jum...) de Ignacio Infante.

domingo, 26 de febrero de 2012

Doce. Mu-danza



Por fin unas pocas estelas blancas cruzan partes del cielo. La sensación de sol desaparece, merma. Suficiente para respirar, para empezar a deprimirse: es domingo, algún vecino de esta cerrada urbanización de adosados ha contratado a unos jóvenes con escaleras y sierras mecánicas; podan sus setos como si vivieran en un palacio. Los niños afuera revolotean con indiferencia. Los adultos, en chándal, bromean, fuman, se sienten laureados en el último día de la semana. Coches excesivos aparcados junto a las casas. Pero el chándal, el corte de pelo, las típicas palabras, el gesto en los ojos: no concuerdan. ¿Por qué imagino la tristeza de las familias en este conjunto feo de adosados? ¿Por qué todo me parece la representación de la infelicidad? Es un prejuicio hipócrita. Una falsa soberbia. El miedo propio.

Pertenezco, ahora mismo, a esta comunidad de vecinos. La normalidad es apabullante. Por dentro, supongo, todo gritos, histeria, infantilismo, ratos de placer. Problemas de dinero, problemas de adaptación, eyaculación precoz o bruxismo. La vida misma. Me dispongo a huir. Recojo a mi familia y nos vamos; hoy es el último domingo que viviremos aquí. Nuestro último domingo periférico. Estas mininubes acentúan el espejismo premudanza. Tantas cosas que hacer en los armarios. Me deshago de ollas de latón de la época victoriana. El pasado en bolsas de basura, el pasado inútil en bolsas de basura, el presente en una bolsa de basura negra, imposible de reciclar, con ella se asfixiará un pelícano.

Vuelvo a la colmena. A la intoxicación. Al anonimato. Ahora mismo, el país es una mierda. Todo lo que ocurre es tenebroso, ridículo o amenazante. Menos cuando la sangre nos salpica y se nos introduce en los agujeros de la nariz, menos cuando la sangre ajena o propia nos mancha un diente, nos deja una marca en el cuello blanco, esta realidad de mierda está cubierta de una pátina tipo neopreno, tipo metacrilato, tipo acero blindado que consigue que todo nos dé lo mismo, que todo nos parezca (un poco) de mentira. Somos la petulancia, la contradicción, el mal pueblo. Hablo por mí, yo siempre hablo por mí. En esta urbanización de adosados lacrimógenos, se me acentúa la sensación. Convertir el vértigo en irrealidad, pasar de todo. Quiero salir a la calle, alzar las manos. Y también quiero, cómo no, salvarme el culo. Lo siento: lo necesito. Dicen que el cupo de desgracias per cápita es infinito, pero me niego a tolerar ni una más. Empiezo a desear fervientemente que todo pase: la mierda de país y los trágicos murmullos personales. No sentirme culpable por querer hablar solo de cine, de libros, de las proteínas de la leche y del refuerzo de goma en los zapatos para los primeros pasos. No sentirme culpable por no tener fuerzas ni para asumir un simple resfriado. Incluso un simple resfriado puede ser el enemigo. Adiós, desgracia.

Vuelvo a la colmena. A la ciudad que nunca dejé de amar.

Haré el esfuerzo por conservar a los pocos e imprescindibles amigos de este lugar. Bailaré el esfuerzo de encontrarme con los viejos. No sé qué más haré. Recojo a mi familia y huimos hacia el barullo buscando la calma. La distancia, el aire intoxicado, recorrer los parques y las avenidas. Trabajar duro: es un milagro sobrevivir, al fin y al cabo. 

miércoles, 8 de febrero de 2012

Once. Imaginando que la vida fuera esto


Juegas con un trozo de pan duro. Con tus pequeños dedos índice y pulgar, vas sacando las miguitas como si fueran piezas de la maquinaria de la luna. A tu alrededor, la manta de patchwork se va llenando de pan desmigado. Observas las miniporciones de trigo, las rascas contra la tela. Estás silenciosa, clandestina. A veces me miras con intrigante expresión. En el gesto de tu boca, el júbilo disimulado de no-tienes-ni-idea-de-lo-que-acabo-de-descubrir. Sigo trabajando. De pronto empiezas a toser, te has atragantado. Corriendo me arrodillo a tu lado, te doy agua en tu vaso especial de aprender a beber. Tienes los ojos llorosos. Cuando pasa el obstáculo, sueltas tu carcajada de gamberra. Ya podemos empezar de nuevo. 

