domingo, 20 de abril de 2008

Ámsterdam, día 1.

Desalmado.

Des-almado.

(descubrimiento tardío, grandiosa obviedad)

(a la soberana edad de 29 años)

Los grupúsculos exterminadores de todas las ciudades.

Mi letra es más

¿picuda?

¿arabesca?

redonda no es la palabra.



Cuatro años después, he observado a la gente de aquí. No sólo los raíles del tranvía y el agua encharcada de pantano que embellece la piedra a pesar de. No sólo los edificios de estrechas fachadas de una Europa subversiva, independentista, sesgada del catolicismo. No sólo el dibujo indefinido y escaso de las copas de los árboles raídos. Ni tampoco el colorido impúdico de los muslos en caída de las mujeres tras los escaparates y de los neones SEX un puño de plástico a tamaño natural de persona gigante por 44.00 euros.

El placer.

Dentellada libre y obligada.


He visto ahora las siluetas de los caminantes, los perfiles blancos de los niños y los perfiles negros de los niños, las jóvenes mujeres de ojos free. Of course sabía que eran bellos los ciclistas. Pero el pelo ralo esponjado coloroso brillante lacio rastafari. Viejecitos que pasean de la mano y llevan al cuello cámaras de fotos y cruzan con dificultad los anárquicos y desiertos pasos de peatones. Los grupos de ejecutivos que sueñan con la felicidad más imbécil y no siempre espontánea. El hombre callejero que guarda las esquinas.


Es como si dentro de todos y cada uno de ellos, quienes quiera sean y por qué, hubiera algo en movimiento circular, como un juego de pesas, esas bolas que chocan entre sí como si lo metálico fuera la última razón de la vida, con un equilibrio mecánico y poderoso. En el tiempo que, de forma periódica y sutil, tardan las bolas en chocar entre ellas, hay lugar para el reposo o la electricidad. Y entonces pueden verse los libros y la necedad, el delirio compartido y la introspección más idiota, más preciosa. Hay lugar para el placer cuando no es una obligación ni un acto desesperado de redimirse de la propia vida de uno. Cuando el placer no es la única escapatoria. Ese juego de pesas he visto en esta gente y eso no significa la inexistencia de:

lo podrido

lo vacuo

la mierda

el dolor

la aniquilación

el aburrimiento más desesperanzador

lo que se acaba

la raja cortante de lo mortuorio

la penosa vulnerabilidad de lo asesino.


Por supuesto todo eso está ahí como lo está en el último lugar de las tierras más remotas.

Pero no he visto aquí, aún, lo que veo allá todos los días

ese escozor

la carcoma.

Segunda e inmensa taza de té verde y una cocacola con pajita porque en este sitio no venden alcohol.

Voy a echar una partida de póquer.


Ámsterdam, día 2.

Jaap es un hombre rubio que parece un muchacho mientras prepara nuestro doble café espresso. Es holandés, lo suficientemente guapo, sonriente, amable. Su casa es nuestra casa ahora. Vivimos en un barrio nuevo completamente… No puedo describirlo todavía. Son construcciones que han hecho en una isla que antes era tierra muerta de astilleros abandonados. Ahora no. Ahora puentes modernos y circunvalaciones despejadas unen esta isla con el centro de la ciudad, y uno tiene la sensación de estar en un país de diseño práctico y estilosamente feliz, camuflado sin la más mínima ostentación y con el ambiente de fondo (algo en el aire, en el silencio, en lo desolado, incluso en la tranquilidad de los gritos limpios de los niños) del más puro extrarradio: los límites oscuros de los puertos y las tierras de los alrededores de las vías de un tren. Aún la nueva vida no se ha comido al fantasma inerte que fue, ni siquiera para el foráneo. Y quizá por eso tenga esa especie de magia disimulada. Es como disneylandia, pero con buen gusto.



