sábado, 11 de noviembre de 2006


(TALLER DELLWOOD)


Te huelen los dedos a langostinos. Pero no importa. Es cuestión de tiempo, y todo volverá a su lugar de origen. El olor del langostino cocido, y tu piel.

Podemos servirnos la cena sin avisar, casi sin mirarnos a los ojos. Nadie se daría cuenta de que tú y yo nunca nos miramos a los ojos. A mí no me importaría hacerlo contigo. (Mirarte a los ojos sin avisar.) Pero esta sensación de aire húmedo, de pared enterrada durante siglos, esta sensación asfixiante de pobreza, hace que a veces tu lugar me recuerde a una tumba. Y tú y yo, y posiblemente todos los demás, todos los aquí reunidos (déjalos que hablen, que se huelan el aliento, que muevan la lengua dentro de la boca, cada uno con la lengua metida en su propia boca), no somos capaces de morirnos todavía. A menudo nos encontramos una mancha, un lunarcito que se ha movido del sitio, no sé, alguna infección leve. Pero no tenemos ninguna intención de morirnos aún. Aunque tuviéramos que hacerlo, sin más remedio, creo que no lo haríamos. Por eso creo que no debo sentir el acantilado que debe de haber tras tus retinas como una maldición, como una fatalidad. Por eso intuyo que tengo que apartarte los párpados de sitio, alejarlos de tus pupilas, y entrar. Por si acaso no estoy solo allá abajo.

Hoy ha faltado Ivka, con sus melocotones en almíbar. La encontré esta tarde en la puerta de la tienda de fotos, cuando salí de revelar los últimos carretes de la excursión a la catedral, sí, aquel día en que estábamos todos borrachos y hablábamos de las torpezas del saxofonista, como si de repente todos supiéramos tocar el saxo, como si alguno de nosotros no hubiera vendido ya todos los restos del naufragio, el saxo, el laúd, la flauta travesera; y allí la vi, encogidita como siempre, retorciéndose de cualquier dolor antiguo, engañándonos otra vez. Ivka, le dije, Ivka, ¿vendrás esta noche a vernos?

No ha venido. Menos mal que has venido tú.

Casi son las dos de la mañana, y no hemos solucionado nada. Todavía estamos aquí, mirándonos la punta de nariz, somos demasiados. Sabía que no íbamos a estar cómodos, hay muy poco espacio en este armario forrado con tu nombre. Y ellos están al llegar, los estoy oliendo. Huelo sus patas de perro bajando las escaleras, sus rabos pequeños de cabra montesa, soy capaz de olerlos con la misma intensidad con que te olí la otra noche las bragas, por debajo de la mesa, por encima de todas nuestras piernas, te acuerdas, creo que te lo dije al salir, cuando tú me preguntaste qué historia me había parecido la mejor, yo te contesté que no había podido prestar atención a nadie, que mi cerebro estaba completamente ocupado en el olor que me llegaba de tus muslos. Y ni siquiera fuiste capaz, en ese momento. Ni siquiera ahí claudicaste.

-¿Puedes pasarme ese cuenco? Voy a untarme la boca con salsa de mostaza.
-Con salsa de mostaza. Tu boca untada con salsa de mostaza.
-Pero antes te afeitaré el bigote. ¿Alguien trajo cuchillas?
-Siempre llevo cuchillas en el bolso. Toma. Chúpalas primero, por si quedan restos.
-¿Restos?
Todos ríen, apretujados, embelesados, arrobados por el vino y el calor.
-¿Restos de quién?

5 comentarios:

Okr dijo...

No seré yo quien señale con el dedo.

nán dijo...

Ya estoy aquí. No debía estar, pero en RENFE me vendieron las idas para días de noviembre, como debían, pero la vuelta para el 12 de octubre, asi que además de perder un dineral (4 billetes, no puedo dar excplicaciones), como era puente no había forma de encontrar nada hasta el lunes (y el domingo me echaban del hotel). Dos plazas salvadoras de un avión (debieron ser dos que se enamoraron y decidieron quedarse y avisaron de que dejaban libres los asientos) me han traído hasta aquí. Benditos sean esos amantes (suicidas, porque Barcelona la encontré sucia de mal aliento, salvo por una vieja dama argelina que pasa la mitad del año en París luchando por la mujer y el Islam y la otra mitad en Argel luchando para que no la maten, y desde la mesa de al lado se comió casi toda mi crema catalana, une tanto comer del mismo plato, de Casa Perelada: tenéis que ir, tenéis que ir).