lunes, 30 de enero de 2012

viernes, 27 de enero de 2012

Nueve. Ahora me toca a mí



Antes de ayer le leí un cuento por primera vez. 
(En ocasiones leo en voz alta mis lecturas, pero eso es distinto; eso se parece más a la locura o a la soberbia de pensar que se enterará de algo, que le importará.)
El de antes de ayer era un cuento para ella, especial. No sé si me hizo mucho caso, pero me late el corazón de impaciencia por el mundo nuevo (y viejo) que se abre ante mí. 

martes, 24 de enero de 2012

Ocho. Mi corazón es una mansión Dotcom o todos necesitamos que el invierno llegue de una vez

Otro día de sol.
Otro día de sol.
Otro día de sol.
Otro día de sol.
Otro día de sol.
Otro día de sol.
Otro día de sol.
Etcétera, etcétera. 
España no produce petróleo.
¿Qué produce España?
Otro día de sol. Otro día de sol. Otro día de sol.
Supongo que alguien tendrá la delicadeza de señalar el camino con flechas, con marcas en los árboles, con cruces sobre la puerta del centro de la Tierra. 
Digo, para los que estamos completamente perdidos.



miércoles, 11 de enero de 2012

Siete. Las cosas del año nuevo



Me hipnotizo con Las mejores intenciones (dirigida por Billie August, escrita por Bergman). Me hipnotizo tanto que no veo la película, sino la serie de cuatro capítulos, como me habían recomendado, para que dure más. Creo que todo lo que hace Bergman me gusta, todo en lo que tome parte. No conocía esta obra, y es un préstamo de Aitor, con quien uno puede estar hablando (aprendiendo) de cine hasta siempre, hasta que se acabe. Ir a merendar orujo de hierbas a casa de alguien un domingo por la tarde y llevarte prestada una película escrita por Bergman es un planazo. Esto me resulta una joya rara, un participio, algo antiguo lleno de nostalgia, pero sin embargo es de ahora mismo y si hago recuento no es tan extraño ni tan ocasional. Mila me trajo un libro de Medardo Fraile la víspera de final de año. Una edición preciosa de los años setenta. No había leído a Fraile y estaba pendiente. Sin mover un dedo ya, aquí. He devorado el libro a picotazos antes del sueño y a borbotones en una sala de espera. Maravilla, algunos: «Las profesiones», por ejemplo. Y hace algunas noches terminé de leer un cuento llamado Nieve que me regaló mi hermana. No subrayé ninguna frase, impactada por la brevedad de la página, por la pequeña metáfora. Un cuento de los que deberían contarnos antes de irnos a dormir. Incluso hay más: ayer por fin empecé un libro que me trajo en sus manos Aroa, un libro que yo la vi leer a ella, Purga, de Sofi Oksanen. Genial título y apellido rastro. Es una novela generosa, y apenas llevo cuatro capítulos, la leo con curiosidad y un poco con ceño fruncido. Aroa es una de mis portadoras de libros. Cuando voy a su casa me presta siempre alguno. Tengo que devolvérselos. Los tengo apuntados en una lista: ella me prestó Las teorías salvajes y también Las lagartijas huelen a hierba. No contenta con eso, a veces me manda paquetes por correo. Dentro, cosas como Los ingrávidos. De Los ingrávidos podría hablar mucho rato y a la vez callar, porque me fascinó en modo congelamiento. Ocurre que lo leí en un hospital, y quiero que pase más tiempo para deslindar ambos recuerdos: Valeria Luiselli y hospital. Asombro, rabia, absoluta comunión y un poco de envidia. Hospital.

