Y QUIERE PASARSE A VER LA ACROBACIA...

Inactividad, posible resfriado psicosomático o formas de equivocarse en la duración del verano.
El mar suena como una cascarita llena de agua. Suena flojo, una mijita, cabe en un cuenco y de vez en cuando alguien lo sopla. Está gris y brillante.
Somos pocos. Frente a mí, en el agua, hay dos cabezas que hablan en francés. Él tiene expresión de indio apache, una testa grande y carnosa, no se mueve. Ella va vestida de otra época o de la suya: unas gafas apaisadas y un pañuelo rosa tapándole el pelo, a juego con el bañador: con esta pinta nada como un caniche a un lado y al otro de la orilla.
Me fumaría ahora un cigarro larguísimo.
La pareja ha salido del agua.
Él es gordo, efectivamente.
Ella se empina para peinarle el pelo mojado con los dedos y así él parece un niño aunque ya es viejo.
¿Cuánto tiempo aguantaré sin fumar? ¿Un día entero, dos?
Debería meterme ahí dentro y nadar, nadar, nadar, como ayer hice.
Pero ¿por qué? Hoy está nublado y no me atrevo. Tendré frío al salir. Veo cada piedra del fondo desde donde estoy sentada, está cristalino esta tarde.
Tengo dos opciones: leer el periódico o empezar un libro nuevo.
Ninguna me apetece.
Total: si has llegado hasta aquí ya no lo dudes.
Sin embargo no soy capaz.
No quiero hacer nada.
Me voy a casa.
El guardián, quién, tú.
El guardián, cómo, no.
El guardián, el tiempo, nadie.
-Gira la rueda. En el otro sentido, que parezca que el tiempo va hacia atrás, que al fin le ganamos, que al fin lo cambiamos.
Sube alto, arriba, camina en esa dirección.
-¿Y después?
-Después podrás deslizarte por la nieve rápido, sin freno, hasta ahí, hasta el origen.
-¿Y los demás?
-A veces estarán subiendo, otras, divirtiéndose en el descenso, a veces te adelantarán y dirás adiós con la mano, ellos te enseñarán los dientes. Tú la lengua.
El guardián, cuando, lejos.
El guardián, dime, ya.
El guardián, , .
-Siento haberte desvelado el final de la película, pensé que ya lo conocías. Mi boca es enorme, se me escapan los pensamientos. Lo siento. ¿Cómo recompensarte?
-No puedes. ¿Puedes? Podrías... Escucha, mañana, a primera hora, cuando aún no haya nacido el sol, quiero en mi buzón una historia despiadada. Y espero que sea buena, no quiero decepciones con el final.
El guardián.
Abriste los ojos de golpe, como si algo te hubiera asustado, pero aquí, a este lado, todo estaba en calma. Abriste los ojos como si todo terminara «ahora» y volviste a cerrarlos para engañarme. Para confundirme. Lo hiciste, pensé que dormías. Pero, luego, cuando la luz llegó vi el cerco ovalado de tus lágrimas sobre el rojo granate de las sábanas. Aunque estaban tan manchadas que podría ser cualquier tipo de fluido. Pero eran lágrimas.
Quién.
Mañana tengo que ir rápido a la biblioteca, quizás si pusiera el despertador una hora antes y retrasara mi desayuno desplazándolo a una hora después pudiera llegar al trabajo a la hora adecuada para tomar mi descanso del almuerzo media hora antes de lo estipulado y así podría coger el autobús de las 13.04 frente al Café de Paris, podría, tal vez, pedir un espresso para llevar, aunque probablemente eso me retrasaría 4 minutos y 34 segundos aproximadamente.
No, definitivamente no me dará tiempo a llegar a la hora convenida.
Tú.
Pasas la página y te encuentras contigo. Con esto. ¿Esperas algo de mí?¿Algo bueno?
Deberías esperar algo de ti. Busca. ¿Qué tienes? ¿Algo bueno? Tal vez deberías dejar de leer y abrir tu propia libreta para encontrar las respuestas que tú mismo estás imaginando, porque yo no voy a decir nada que tú no sepas, porque esta página sigue estando en blanco. ¿Quién eres?
El guardián.
Rutina. Estoy harto. Todos lo están.¿Es eso cierto? Yo también.
Buscar en mis bolsillos y encontrar en mis bolsillos la misma mierda, día tras día las mismas pistas, los mismos datos.
(Mis bolsillos:
-Dos tickets-resguardos de compra/Mi almuerzo (menú del día del restaurante de abajo) /Cena (dos tomates, un pepino y una lata de aceitunas, ensalada mediterránea que prepararía después de mi visita diaria al supermercado de enfrente).
-Unas monedas.
-El ratón amarillo que encontré en el roscón de reyes de 1993, «Cambiará su vida», decía en la base, ya está borrado.)
Confío en que cambiará.
Cuando.
Cuéntame un recuerdo, me pediste. Y yo no supe decir no. Así que lo reconstruí con una estructura en huesos, sin detalles, sin colores, y te lo expuse sin pausas.
