martes, 1 de junio de 2010

Brasil, número tres

Río de Janeiro, 12 de mayo de 2010

En realidad no es invierno, es otoño. Pero cuando regresemos a Madrid será primavera, ya gorda. Y por momentos es completamente verano (llevo bikini bajo la ropa y calzo chanclas de goma), y a veces, como es natural, quedan las avenidas de Río de Janeiro inundadas de charcos otoñales.

Solo llevamos aquí dos días y la isla ya es un pasado reciente y añorado, de esos que te pillan por sorpresa cuando los recuerdas y te llenan de asombro.


La última noche en la isla fue jolgoriosa. La última tarde en la isla fue la última tarde en la isla. La cercanía del mar y del embarcadero con nuestra terraza de madera era tanta, que la intimidad que te proporcionaba la habitación era una intimidad consciente. Tras las cortinas blancas echadas, pero con la puerta y las ventanas abiertas y sintiendo las voces de la gente en el paseo y sobre todo la constancia de las olas, eras consciente de tu desnudez, de tu ducha, de tu cama y de tu sueño. Eras consciente de las tardes en la isla mientras tú, ahí, en tu puesto de vigía, decidías pasar las horas en tiempo plácido.


Todo ocurre muy rápido o, mejor, ya se me echa encima el momento del regreso. Es mal contrato. Hay mucho por hacer aquí, mucho por limpiar (no aquí, en mí). Ha pasado volando. Está pasando volando. Pasará. Pero no aún.

La última noche en la isla fue de jolgorio y amigos. Estos amigos de 36 horas que uno hace en los viajes, cómoda compañía en general, inmediata. Éramos una gran mesa. Fue simpático.

La mañana de partida se despertó brillante y nos despidió una isla muy distinta a la que nos acogió enterrada en las nubes. El viaje hasta Río, en una Kangoo sin velocímetro, sin espejo retrovisor y sin varias cosas más, apasionante.

El barrio de Leblon es mi pequeño trocito de Alemania, de Francia, mi pequeño trocito de Río de Janeiro. La casa donde vivimos está llena de libros de Anaïs Nin, Kerouac, Rubem Fonseca, un pequeño gato amarillento y peludo y un perro enano de pelo lacio que se tumba en la puerta de entrada y no te deja pasar. En nuestra habitación, hay un cuadro de arte japonés sacado de una exposición en París. Julia, la hija de Fatima, se pasea por la mañana con una falda volandera amarilla que deja ver sus estrechos muslos torneados. Para mi gusto, tiene carita de francesa, sus ojos son enormes y oscuros y a veces parece que su sonrisa es falsa, de tan hipnótica. No es cierto. No sé dónde duermen la madre y la hija, casi todas las habitaciones de la casa están alquiladas a parejas de extranjeros: dos orientales (¿China, Taiwán, Japón?), dos australianos, ayer se fueron dos ingleses y nosotros.



La mesa del desayuno es redonda y rebosa de tazones viejos de cerámicas y cubiertos de plata. Por la mañana, si hace sol, entra una luz por las ventanas de madera blanca como un signo del pasado. Si tengo ganas de fumar, salgo a la calle atravesando varias verjas ya muy desencajadas y me siento en un banco corto bajo un árbol, en la acera de enfrente. Me gusta la intimidad de nuestro cuarto, la dulce invasión que hacemos en la casa. Quemo mis propios inciensos para ahuyentar el posible olor a pelo de gato. Frente a la cama, tras una mampara, hay un váter y un pequeñísimo lavabo esquinero. Es el lavabo más pequeño del mundo y está aquí, en mi habitación de Río de Janeiro.

7 comentarios:

Isabel dijo...

Cuánto me gusta la palabra jolgoriosa.

Jolgorio es leerte, Lara querida.

Impresionantes fotos.

igor dijo...

me sumo a los aplausos x estas fotocrónicas, lara... hay algunas fotos alucinantes y textos maravillosos...
y también, por qué no, me sumo a la envidia sana general :)
gracias por escribirlas!

beijinhos...

Miguel Ángel Maya dijo...

...Nada en el mundo (y te lo digo a ti, que recorriste mis ojos de gata casi obscenos ;-) me pareció nunca más sensual que las curvas sinuosas que abrazan o rodean Rio...
...No sé por qué, esas montañas verdes y curvas me parecieron emocionantes, se me metieron por los poros apenas llegué a ellas...
...Ya sabes, amor: http://www.goear.com/listen/e939686/ojos-rojos-paez
...y todo eso...
...Besos a mansalva...

RaRo dijo...

Qué rápido parece transcurrir todo cuando estamos en otros cuartos, en otras islas, convirtiéndolas en pequeños hogares lejanos. Ese retrovisor guardó tu mirada, seguro.

Portorosa dijo...

Envidiable.
Envidiables la casa cerrada con cortinas, esa cama y los tazones con las cucharas de plata.

Deseable, la garota. Que siga corriendo, que parecen buenos los resultados. Qué culos hay por el mundo...

Cuando estuve en Río a mí me impresionó demasiado la pobreza. Luego el recuerdo fue yendo a mejor, pero mientras estuve allí no me sentí bien.

Un beso, Lara. Qué bien contado todo.

NáN dijo...

¡Hele, el Migue leyendo!

Me gusta viajar vicariamente. Y me está encantando Brasil. Tenemos que repetirlo.

Quizá, pienso, lavarse ahí no es tan necesario. Espero oler a Brasil cuando te abrace.

Álvaro Beltrán dijo...

Qué delicia poder viajar sin maletas.
Tan sólo palabras (tuyas)