viernes, 7 de marzo de 2014

Vida de musgo, 2

Para ser un musgo hay demasiado ajetreo en este espacio vital. Claro que no soy un musgo. Soy como un musgo. Algo verde casi fluorescente que rebrota en los zócalos, en las tejas, con suerte en alguna piedra o algún tronco de árbol. No un musgo tal cual, sino la idea de un musgo.

Si no me esfuerzo por ser sincera esto puede resultar muy aburrido. Así que un dos tres, desafío de honestidad. Se supone que soy escritora. Ya se sabe, esa gente que escribe. Técnicamente, esa gente que piensa cosas y luego las escribe. Incluso que siente cosas y luego las escribe. Lo mejor: que imagina, y luego escribe. ¿Qué escribo yo últimamente? Tic, tac, tic, tac, nada.

Me asomo escéptica y ansiosa a las redes sociales y veo cómo mis contemporáneos me llevan una ventaja abisal sobre estos asuntos. Dejemos el proceso creativo a un lado, por ahora. Centrémonos en las filas del pensamiento. No sé quién y no sé cuántos y también aquel de más allá publican constantemente sus relucientes artículos sobre esos hirvientes temas comprometidos que a todos nos competen. Es decir, es gente que de entre toda su cotidianeidad saca tiempo para informarse de lo que ocurre y para pensar sobre ello y con el corazón en la mano escribe reportajes, ensayos, críticas y crónicas sobre esto y lo otro y así ayuda al resto a entender el mundo. No soy capaz de hacer algo así. ¿Acaso no me interesa, por poner un ejemplo, un tema tan bestial como la reforma del aborto, que me afecta como afectan los puñales clavados entre los omoplatos? Vamos, claro que sí. Siento ganas de vomitar. Pero no soy capaz de escribir sobre ello. En otro orden de cosas: acabo de regresar de un viaje total. Ese tipo de viaje que incumbe a la mente, al currículum y al corazón. Estoy recién llegada de Cartagena de Indias, Colombia, adonde he ido a participar en el Hay Festival. Ha sido mi primera vez en Colombia y vengo herida de Caribe y de encuentro cultural. Sería más que una crónica lo que podría sacar de ahí; sería quizá un evangelio de acontecimientos. Y sin embargo no lo hago. No sé por qué. Por último, en mi escritorio (esto es una desviación, porque yo en estos momentos no tengo un escritorio propio) esperan varios libros sobre los que quiero hablar: Tiempo de encierro, de Doménico Chiappe, Los drusos de Belgrado, de Rabee Jaber, Democracia, de Pablo Gutiérrez. Pasan los días como semanas enteras y las semanas como ondas expansivas y así los meses pasan y serán años.
¿Es una cuestión de principios o de falta de tiempo? Es una cuestión integral de asuntos vitales, de posicionamiento ante las responsabilidades, de malabarismos de procrastinación. Quizá es una cuestión de pura incapacidad. En realidad, en el fondo de mi musgo corazón, yo no quiero escribir nada de esto. Es decir, sé que estaría muy bien hacerlo, que debería hacerlo, que quizá incluso habría alguien a quien le interesara mucho, alguien que lo disfrutara. Sé que si cogiera las riendas de mi oficio todo esto me posicionaría derechita como un clavo en la arena, tiesa como un clavo oxidándose en la orilla, hasta la siguiente marea lamedora. Pero no lo hago. Porque incluso escribir esta columna me hace de algún modo sufrir. 

Yo últimamente no escribo. Y eso es un agujero en el alma. Una carcoma. Una llaga fresca y caliente.

Necesito recuperar mi pantano creativo. Esa historia que a nadie le interesa y yo quiero contar. Esos personajes contra los que combatir. Ese páramo por el que avanzar a ciegas a niebla a radiante lluvia a noche a veces la luz al fondo, lejana pero no lo suficientemente inaccesible. Avanzar. Quiero poseer un escritorio de nuevo. Una condena. Encerrarme en el mundo paralelo de la ficción, de la gestión de la memoria, de la metamorfosis del sentimiento. Escribir.

Mientras eso no ocurra, todo lo demás será un bloqueo. Un esfuerzo templado de obligación. Una ironía.


No he sido fiel a la verdad: últimamente, a veces escribo. A veces me dejo llevar por la fiebre. En esos momentos laxos de lo cotidiano, cuando como un animal encerrado uno da vueltas por su propia casa por su propia vida por su propia jaula, en esos momentos de perplejidad, agarro un cuaderno de tapas forradas de tela, amarillo viento, y con una letra cada vez más violenta e ilegible, letra de dedos smartphone, escribo frases en segunda persona del singular, dulces y dolorosas frases para ella, escribo sobre la cómoda o sobre la encimera o sobre mis rodillas en el autobús, siempre con el tiempo justo, poemas de amor para mi pequeña hija, los poemas de amor más sinceros y más tristes que nunca imaginé que escribiría. 

Texto publicado en la revista Quimera, febrero 2014. 
Foto de Miguel Marqués. 

7 comentarios:

Isabel dijo...

Y ¿te parece poco?
Incluso, aunque no escribieras para ella, aunque el tiempo te pasara contemplándola. Me encantaría decirte: tranquila que todo llega y pasa, y es por eso, porque pasa que retener momentos y miradas, a mí al menos, se me hace cada vez más necesario.
A pesar de que me encanta leerte te digo, tranquila, disfruta, sé feliz.
Besos y abracito.

Emily dijo...

maravilloso. un viaje total.

RaRo dijo...

sin palabras nos dejas... pero así es...besos mil.

Ximens dijo...

Hola, Lara.
Te "descubrí" el pasado noviembre al leer "Mar de pirañas". Luego en La Nave. Te anoté en mi hoja de escritores a leer: "Lara Moreno. Poeta y de relatos profundos. Leer sin tratar de entender".
Haz como hoy, no escribas nada pero escribe. Se musgo escribiendo. Me gusta lo que escribes aún cuando no escribes, aún cuando no lo entienda.
Yo he paseado por el campo y nunca he oído a un musgo decir "se supone que soy musgo pero hace tiempo que no musgueo". Tú eres escritora y ya escribirás, cuando llueva o te demanden para adornar los nacimientos vivientes. Adelante.

NáN dijo...

Tu única obligación ante el mundo es escribir buena literatura, como has hecho hasta ahora.

Tu estilo no casa con la Gran Decepción que vivimos, mucho más dañina que la Gran Depresión del 29. Que unos escritores se comprometan en sus escritos y otros no, dependen del carácter. Como ciudadana, sé que te comprometes. Como una ciudadana más.

Y en cuanto a escribir literatura, esta solo es buena cuando se vive profundamente y luego "sale de la nada". No hay que caer en la sobreescritura actual que exige la Máquina de la Industria Literaria.

Esta máquina son negocios. Nada personal.

Besos

manolotel dijo...

Totalmente de acuerdo con Nán. Todo está bien. No hay prisa. Aunque no seas del todo consciente, algo se cocina en tu mente de escritora mientras cocinas. En algún momento, de alguna manera, todo eso saldrá.

Dando la vuelta a la tan manida frase: La escritura es aquello que está ocurriendo mientras la vida nos empuja, inexorable, en cualquier otra dirección.

Extraño o no tanto, ese universo tuyo existe. Hemos paseado por él y seguiremos haciéndolo. Ya sabes, nos gusta leerte.

Un besote

manolotel dijo...
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