Y aquí estoy, con muchas horas de sueño que me faltan, tantas que creo que no podré dormir de nostalgia de no sé qué (o de quién) y voy a irme a La Manuela.

Pero me encuentro con tres nuevas sorpresas tuyas. En la buena dirección.

Me alegro tanto, Lara. De verdad. Sigues provocando emoción, aunque quizá debas comprarte ya esas tijeras.

La hora del vino, o ha llegado o ya es demasiado tarde. Veremos.

Lara dijo...

Se te echaba de menos, la verdad.

Buena historia la tuya aunque no puedas dar explicaciones (tampoco yo puedo darlas para muchas cosas de este blog, en este blog). Por contraste de enamorados suicidas, aquí en esta ciudad que no tiene mal aliento pero que lleva un ruido infernal últimamente, se han quedado dos que deberían estar en un hotel tipo resplandor en los bosques de Asturias. No son muy divertidos últimamente mis fines de semana, sábado de madrugada y corrigiendo aún, y cientos de páginas que quedan. Tengo al compañero haciendo informes. Genial. Asturias patria desterrada. Mi habitación se está quedando zulopsicótica.

Por contra, esta semana he estado en Cádiz disfrutando de la soledad de una habitación de hotel con vistas al mar y un montón de literatura hecha sobremesa con vino de jerez. Se acaba pronto lo bueno.

Gracias por tus palabras sobre las mías.

El vino no creo que esté de más, la verdad. Sigo diciendo que esta ventana se me queda pequeña para algunos gritos y aspavientos.

Las tijeras... bueno, ahí voy, cada vez uno mete más, pero yo soy de dejármelas largas, para qué engañarnos.

Curiosidad insana: ¿te refieres a los textos en sí, completos, eliminados o aprovechados, o a las cosas sueltas que cuelgan de cada uno?

La Manuela podría ser un buen sitio, ya lo dijimos. Yo adelanto que últimamente no soy persona ociosa. Quedan días y días para ello.

Lara dijo...

Me apuntan por aquí que esta comunicación farfulloliteraria que tenemos no nos deja enterarnos, quizá, de los verdaderos sentidos.

Puede ser verdad.

Ya que pregunto, pregunto: que para qué se supone que tengo que utilizar las tijeras, vaya.

nán dijo...

Y yo que desde un montecillo miré hacia la izquierda, grité un cariñoso "¡Eeeh ooóoo!" que se saltara toda Cantabria y llegara a esa pareja. Y tanto que me quedó ronquera un rato.

Asunto tijeras: yo ya no te leo: te imagino leyendo tus textos frente a la gente e intuyo lo que funciona y lo que no. Son recortes a lo que es bueno, pequeños, o grandes pero no para tirar nada, sino para separar.

Como contaba Winsta que le hizo Pound a Eliot, pero tú solita porque Pound se murió.

Es que a veces da la sensación de exceso de facilidad (situación mortal de necesidad para muchos). Varias veces he escrito por aquí "quién soy yo, no me hagas caso". Házmelo esta vez. O sobran piezas, o no sobran pero están en otro orden o... ¿quién soy yo para que me hagas caso? Pero, por poner un ejemplo, ¿se podría escribir el bloque 2 sin "pero", sin "aunque"...?

Y hablando de oir cómo lees, ¿alguien tiene un maldito vídeo para ver la peli llamada "Generación perdida"? Mal llamada, porque trata de los beats. La tengo grabada de la tele y sale la escena cojonuda en que Ginsberg hace su primera lectura pública de "Howls".
Lo de "maldito vídeo" es un homenaje a las malas traducciones, que siempre traducen el "blood", como le pasa a Ray Loriga, que sus escritos, más que originales, parecen malas traducciones. Y eso a pesar de que es bueno.

Asunto "el que apunta por aquí": dile que él (porque es "él", ¿verdad?) quien no se entera de nada, porque ni farfullamos ni literaturizamos. Es nuestra forma de enterarnos de todo y hasta de un poco más allá de lo entendible. No son frecuentes estas explosiones de sentido preciso, exacto y acerado, aunque para ello tengamos que referirnos a auténticos percheros sobre auténticas mesas de operaciones. Es como si tuviéramos nuestro Saloncito Wittgenstein para las conversaciones realmente claras.

De mi parte, dale un tirón de las comisuras de un informe.