Hoy es una noche como otra cualquiera y a la vez es una noche que destruye a las demás. Uno tiene a veces que detener ciertos sentimientos si quiere seguir adelante. Quiero decir, si no quiere chocarse contra la pared y hacerse sangre. Todo está bien pero tengo ánimo de perro enjaulado. De perro de la lluvia. Sin muchas fuerzas, eso sí. Lo que he contado antes (lo que la gente me da) me ilumina; pasar a limpio las correcciones de L.C.P. me ilumina; siempre V. me ilumina; alguien que silba abajo y prepara alimentos (¡esta noche delicatessen hamburguesas caseras!) me señala dónde está la luz y por supuesto: la luz ahí. Pero, por qué no, esta noche podría ser como aquellas noches, podría ser definitiva, incontrolable, noche de desaparecer, trágica noche de prender fuego a las fotografías, a las postales, a las facturas, rociar las paredes con alguna porquería. Agujero. ¿Esto me pasa porque estoy enganchada a Las mejores intenciones o porque, es inevitable, van a acabarse los contaminados días de sol? Los ojos tristes de Samuel Fröler (que son en realidad los ojos tristes de Henrik Bergman). La ciudad oliendo a todo lo que tiene que suceder y todavía no. El refugio, en la madrugada, de la piel, un poco más caliente al apretar, porque no estamos solos. Porque no estoy sola. 

viernes, 30 de diciembre de 2011

Seis



Se va un año, más como arañazo de cauce de río seco que como soplo.
Aquí subidos (no escondidos) en la trinchera del siguiente.

viernes, 23 de diciembre de 2011

Cinco




Ayer no me tocó la lotería. Yo no sirvo para oír cómo unos niños cantan cifras, no sirvo si tengo un décimo en la cartera. Me puede la parálisis de soñar lo imposible. Money, purga, contradicción. Un asco ansioso como otro cualquiera. Y encima, luego, me pongo triste. Una imbécil.
Vayamos, mientras, a lo diario. Volver a conducir sola por estas carreteras con fondo de montañas limpias es un hallazgo, es recuperar parte de mi vida. Money, purga, contradicción: compro algunos quesos exquisitos, compro varios vinos sin pensar en el tope de cinco euros, encargo tierna carne de cordero lechal.
Envuelvo regalos en la mesa grande; escribo encima el nombre correspondiente. Para ella no hay ninguno. No necesita más ficción que la cercanía, que los besos, que jugar a desaparecer/aparecer.

En estos días he visto varias películas más de las que no tengo apenas nada que decir. Sylvia (no encontré a la Plath, no la vi realmente: ¿qué cuenta, aparte de la histeria de una infidelidad?, ínfimo de literatura, pero bah), Pa negre (silencio absoluto), Winter’s Bone (white trash total, ok, pero algo me dejó sin nada), Contracorriente (bueno, lloré otra vez, estoy tan facilona)… Veo películas porque llevaba mucho tiempo sin ver películas y porque no leo libros. O lo poco que leo puede considerarse no leer (aunque siempre cae algo en las salas de espera, en el autobús, cerca de la taza del váter). Desde hace meses me acompaña un mostrenco de 800 páginas, una biografía: Véra. Señora de Nabokov, de Stacy Schiff. Me la había recomendado Felipe B. R., y mi amiga María, que sabía que la andaba buscando, me la regaló el día que nació Vera. No entendí dos cosas al principio: el rosa chillón de la contracubierta (la cubierta, sin embargo, tiene una hermosa foto de ambos) y el título (¿señora de?). Ahora la segunda cosa ya la entiendo. Tras traspasar con empeño y dificultad el tramo de las primeras cien páginas, donde me lamentaba una y otra vez de la redacción (no, no es mala, pero a veces lleva una innecesaria complejidad alienante), de la traducción (Martínez-Lage siempre tuvo sus buenos días y sus días malos) y de la, para mi gusto, nefasta ordenación de la información (que en vez de desgranarse se volvía elíptica), empecé a cogerle gusto, por fin, a la biografía. Pero me interesa, en realidad, porque más que una biografía de Véra me parece una biografía de Vladimir. Y no, aún no los veo tan uno como afirma una y otra vez la biógrafa, o como ellos afirmaron: V. N., para mí, sigue siendo Vladimir Nabokov, Sirin. Así que estoy leyéndome una biografía indirecta de Nabokov a través de la poca información que existe de su hierática y perseverante señora. En otro momento traeré algunos subrayados, a la manera del Semivago Procesional, porque tiene joyas (joyas que llegan de la boca o la mano de ambos cónyuges).

