martes, 5 de diciembre de 2006


A veces amanece
y la ciudad se ha ido.

Las farolas con sus pasos
desgarbados,
el ruido torpe
del puente de hierro.

No quedan gaviotas en el mar.
Un milenio agotado.

Después, los gritos de los
niños escapando,
el alborozo de todas
las faldas al vuelo.

Hay un paso de cebra
dibujado en mi colchón,
la sombra de un atropello
entre mis sábanas.

8 comentarios:

Miguel Marqués dijo...

La ciudad al revés, con las farolas desayunando y los niños chillando, y uno recién salido del túnel fluorescente, de debajo de la mesa camilla (sin infiernillo) donde le ha estado levantando las faldas a la luna.

Y uno buscando un puente de hierro (a esa hora mejor de madera) que le lleve directo a otro mundo. Un mundo paciente e inmutable entre sábanas en las que se contraproyectan, minutos antes de caer inconsciente, viejos filmes apolillados que nos escuecen un poco al principio y luego van perdiéndose entre los raíles de un tráveling absolutamente irreal, inmoral.

nán dijo...

En mi casa come con mucha frecuencia un joven sabio, que una vez me dijo que, para sobrevivir, una cebra (es un ejemplo, cualquier presa sirve, pero dijo cebra) no necesita correr más que un león. Lo que necesita es correr más que las otras cebras.

Así que te recomiendo gran respeto por las cebras que pasen por el paso de tu colchón. Pueden ser cebras asesinas de cebras que le han pillado el gusto y, en tal caso, a lo mejor el atropello del que hablas no fue un accidente.

María dijo...

Después, el sol besa mi rostro
o lo espanta
los ruidos van llegando, como rumores
shuuuuuuuuuushuuuuuuUUUUSHSSSS
Ahhhhhhhhhhhhhhhhhh
TAMTAMTUTUTUTUTUTUTUTUTÚ
¡OLODUM!
Llaman a la puerta, abro, y es el mundo, que ha venido a verme.

morenopcarmen@hotmail.com dijo...

Entre estas sábanas que cobijan
mi sombra y sus orgasmos
un cadáver que deambula
por las pupilas de mi extrañeza.
Te he buscado cuando la ciudad/
amanece
cuando los peatones se convierten
en mareas huecas,
en tiempo de ser tiempo
presente que calla
bajo el peso de unos latidos
que no me enseñan a vivir
y van dejando homicidios
en los cristales rotos
del silencio que perdí
junto a la voz y mis pasos.

(te lo debía) te quiero

Lara dijo...

Gracias, niñas...

Tantas.

Vicky dijo...

Es cuestión de gustos, ya se sabe. Podría gustarme otra forma diferente de escribir, y seguirías siendo mi amiga, o podría temblar como tiemblo cuando te leo, pero no aguantarte la presencia. La cuestión es que por una vez, y sin que sirva de precedente, las opciones se conjugan de la mejor manera posible. ¡No puedo creer en mi buena suerte!

Anónimo dijo...

¿Por qué escribís tan bien, carajo? Un poco de respeto a los mediocres! :-P

Besos,

G.

Lara dijo...

Te voy a dar pal pelo, Vikiki.

Y tú, Guille, venga, hombre... (risas y risas para ti).