Abriste la boca para decir algo cuando te dije que ése era el primer recuerdo que se me había ocurrido. Parecías sorprendida o asustada. Ambas cosas. Ahora lo sé. No dijiste nada.
Abrí la boca para decirte la verdad y me arrepentí. La cerré. Abrí la boca y lo dije: «Sólo tengo ese recuerdo».
Lejos.
Avión-Nube. Tren-Humo. Coche-Freno. Bicicleta-Cítricos...Vale, ya me he cansado de jugar a esto, asociar palabras es divertido tan sólo durante
¿Cuántos kilómetros va a durar este juego?
El guardián.
Miro a mi alrededor. Contabilizo. Todo en orden. Hoy han pasado 336 coches por mi cabina, 27 más que ayer.
Estoy preocupado y sé que lo notan. Cuando digo buenos días me tiembla la voz y mi sonrisa se tuerce siniestramente. Al dar las gracias pocos son los que devuelven algo. Humo o chirridos.
Viene otro, uno azul, deep blue decía el anuncio, a mí me parece azul.
Rojo, muy rojo, era el cerco en la almohada y ya no sé si eran lágrimas o saliva.
Dime.
-Te has acostado con otro, ¿no es cierto
-Claro que sí, joder, soy una fulana, ¿qué coño esperabas? Me pagas por horas y no creo que puedas pagar todas las que dura mi vida.
-Eres una puta.
-Sí. Son 150 euros y si sigues hablando serán 200.
-Me das asco. Ni disculparte puedes. Hueles mal. Tu boca sabe a semen, pero nunca igual.
-(...)
-Puta.
-Son 200 euros.
Ya.
Abres los ojos como si algo te hubiera asustado, te tengo de frente porque te observaba el dormir. Los abres mucho. Son grises.
Luego los cierras. Me lo ocultas. Me niegas la verdad. ¿Y cuál era?
Una mancha roja sobre las blancas sábanas de hotel. Unas sábanas rojas. Mis manos más rojas. La luz derramando verdad sobre esta cama. Tu verdad.
El guardián.
-Buenos días. Yo no quería, ¿sabe usted? Yo la quería, pero ella no me quería a mí. Ella quería a otros y al dinero. Era fría. Nunca me abrazaba, abusaba de mi amor, no lo merecía. Son 5,75 euros. Luego todo se complicó. Los celos, el sexo siempre fue bueno, muy profesional, pero tuve que hacerlo, ¿sabe? No me quedó otra alternativa. Abrió mucho los ojos. Luego los cerró. Me engañó. So puta. Le robé. Todo. Su dinero y su tiempo. No tenía nada más, si no también se lo habría quitado. Que pase usted un buen día, amigo. Gracias.
Cuando uno tiene una obsesión.
No hay libro que te alivie, poeta que sobrecoja tu cadáver, dato biográfico que actúe como luciérnaga en tu
inmenso
zumbido
de insecto
tu pesadilla.
La obsesión te separa de la vida.
Si la escondes te arruina el pozofango de tu propio espíritu en tormenta.
Si la aireas, te miran como a un loco.
Es lo que eres.
Un loco que se arrepiente de la realidad.
Por las noches, la lanzadera del sueño tirita en sus raíles: has entrado en lo prohibido, en lo que no existe.
Te revuelcas.
El mundo es como quieres, pero tan oscuro. A tientas agarras un cuerpo, lo confundes: el agrio sabor llena tu boca de mentiras.
La obsesión es tu peligro y tu inconsciencia.
Es la daga que cortará tu futuro.
En el prado enigmático de tus ojos velados, no distingues el morbo de la ciencia ficción.
Cabizbaja, ausente, tu mente se desliza por los grumos.
Tienes razón, el mundo podría estar hecho a tu medida.
El sol cae fuerte sobre mis piernas desnudas y mis pies sucios. Veo la blancura de mi piel desaparecer en un contraste de poca definición, quemada la imagen por exceso de luz.
Posiblemente aún con la cara desfigurada, observo unos cactus desbordándose de sus tiestos resecos, y muchos tejados ennegrecidos. Me llaman las gaviotas químicas desde la Barceloneta.
Uno nunca escribe sobre las largas noches de baile. Sobre los sonidos estridentes y rítmicos, sobre el saco de huesos de Chernóbil que somos todos moviéndonos, dando pequeños saltos en una pista de cemento llena de plásticos rotos.
Las mañanas bochornosas sin color, y los cuerpos abotargados en las aceras esperando a que vengan los coches a recogerlos.
Pero hay un punto delicioso y deslizante en ese frenesí caótico que consigue arrancarnos de la vida o devolvernos a ella sin ningún precio que pagar por la realidad.
El conservadurismo de nuestros cuerpos nos recordará al día siguiente que no éramos dioses ni espectros.
Pero la fragilidad no existe en las noches de verano, cada vez más escasas y espaciadas.
Es curioso pensar en cómo llegará un momento en que lo abandonemos todo.
No sé si la renuncia es progreso o destrucción.