Y nada más. Eso era lo que me apetecía contar. Que hace un gigante sol digno de diciembre. Típico día para viajar a algún sitio y en el trayecto escribir un poema a lápiz, con pésima letra, y pensar, para colmo, que es bueno. 

jueves, 15 de diciembre de 2011

Cuatro. El nuevo mundo


Hoy me quemé con agua hirviendo derramada, y ayer también. Todos los días trajino con agua hirviendo en mi nueva época de esterilizar, así que, temo, me iré quemando. El dorso de la mano, la rodilla, salpicones en los párpados.

El viaje a la ciudad no fue (ya me lo advertí) muy productivo, pero sí necesario. Como lo del agua hirviendo: en un goteo iré yendo (siempre me alucinó/espantó esta construcción), cada semana, a lo mejor la expedición se convierte en regreso.

La noche anterior, sin embargo, ocurrió algo: conseguimos terminar de ver una película. ¿Tres, cuatro visualizaciones en días distintos para un solo largo? Y por fin. Vimos El nuevo mundo, de Terrence Malick. Es la única película que he visto suya, porque me dormí al inicio de La delgada línea roja. Tenemos una amiga que es fan, y que cuando habló de él en vez de lentitud dijo poesía y ah, yo piqué, facilona. Como no es una época de exquisiteces, tengo que decir que a mí El nuevo mundo me ha parecido, sí, una sarta de topicazos sobre el descubrimiento de América y la ingenuidad perdida del ser humano y un culebrón de los que hacen llorar. Smith, Pocahontas, en fin. Pero ¿cómo algo, pareciéndome todo eso, puede parecerme a la vez tremendamente bello, delicado, sutil, visualmente magnífico, históricamente emocional, de una sensibilidad nada plúmbea en la descripción de personajes y una acertada elegancia en el desarrollo de los niveles de drama o incluso de tragedia? Venga, ¿cómo puede ser que lo que otros suponen recortes violentos de metraje por necesidad de marketing a mí me hayan resultado finas e inteligentes elipsis? Pues así es. Sin hablar de la música. Y como creo que es un culebrón de los que hacen llorar, he llorado. Y las voces en off han dicho frases que me han recordado cosas verdaderas como amar, amar otra vez, doler, sentir, océano, tierra, poema, etc. Y los planos de árboles (altos, siempre antes de la nada está el árbol), del fango, de los campos de tabaco, de las embarcaciones y de las manos entrelazadas y todo eso no se me han hecho largos. Porque creo que es una película muy hermosa. Y porque esa historia de amor, mil veces repetida, la otra noche me pareció un resumen de la vida. Un resumen de la vida, a veces.

La verdad, qué ganas tenía, sencillamente, de emocionarme. De convertir lo ajeno (durante un momento) en una solución indolora.

Próxima misión: ir al cine. Fumar al salir, andando por las calles de la ciudad, ya a oscuras.

martes, 13 de diciembre de 2011

Tres. Algunos días improductivos.



Mañana, por si acaso, voy a ir sola a la ciudad. 
Es como un viaje. Siento que tengo que prepararlo todo: un cuaderno, las botas, un abrigo decente y quizá la brújula. 


Ah, nada que ver. Pero no necesito ya ninguna excusa para poner una foto de sus manos. 



domingo, 11 de diciembre de 2011

Dos



Ahora es verano en el libro que estoy leyendo desde hace meses. Es una larga biografía, así que reiteradamente es verano, otoño, invierno, primavera. Dentro de unos párrafos será otra vez otoño, como aquí. 
Por las mañanas la casa se queda en una quietud diferente de la parálisis. Los niveles de angustia entonces son bajos, y, durante algunos minutos de olvido, prácticamente inexistentes, así que me siento y con un pilot verde corrijo La Cosa Pantanosa. Confirmo el pantano, pero me limito a trabajar en modo ejército: quita esta frase, quita esta palabra, tacha, tacha. Aun así, las orillas son blandas y espesas. Avanzo, sin pensar en qué demonios he hecho. Me sorprende haber tecleado tanto, tan organizadamente. Elena Medel me dijo una vez: para enfrentarse a este tipo de trabajo, hay que colgarse un cartel sobre la mesa donde ponga SIN PIEDAD. Razón. 
Leer la larguísima biografía (con una página me basta) y utilizar con turbación el pilot verde son las dos únicas cosas que consigo hacer que no tengan que ver con. El resto del día tiene que ver con. 


