martes, 26 de junio de 2007

Amerzgane, 4 de junio.

Estamos en el Atlas. Dentro del Atlas.

Desde esta terraza de sillas de madera bruscamente talladas, veo una gran montaña (ni la mitad de grande que las que atravesamos ayer con el coche) y un pueblo de tierra que se camufla en el marrón rojizo de la ladera. El pueblo se convierte en una valla verde, de huertos bajos. Desde aquí, donde el sol hiere literalmente a las ocho de la mañana, apuro el café caliente del termo y observo a los hombres (quizá también mujeres, son sólo puntos minúsculos) trabajando en la tierra. Creo que recogen el trigo con hoces pequeñas y lentos movimientos de muñeca. También hay un burro. Las palmeras y las adelfas recorren el borde de un caño seco, con apenas una base de agua oscura, de charco terroso.


Si imaginé que algún día iba a estar en un sitio como éste, no lo imaginé bien. Todo es distinto, silencioso, la figura de uno se desdobla (la carne lenta camina, conduce, duerme, poco más, mientras el alma es un puño apretado con una rara felicidad que apenas se reconoce a sí misma). Presiento que no me quedan fuerzas para la introspección, para el pequeño batir de alas de la búsqueda del placer inmediato o explosivo. Todo lo abruptamente hermoso está fuera de los límites del conocimiento. Es una paz, otra diferente, que se aviva siempre con un mínimo temblor en lo alto del pecho, irreconocible. El calor aprieta, quebrajoso. Vamos a conducir durante cuatro horas hasta llegar a las primeras dunas, más al sur (todo al sur). El trato aquí, en Irocha, es inmejorable, delicado y ceremonial, con un tremendo respeto recíproco. La comida insuperable. He dormido bajo una mosquitera que me separaba del ruido de las palomitas enormes que chocaban sus cuerpos contra el cristal, afuera, en la máxima oscuridad posible (el pueblo era, anoche, unas minúsculas luces, cinco, quizá seis, y algún camión que deslizaba sus luces abajo, por la escarpada carretera, transportando mercancías hasta Marrakech, esquivando el calor del sol). El muecín cantó ayer su llamada, por última vez, a las nueve menos cuarto, con el grito atravesando la negra noche suave.


En el coche, hacia M’Hamid. 5 de junio.

A un lado y a otro de la carretera se reparte en forma de infinito un desierto montañoso. Las grandes protuberancias pedregosas se asemejan a montes de barro, pero intuyo su dureza ardiente. Color de pizarra moteada. No hay nada. Continuas señalizaciones de curvas semipeligrosas. Estamos subiendo, otra vez. El cielo, por fin, está azul, pero se prevé que esta noche habrá nubes sobre las dunas. Durante estos días, a excepción de esta mañana, el cielo de Marruecos ha sido brumoso. Ya fuera por la calima de Marrakech, o por el levantamiento inclemente de arena en Essaouira, o por una fina película nubosa (pero sin agua) que opacaba la luz. Ahora está azul, sobre el Atlas.


Los bloques grises se alzan impasibles ante nuestros ojos. Nada parece haberse movido nunca. El principio del mundo tuvo que ser algo así. La caridad de la naturaleza, en cualquier caso, explota cada varios kilómetros en un puñado de palmeras y cañaverales. Sin hablar de las adelfas, claro, coloridas superheroínas del reino floral. Se supone que quedan trece kilómetros para llegar a Agdz, el pueblo con una sola calle y un par de cafés donde podremos parar a hacer un descanso y cambiarnos los asientos, piloto, copiloto. Pero yo no veo nada más que esta carretera medianamente firme y curvilínea, que se encarama a los bordes de los grandes montes estratificados. El calor avanza, también, entra menos aire en el pecho conforme adelantamos montañas alucinógenas en el camino.

6 comentarios:

nán dijo...

"Si" imaginaste, no lo imaginaste bien. Un "si" muy sabio. ¿Te acuerdas de lo que puse que decía Maillard? «Todo lo que vayas a encontrar allí será distinto de lo que puedas pensar que vas a encontrar».

Me ha gustado esta entrada porque me ha hecho recordar el cielo protector, el cielo como esfera física. Y tu entrada enfatiza que "es que no hay otra cosa", allí, que te proteja; sobre todo si eres de alli.

Seguid, seguid viajando todos. Y contadlo bien, porque me pienso mover muy poco (L me dice que ya no voy a soportar ni Europa, de cómo se está poniendo con todos moviéndose de aquí para allá sin más motivo que fotografiarse). Dependo de vosotros.

Peter dijo...

Escuchemos pues la voz del muecín pero no te entretengas por esas tierras, pues si no un barbero te contará su historia y la de sus seis hermanos, cada una dentro de otra, hasta que llegue la aurora.

Me da, Scherezade, que te salvarás otra noche del verdugo.

Lara dijo...

Jajaja! ¡Gracias, Peter!

(Nán. Viajaremos.)

AROA dijo...

lara, contesté algo allí en donde me escondía, pero también quiero en este viaje tuyo... en fin, que gracias por las historias y las imágenes, y por flipar... jeje... que espero me desendeude contigo por disfrutar de tanta página en silencio, por estas de aquí y, te confieso, en papel

Lara dijo...

¡¿En papel?! Jo...

Y yo sin enterarme.

Lara dijo...

Por cierto, chicos todos, tenéis que ver el blog de esta mujer. Aroa.