Jaap nos hace el desayuno mientras nosotros esperamos allí sentados, a la mesa amplia de su cocina, con vistas al parque y rodeados de obras de arte moderno (una locura). Nos habla, a la vez que va llenando la mesa de objetos suculentos: pan negro con semillas y frutos secos, varios tipos de queso, cereales y muesli con yogurt blanco, bollos dulces, fiambres, zumo y agua fresca. Lo último que llega son los huevos revueltos, receta secreta y apimentada. Cuando ha acabado, se sienta con nosotros y charla sobre el verdadero café italiano, el paso de la necesidad artística de rellenar un espacio al misticismo teológico de crear un espacio; cuenta que con diecisiete años durmió en una playa de Barcelona, solo, desvalijado, y que su chico, Hans, se dedicaba a arreglar coches de lujo hasta que decidió dejarlo todo y montar el primer Bed&Breakfast de Ámsterdam, para luego dejarlo todo otra vez y vivir allí, en ese sitio en el que estamos, dedicándose misteriosamente a no sabemos qué que parece dar mucho dinero y a alquilar una de las habitaciones de su estupenda casa a orillas del agua, con los barcos atracados a la puerta y unas vistas (el séptimo piso) desde donde las fábricas, con su frontalidad y sus chimeneas esponjosas, parecen dar la bienvenida sórdida y alejada que siempre acaba convirtiéndose en familiaridad.


Pero lo mejor, esos paseos en bicicleta, ese distanciamiento del barrio viejo, esa inspección, vigilancia ingenua, de los verdaderos tentáculos de la ciudad.

El atardecer.

Y la madrugada.


Ámsterdam desnuda y sin nada que ofrecer más que el aire fresco y húmedo y los carriles interminables junto al agua, que increíble sale de su obviedad para chocar en la noche con la piedra, puro puerto marino y azulado.

La luna era naranja a las cuatro de la mañana, la boca que sabe a hierba y ese medio trozo de carne de pez que baja por el cielo junto a la torre de las plañideras. La bufanda de Miguel, la luz trasera y roja de su bicicleta. Ni un alma más. Sólo los sonidos de nuestras ruedas, el pedalear.

8 comentarios:

Okr dijo...

Como dijo el poeta: "Cuando muera, por favor, chicos, fumadme en Amsterdam".

(¿si desalmado es sin alma, descojonado...?)

Rocío dijo...

¡Qué maravilla! Y no me refiero a Ámsterdam, que también lo será, sino a tu forma de escribir. Seguiré atenta tu viaje.
Besos

Pablo dijo...

... qué relato, L, qué montón de vida de verdad hay aquí metido. Ámsterdam o cualquier sitio, pero es el estímulo que te sirve, del que te vales.

Peristilo. dijo...

Eres afortunada, vas cumpliendo con tus plazos. Desde dentro te asomas al mundo exterior. Desde éste, recreas el de dentro. Es una comunión perfecta.

Saludos.

Amarantear dijo...

Me quedo con ese cielo de hilos metálicos, ese pedalear,
vémonos o sábado en Grácia.
Benvida, viaxeira!

conde-duque dijo...

Muy bonito. El viaje y el texto. Las imágenes, las cosas...
El hombre callejero que guarda las esquinas, los barcos atracados a la puerta, la historia de Jaap y, sobre todo, esos paseos en bicicleta por la noche, esos colores con efectos lunáticos y sabor a cannabis. Hemos estado allí, lo hemos visto (un poco): "La bufanda de Miguel, la luz trasera y roja de su bicicleta. Ni un alma más. Sólo los sonidos de nuestras ruedas, el pedalear".

síl dijo...

qué preciosa parece Amsterdam con tus ojos... la tengo muy pendiente... y después de leerte y ver eso que nos has regalado con tus fotos, aún tengo más ganas!
un besazo viajera

Mega dijo...

Sí, yo también quiero ir a Amsterdam (si la realidad se adapta a tus ojos.)

Disfrutadlo...