En otro orden, he de dar las gracias a todos mis amigos. Poco a poco voy invitándoles a un vino a cada uno, a un trozo de pan con queso. Pero sigue quedándome mucho por hacer. 


¿De verdad hay una ciudad que me espera?

jueves, 8 de diciembre de 2011

Uno


Corren malos tiempos. No solamente para la política. No solamente para la economía, para el medio ambiente, para los recursos sociales, para la solidaridad, para la industria cinematográfica, para los estamentos culturales, para el turismo rural, para los pequeños negocios artesanales, para los enamoramientos, para el género del relato corto. Corren malos tiempos en general y en particular.
Según el punto de vista con que se mire, siempre hay tiempos peores, tormentas más aciagas, silencios infinitamente más largos.
8 de diciembre, día mundial del optimismo bloguero. Después de más de dos meses de mi última entrada, y tras casi dos meses sin abrir ni siquiera mi correo electrónico, mi red social, mi banco virtual, decido reactivar esta página que un día me trajo alegrías, amigos, vanidad, el vicio. Encuentro en mi mail, lugar al que llegan los comentarios para que los apruebe, que decenas de regalos spam han colonizado mis fotos, mis intentos de poema, mis homenajes a autores muertos. Solo ellos, los vencedores del vacío, vienen por aquí. No importa. Corren malos tiempos, tiempos en los que lo peor que uno puede hacer es reactivar un blog: ¿para contar qué? ¿Mis intimidades? No lo sé. Pero abro esta ventana como una lanza. Ya da lo mismo el tiempo (el que tengo, el que no tengo, etc). Me encuentro en un periodo de aislamiento social, de pobreza de lo cool. Como la masticación del arte queda ahí lejos, latiendo en el pasado, parecida a un prejuicio, decido aparecer por alguna parte. La calle no es lo mío últimamente. Voy a intentar aliarme con mi blog. Con sorna, luchando contra la lentitud. Contaré cualquier cosa sin nombre. Al fin y al cabo, para estar, siempre hay que hacer un poco el ridículo. 

viernes, 30 de septiembre de 2011

Palabras de César Vallejo para Roberto Terán




Epístola a los transeúntes

Reanudo mi día de conejo,
mi noche de elefante en descanso.

Y, entre mí, digo:
esta es mi inmensidad en bruto, a cántaros,
este mi grato peso, que me buscara abajo para pájaro;
este es mi brazo
que por su cuenta rehusó ser ala,
estas son mis sagradas escrituras,
estos mis alarmados compañones.

Lúgubre isla me alumbrará continental,
mientras el capitolio se apoye en mi íntimo derrumbe
y la asamblea en lanzas clausure mi desfile.

Pero cuando yo muera
de vida y no de tiempo,
cuando lleguen a dos mis dos maletas,
este ha de ser mi estómago en que cupo mi lámpara en pedazos,
esta aquella cabeza que expió los tormentos del círculo en mis pasos,
estos esos gusanos que el corazón contó por unidades,
este ha de ser mi cuerpo solidario
por el que vela el alma individual; este ha de ser
mi hombligo en que maté mis propios natos,
esta mi cosa cosa, mi cosa tremebunda.

En tanto, convulsiva, ásperamente
convalece mi freno,
sufriendo como sufro del lenguaje directo del león;
y, puesto que he existido entre dos potestades de ladrillo,
convalezco yo mismo, sonriendo mis labios.

*Vallejo hacía uso libre de la ortografía, como se puede ver.

Recogido en César Vallejo, Obra poética completa, "Poemas humanos", 
Alianza Literaria, 1999

domingo, 25 de septiembre de 2011

Un poema de Tsvetáieva partido en tres




¿Alfanje? ¿Fuego?



 Más simple, sin tanto ruido.





Dolor familiar, como la palma a los ojos,
como a los labios el nombre
de un hijo.

