lunes, 25 de junio de 2007

Essaouira, 2 de junio de 2007

El viaje de Marrakech a Essaouira no fue más esperanzador, aunque el traqueteo del desvencijado autobús me daba tranquilidad. Y estar sucia y espachurrada entre los asientos, con un hambre atroz y la garganta seca, también. Lo más duro para mí fue la espera en la estación, con los enjambres de niñas vendiendo agua del grifo embotellada y fría y la sofisticada y anárquica cadena de trabajo que eran los diez hombres que se dedicaban a ofrecer viajes. Uno para llevarte desde la entrada al interior, la estación con las ventanillas vacías y rotas. Otro para darte el billete. Otro para recoger el dinero (precios siempre improvisados sobre la marcha y según tu cara de inopia). Otro para acompañarte a la dársena. Otro distinto para meter tus maletas en el vientre del gran cacharro sucio. Otro para cobrarte quince dirhams por bolsa. Otro más, para asegurarte en un francés seco y violento que aquí todo el mundo paga por su equipaje, que el dinero de antes era sólo por la plaza de nuestros traseros en el autobús. Otro para tranquilizarte, para asegurarte que el autobús no va a moverse de la estación hasta que tu acompañante no vuelva del baño, hasta que no regrese de comprar agua mineral y cualquier cosa con que llenar el estómago vacío. Así hasta el infinito.


Éramos los únicos extranjeros del autobús, que salió a su debido retraso (esta particularidad me encanta, me facilitaría gratamente la vida). Pero miento, también viajaba una tipa muy extraña, italiana. Con el pelo corto a lo Betty Boop y un sombrerito árabe encajado en la coronilla, paseaba con dificultad su cuerpo orondo y exuberante (unas grandes tetas embutidas en una blusa rosa de raso falso, con los hombros y el escote al descubierto) por el pasillo central del autobús hasta encontrar asiento. También tenía los labios pintados de rosa y los ojos saltones un poco desorbitados. Como luego supimos, llevaba bastante tiempo viajando por Marruecos (dando tumbos), sólo con una breve bolsa de plástico arrugada y al parecer (según deducciones aventuradas) no tenía pasaporte. ¿Le habrían robado o era una desertora italiana, ex combatiente en una empresa de cosméticos al por mayor altamente venenosos, dada por completo a la fuga? Parecía muy feliz, un poco ida. (Las cerezas maduras me encharcan la boca.) La perdimos de vista nada más pisar Essaouira. Se quedó atrás, hablando con un chico joven que ofrecía apartamentos. Luego, inexplicablemente, cuando llegamos a la plaza ya estaba allí (¿cómo diablos había llegado antes que nosotros?), serpenteando sus caderas gruesas y su bolsa de plástico por entre las mesas de la heladería. Creo que sabía perfectamente adónde iba. Su camisa rosa brillaba al sol.

El viaje fue extraño e incómodo, pero agradable. Los paisajes áridos e interminables; parecía que el terreno nunca iba a doblarse hacia el Atlántico.

Essaouira está azotada por el viento y la arena en una constante muchedumbre de gaviotas. El puerto está custodiado por esos enormes animales con alas y una hilera de cañones, algunos construidos hace siglos en España, que se asoman por los agujeros de la muralla. El mar es marrón en sus primeros kilómetros, y el cielo no termina nunca de ser azul; un blanco amarillento, pero muy luminoso, se funde en lo más alto con un celeste desvaído, imperceptible. Las rocas permanecen, batidas una y otra vez por el agua y el fuerte viento. Tienen pinta de ser peligrosas. Huele fuerte a sal y pescado crudo, igual que en Isla Cristina. El significado de este olor en mi vida es antiguo y profundo, así que el paisaje no me sorprende, tiene la costumbre de lo familiar. No llego a impactarme hasta que estoy en el centro de la medina, agachando la cabeza para sortear túneles, o eligiendo peces desconocidos en las entrañas del mercado, mucho más tarde, dilucidando bajo el sol el precio de una sandía, esquivando a los enfáticos vendedores de hachís (aquél de ojos traicioneros) y a los niños (con sus preciosos ojos) que intercambian monedas de euro. Nuestra casa, una vez más, es increíble. Engañosamente octogonal, tiene ventanas que dan a la plaza y otras que dan a la calle. Los techos altísimos, los balcones azules, de amplia luz, colonial. Un laberinto de camas y sillones. Preciosa. Nos gusta tanto que nada más entrar barajamos la posibilidad de quedarnos aquí toda la semana (y secretamente tranquilizados, deshacemos las maletas, revoltosos). Pero ambos sabemos que no es así. Que acabaremos yéndonos el día previsto. Porque queda el otro lado, las carreteras polvorientas, el desierto, la nada. Y es eso lo que realmente andamos buscando.

Me gusta esta ventana para escribir y desayunar (leer a la altura del segundo café, del primer cigarro del día, ya el estómago saciado de pan redondo de abundante miga, con aceite y queso blando de cabra). La ventana (un balcón, en realidad), da a la plaza. Ésta es bulliciosa, pero lineal. A excepción de los autóctonos que miran el fútbol en el café de France, en las terrazas se sientan los extranjeros en sillas de mimbre, con sus periódicos, y la gente que pasea (siempre va la gente de un lado a otro de la plaza, con cámaras de fotos los turistas y con artesanales carros de madera los marroquíes) tiene un destino fijo, no se mueve en círculos concéntricos como en Marrakech.


(El agua dulce de un melón me llega, todavía fresca, al estómago.)


Luego, en la pereza de la tarde, abrir los ojos, cuando el vientre se rompe con un grito, y ver el techo encalado de esta casa, sus altas vigas de madera marrón oscuro, la luz de turbio blanco subiendo hacia lo alto, justo antes de que cante el muecín.

7 comentarios:

Okr dijo...

Me flipa tu relato del viaje; me quedo embobao leyendo tu historia... aunque también me quita las ganas de ir a Marruecos (creo que no encajaría allí, o quizá me haría moro).

Lara dijo...

Joder, Marco. La que flipo soy yo. Estoy verdaderamente halagada. Un poco en shock. Gracias, tío. De verdad.


(Te harías moro, al final.)

vega dijo...

ay! cuánto me había perdido...! vine y no estabas. y ahora tres entregas de tu viaje de golpe. me gustaría haber llegado aun más tarde para leerlo todo junto, porque no sé cual de los tres trozos me gusta más y porque quiero seguir leyendo... a mi me flipa tu relato también como dice okr.

Okr dijo...

Exageráaa :D

Miguel Marqués dijo...

¡Qué bien, qué bien! Yo estaba allí, además. Me siento como si estuviera viendo en una película de Godard rodada en los 60 en Marruecos, y que hubiera aparecido en un baúl de su casa, inédita y aún con arena y polvo entre los rollos de salicilato. Y en la que salgo de coprotagonista.

Me encanta, qué voy a decir.

Un beso.

Peter dijo...

Cuéntame el cuento del otro lado, las carreteras polvorientas, el desierto, la nada.

Las hogueras se encendieron, y siguen escuchándose las historias.

essaouira dijo...

Hola, he visitado tu blog y me ha gustado lo que has escrito sobre essaouira, me gustaria saber si te molestaria que te usurpara algun texto que tu has escrito, siempre haciendo un link a tu blog, me gustaria coger tu opinion e insertarla en un post en mi blog. Gracias de antemano. Estoy construyendo un blog de y me vendria bien cualquier tipo de colaboración, no se encuentra demasiada información sobre marruecos. Gracias de antemano.

http://www.essaguira.com/