"Amor", Marina Tsvetáieva, publicado en El canto y la ceniza, 
traducción de Monika Zgustova y Olvido García  Valdés

lunes, 19 de septiembre de 2011

A veces me pregunto por qué me dejo los libros a medias. 

viernes, 16 de septiembre de 2011

Habla Varela, sí, largo y tendido


como en una clase práctica de mecanografía copio ordenadamente unos versos de la poeta, sin ni siquiera antes buscar en google por si acaso estuvieran ya, porque el sentido es: en medio de la lactante noche abrí el libro y leí sorprendida y me vi y no me vi, son las señales de los días y la causa mágica de algunos poemas y entonces el ejercicio es: vuelve a la página y teclea cada letra, aprendiendo así el significado, ocultando la vejez de la memoria, volviendo al tiempo eterno del colegio donde tener buena letra era cuestión de esmero, y aquí ya no importa el esmero porque todo es cuestión de tiempo, y ahora os dejo su voz, la voz de la blanca mujer:



III
pero sucede que llegó la primavera y decidimos echar
abajo techos y paredes    sitio sitio para el cielo para
sus designios dormimos con los animales a campo raso
juntos el uno sobre el otro el uno en el otro.
soledad infinita del amor bajo toda luz. 


y desperté a la mañana siguiente con su cabeza sobre mis
hombros ciega por sus ojos    bianca alucinatta tutta.


a césar lo que le pertenece y al cielo la espalda sacudida
por el amor y el temor y el tedio y la esperanza, etc.
pasó a toda máquina la primavera    pitando


la casa estaba intacta ordenada por sus fantasmas habituales.


el padre en el sitio del padre la madre en el sitio de la madre
y el caos bullendo en la blanca y rajada sopera familiar
hasta nuevo mandato.




IV
y sucedió también que
fatigados los comediantes
se retiraron hasta la muerte
y las carpas del circo se abatieron ante el viento implacable
de la realidad cotidiana.
si me preguntan diré que he olvidado todo
que jamás estuve allí
que no tengo patria ni recuerdos
ni tiempo disponible para el tiempo.


que a veces
me despierta una mirada
que ávidamente se traga la oscuridad
y que esos ojos azules son restos de alguna luz
restos de algún naufragio 
signos del deseo
y de la agonía del deseo. 


y que nosotros
los poetas los amnésicos los tristes
los sobrevivientes de la vida
no caemos tan fácilmente en la trampa
y que
pasado presente y futuro
son nuestro cuerpo
una cruz sin el éxtasis gratificante del calvario
y que no hay otra salida
sino la puerta de escape que nos entrega
a la enloquecedora jauría de nuestros sueños
nosotros o ellos
acertijo joker moneda perdida en el aire. 
tibios tembloroso nonatos
sin estirpe ni prole
dispuestos siempre. 




VI
y cuando ya
en el piso del vértigo
como una tórtola de ojos dulces y rojos
empollas
meciéndote en el andamio que cruje
qué puede importarte.
nada te toca
ni la nube cargada de eléctrica primavera
que envidiabas no hace mucho
ni el recuerdo satinado obsesivo
del pecho que te hechizaba desde lejos
ni los pregones callejeros
de la putañera fortuna
que te invitaba a bailar
algunas noches de ronda.


harta de timo y de milagros
de ensayar el trapecio hasta la parálisis
de la iniciación de cada día
de haberte tragado el sapo con la sopa
el sapo de la náusea pura
y el sapo de la náusea práctica
et alors. 
ya no te queda nada
de los dones de las hadas
sino tu hipo melancólico
y tu ombligo pequeño y negro
que todavía no se borra
centro del mundo    centro del caos y de la eternidad
como las líneas de tu mano
por donde corren ríos inmemoriales
y cataratas de tus ojos al firmamento
como única urdimbre de la realidad
oro de lágrimas
y grima del oro
y tu lengua de mil traiciones
cerrada y dulcísima 
como un dátil o una aceituna.


como en las coplas de los ciegos
hay un relente obcecado de eternidad y miseria.


VII
ayúdame mantra purísima
divinidad del esófago y el píloro.


si golpeas infinitas veces tu cabeza
contra lo imposible
eres el imposible
el otro lado
el que llega
el que parte
el que entiende lo indecible
el santo del desierto que traga la lengua
el que vuelve a nacer forzando a la madre de su madre
el nadador contra la corriente
el que asciende de mar a río
de río a cielo
de cielo a luz
de luz a nada. 


Algunos fragmentos de "Camino a Babel", de Donde todo termina abre las alas, Blanca Varela